105 años de Luis Barahona Jiménez

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Pablo Barahona KrugerAbogado y profesor universitario.

La vida, cuando se conjuntan las habilidades con propósito cierto y noble, trasciende la insalvable prueba de la muerte, y aún más, del ignominioso olvido. Ese que, sin duda, es la paga más ingrata para aquellos que por su inconmensurable talento e inagotable desprendimiento, dedicaron su obra al colectivo, sobreponiéndose a la pulsión egoísta que se estrecha, agotándose en lo meramente individual.

En síntesis introductoria: así como la mayoría de la gente se extingue con la muerte, excepcionalmente, otras personas logran trascender por su estela ética y su calado cultural.

Intelectuales, artistas, estadistas y profesores que navegaron a contramarcha del lucro, el más definitivo déspota de nuestro tiempo. Y así, con vocación social, entregaron su esfuerzo creativo con la valentía de quienes se la creen, en un país que confabula para que nadie se atreva a volar por encima de esos radares aldeanos, cuyos celadores pueblan nuestras bajísimas torretas de control social: una prensa pola y superflua, una academia pendeja y calculadora, una clase política hipócrita y mediocre, así como un clero ignorante y carente de espíritu.

Júzguese la vida de todo ciudadano, a partir del olvido. Si su recuerdo se agota en su familia inmediata y no dura más de una generación, a partir de su muerte; es muy posible que ese “ser” haya agotado su existencia, individualistamente. Nacer, producir, reproducirse y morir. Pero hasta ahí.

Otra cosa muy distinta ocurre con quienes nacieron para protestar, denunciar, combatir, criticar, proponer y construir. En un verbo que abrevie: crear. O  tal vez será mejor decir: heredar.

A veces, por suerte, también les alcanzó el tiempo para diseminar su semilla; sembrando discípulos, hijos dignos, y con suerte, hasta nietos conscientes y orgullosos.

Esos casos excepcionales, se aburrían con la sola idea de limitarse a producir, acumular y vivir, tan cómodamente como la superficialidad occidental evoca y la (in)cultura capitalista ordena.

A estos últimos personajes llenos de vida, se les debe el recuerdo, como mínima cortesía. Por su entrega cívica, por su resiliencia creativa, por su genio diverso, pero sobre todo, por su valentía incómoda.

Hoy me decido a escribir y publicar sobre uno de ellos. Primero por cariño y segundo porque se lo debemos, todos. Y nos lo debemos, además, como país, que a falta de estadistas contemporáneos, bien haríamos si empezamos decididamente a rescatar los que tuvimos. Y entre ellos, a los ciento cinco años de su nacimiento en Cartago (21 de abril de 1914), me permito honrar a Luis Barahona Jiménez.

Lo que sigue es suyo, como parte de mi sangre, y posiblemente como algunas vocaciones que porto y por aproximación lo evocan. A mi juicio y pesar, sin rosarlo aún.

“Ya es hora de proporcionarle al pueblo los medios de su dignificación y nada como hacerle saber los rudimentos del derecho, de la política, de la economía y del orden social. Si queremos hacer de cada ciudadano un sujeto creador y responsable del cambio, un promotor de bien común y de su paz, así como un celoso defensor del sistema democrático en que vivimos, proporcionémosle la luz y la verdad, en vez de tantos programas insulsos que lo infantilizan cuando no lo embrutecen tanto o más, que el alcohol y las drogas”. (“Juventud y política”, 1972)

“Esta es la razón de que pidamos una buena formación histórica al guía político que debe empuñar el timón del Estado para conducirlo seguro por los mares tempestuosos de la historia contemporánea, no sea que, por desconocer los vientos imperantes o las corrientes subterráneas que circulan en las mares de la política, dé al traste con las instituciones y con los esfuerzos encaminados a realizar el destino de la nación. Hoy, como nunca, la formación moral del gobernante, aunque para muchos parezca algo anacrónico, debe ser objeto de especial cuidado, en todas partes, y muy concretamente, en nuestra patria, donde asistimos a una “debacle” en la que vemos como naufragan con frecuencia los valores, y con ellos, los hombres de todas las condiciones sociales, de todos los niveles económicos y culturales. Es por eso que necesitamos forjar un nuevo temple moral en nuestros hombres de Estado, para que les sea dado no sólo resistir la tentación, sino convertirse en líderes de una Costa Rica nueva”. (“La patria esencial”, 1980)

“El amor a la sabiduría es, ante todo, un producto de la necesidad, de la pobreza, y para introducirse en ella, forzoso es, haber sentido esa necesidad como una comezón interior que devora nuestras entrañas, como un llamado o vocación que nos obliga a tratar con ella, aquellas cosas que nos son indispensables para poder vivir una vida auténticamente humana”. (“Primeros contactos con la filosofía y la antropología”, 1952)

Justo sería recordar, que al doctorarse en España, siguió a su profesor, Ortega y Gasset, pero no sin recalar también en sus discípulos mas connotados, Marías y Zubiri, quienes dichosamente moderaban el ímpetu liberal de aquel docto catedrático, en todo caso, algo pasado para el joven estudiante costarricense -“Cartago” y muy católico para mayores señas- que regresaría a Costa Rica para reincorporarse plenamente a la docencia universitaria, junto a Volio y Macaya, siendo los tres primeros filósofos profesionales que alumbraría(n) el país.

Pero si don Luis le agradeció a alguien esa falta de quietud, rayana en la irreverencia del pensador toral, que tan mal se paga en esta “isla fantasmal que es nuestra meseta”, tal como queda claro al sacar cuentas de sus vidas políticas y académicas,  ese sería, a no dudarlo, el profesor “fundacional” de su intelecto –también “Cartago”- Mario Sancho, quien pensando en su más connotado discípulo, alguna vez escribió: “Los idealistas de verdad son para mí los que hacen algo para mejorar el mundo en que viven, los que en alguna forma contribuyen a hacer a la humanidad más sabia, más justa, más saludable, más inteligente y más feliz”. (Así en su intercambio epistolar con Joaquín García Monge, “Menos lirismo”.)

Luis Barahona Jiménez integró el Centro de Estudios para los Problemas Nacionales, hasta convertirse en uno de los puntales de su generación, al fundar el Partido Demócrata Cristiano, de donde toma el norte ideológico ese ensayo ochentero que fuera el PUSC, ese aire fresco que arribó al poder en tres ocasiones, con banderas de centro izquierda, pero solo para gobernar desde la indisimulada derecha. Camaleonismo político que don Luis no alcanzó a ver, gracias al Señor que lo sustrajo antes de semejantes fuegos artificiales.

No olvidemos el Instituto de Cultura Hispánica, la Fundación de Promoción Humana Monseñor Sanabria y el Ateneo de Costa Rica. O la coideación de la Página Quince dela Nación, de la que fue a la vez una de sus más connotadas e independientes letras.

Tampoco obviar, que fue miembro de número de la Real Academia de la Legua Española y Premio Nacional Aquileo J. Echeverría). Prohibido olvidar, por si acaso y hay que decirlo, que le fue negado el Premio Magón por puros celos literarios de algunos ministritos de cultura y sus apocados ad láteres, así como los consabidos cobronazos políticos de ciertos insulsos personajes que hoy yacen olvidados en la polvareda de los innominados por la historia, pero en vida jamás le perdonaron que en sus más de veinte libros, por demás sesudos y comprometidos, se atreviera a escribir incorrecciones políticas como esta: “El predominio de unos cuantos caudillos que se van turnando a lo largo de los años, polarizando la atención de los pueblos por medio de una propaganda hábil y persistente. El caciquismo que se ejerce por grados y jerarquías constituido por el caudillo “carismático”, su representante en la capital de provincia, que en la mayor parte de los casos suele ser un abogado, un médico o un diputado, y el cacique cantonal o distrital, todos ellos con conocimiento de la tramoya electoral, con influencias políticas, económicas y personales, pero, además, con una inquebrantable devoción al caudillo. Finalmente, la red de intereses políticos eclesiásticos, económicos y coloniales, que cada vez se complica y agranda más y más, tiende a robustecer, afianzar y eternizar el régimen de explotación en que vivimos”. (“Tres notas sobre el carácter costarricense”)

Y pensar que se forjó, habiendo nacido en el seno de un hogar sin piso, de labriegos y picapedreros, a los que tanto enalteció, pasando a la historia patria como todo, menos como un Gran Incógnito.

 

Pablo Barahona Kruger
El autor es Abogado constitucionalista y profesor universitario
Fue Embajador de Costa Rica ante la OEA
pbarahona@ice.co.cr

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