Nadie entendió. Diccionario.

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Nadie entendió

No dijo una palabra
y se sentó en el suelo.
Los demás lo miraron
extrañados,
sin saber qué hacer.
Multitudes de recíprocos ojos
interrogantes
chocaban entre sí,
pero nadie entendía nada. 

Poco a poco
los murmullos fueron surgiendo
de entre las bocas.
Poco a poco
el volumen los fue convirtiendo
en un zumbido irritante.
Poco a poco
algunos empezaron a gritar
para hacerse oír.
Pero igual,
no sabían qué pasaba,
no sabían qué hacer.

Él, seguía sentado en silencio.
De pronto, un niño se le acercó
y le escupió en la espalda.
De seguido,
un grupo se le aproximó
entre decidido y vacilante,
le increpó,
le amenazó
y – ante su impávido silencio –
empezó a arrojarle tierra
y algunos pedruscos.

Los gritos se entrelazaban ahora
en un gran grito colectivo.
Algunos – los más valientes –
se acercaban lo suficiente
como para golpearlo con un palo
o propinarle una patada.
Un poco de sangre manchó
el costado de su camisa.
Él seguía sentado, en silencio. 

La muchedumbre se había convertido
en una turba.
La plaza se había convertido
en un circo.
Palos y piedras,
piedras y palos.
Y en medio de todo,
un griterío ensordecedor.
Él seguía en silencio, sentado.

Los ánimos fueron cediendo,
como el odio.
La gente se fue cansando.
Algunos se marcharon.
Otros, los jóvenes,
encontraron una bola
y empezaron a patearla en círculo.
No entendían nada.
Tampoco importaba.
Más tarde, con unos tarros viejos,
marcaron dos canchas,
se repartieron en dos equipos
y armaron una mejenga. 

El juego se prolongó hasta la noche.
En algún momento,
uno de los muchachos
se aburrió de jugar.
Sin decir palabra,
se alejó de la improvisada cancha
y caminó hasta donde él seguía sentado,
en silencio.
Sin decir palabra,
se sentó junto a él.
El juego se fue apagando,
con la noche,
con los gritos.
Nadie entendió.

 

Diccionario

No hay nada peor que perderse
en un diccionario.
Es terrible.
Uno entra por un simple sustantivo
y, de pronto, ante el menor descuido,
se ve rodeado por los más variados adjetivos.
Las casas dejan de ser simples casas
y se ponen hermosas, erguidas,
quejumbrosas, memorables,
azules, misteriosas estancias
donde los niños dejan un instante de jugar
para volverse malcriados,
pobres, monstruosos, pequeños,
joviales, transitorios envoltorios del alma,
que se torna oscura, pesada, ligera,
olvidadiza, inquieta hurgadora del sentido.
Y del alma brota el verbo que nos guía
por un camino ignoto,
cuajado de adverbios, preposiciones y temores,
por el que avanzamos tímida y cautelosamente.
¿Para qué?
¿Ante quién?
¿Contra qué?
¿Con qué objeto?
Y a cada explicación le acompaña su antinomia.
Al amor, el odio.
A la sabiduría, la ignorancia.
Al enemigo, el amigo.
Y es sólo entonces que,
con un poco de suerte y suspicacia,
¿perspicacia?
recordaremos de pronto dónde estábamos,
pues sólo en un diccionario
podrían ser las cosas tan claras y evidentes.
Blanco y negro.
Antónimo y sinónimo.
Entenderemos en ese trance
que la vida es otra cosa,
que a la pereza no se opone la diligencia,
sino la lujuria;
que a la violencia no la detiene la concordia
sino el miedo,
– el mismo miedo que la causa -;
que la prisa sólo cesa cuando la ambición se apaga;
que el verdadero enemigo del amor no es el odio,
sino el tedio;
y que la amistad no tiene antónimo ni sinónimo,
a pesar de lo que pueda decir la enemistad
y aunque el diccionario la embadurne
de compañerismo, camaradería,
cariño, aprecio y simpatía.
¿Y qué decir de la tristeza y la alegría?
Tan opuestos en el diccionario
como compañeros inseparables en la vida
(y en la muerte).
Leamos, pues, pero dejemos el libro siempre abierto
y con múltiples ventanas,
para poder usarlo sin que, mañoso, nos atrape
irremediablemente.
Porque no hay nada peor que perderse
al confundir la vida
con una definición preestablecida y plana.

 

Fuente:

Leonardo Garnier
Ecadémico, Economista, Ex Ministro de Planificación y  Ministro de Educación en dos Administraciones
Sub/versiones leonardogarnier.com

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