Ariana Macaya, Gabriel Macaya.

En las democracias pluralistas, las conmemoraciones pueden jugar un rol en la cohesión nacional. La escogencia de una fecha simbólica y la construcción de una narrativa común sobre el pasado permiten confirmar el pacto social al origen de esta convivencia política, alrededor de elementos simbólicos que reafirman la unión a pesar de la diversidad.

Con un desfile reducido, un juego de pólvora sin público y los tradicionales bailes populares en las casernas de bomberos anulados, los franceses se preparan a celebrar un 14 de julio pas comme les autres. Desde 1880, se celebra en Francia este día como Fiesta Nacional, pero no todos conocen el origen de esta celebración. Tradicionalmente asociada con la toma de la prisión de la Bastilla el 14 de julio de 1789 (y el hecho de que los anglosajones hablen de esta fiesta nacional como Bastille Day refuerza esta idea), esta celebración es, en realidad, el fruto de una construcción memorial que refleja los equilibrios políticos propios de la IIIª República, período en donde fue instaurada.

Los orígenes ambiguos de la IIIª República

La Historia constitucional decimonónica francesa estuvo marcada por un continuo ir y venir entre formas republicanas y monárquicas o imperiales. En efecto, luego del período revolucionario y de la Primera República (1792-1799), Francia, durante la primera mitad del siglo XIX, vivió bajo un Consulado (1799-1804), un Primer Imperio (1804-1814 y 1815), una Restauración monárquica (1814-1815 y 1815-1830) con Louis XVIII y Charles X de la Casa de los Borbones, una Monarquía llamada de Julio (1830-1848) con Louis Philippe I de la Casa de los Orléans que finalizó con la Revolución de 1848 y la proclamación de la II República. Esta Segunda República, eligió como su primer Presidente a Louis Napoléon Bonaparte, el sobrino de Napoleón Bonaparte.

La vida republicana iba a ser de corta duración ya que el presidente Bonaparte se convirtió en el Emperador Napoleón III, al restaurar el Imperio en 1852. Bajo su mando, Francia entró en guerra con Prusia en 1870. La derrota en la Batalla de Sedán, el 2 de septiembre de 1870, la posterior capitulación y el exilio de Napoleón III, provocaron la caída del Segundo Imperio y la proclamación de la República, el 4 de septiembre de 1870. El país, todavía en guerra, se organizó alrededor de un gobierno de defensa nacional, mientras parte del territorio era ocupado por las tropas prusianas. El armisticio se firmó el 28 de enero de 1871 y el 8 de febrero de 1871 se convocó a elecciones parlamentarias. Estos comicios se polarizaron en torno al tema de la guerra y la paz, separando así los republicanos radicales, partidarios de continuar la guerra contra Alemania, de una coalición que abogaba por la paz, reuniendo a la burguesía liberal y a los monárquicos. Los electores se decantaron por la paz, llevando a una mayoría monárquica al Parlamento.

La nueva mayoría parlamentaria nombró a Adolphe Thiers, antiguo ministro de Louis Philippe, jefe del Ejecutivo. Thiers tenía la difícil tarea de negociar la paz con los alemanes, además de hacerle frente a la hostilidad de los parisinos al armisticio. En efecto, el pueblo parisino temía que la nueva mayoría monárquica aniquilara su conquista republicana de 1870, y se oponía a la paz con Alemania. Esto llevó a la insurrección de la Comuna, entre marzo y mayo de 1871, fuertemente reprimida por el mismo Thiers.

Nacida así de las ruinas del Segundo Imperio, de la derrota militar y de la represión de una insurrección popular, la III República, en sus orígenes, parecía un régimen provisional, un paréntesis republicano mientras los monárquicos, que formaban la mayoría en el Parlamento, se ponían de acuerdo en un sucesor a la Corona francesa. En efecto, dos líneas sucesoras se disputaban el trono: los Legitimistas, partidarios de la Casa de los Borbones y los Orleanistas, partidarios de la Casa de Orléans. El 5 de agosto de 1873, el Conde de París, de la Casa de Orléans, en una visita protocolaria en Frohsdorf, la residencia austriaca del Conde de Chambord, de la Casa de los Borbones, declaró que reconocía al Conde de Chambord como el único heredero al trono de la Corona francesa, marcando así la unificación de las dos líneas[1]. El Conde de Chambord parecía entonces ser el candidato ideal para el retorno de la monarquía. Sin embargo, su intransigencia al no aceptar la bandera tricolor en lugar de la bandera blanca monárquica impidió la Restauración y marcó una división entre la mayoría en el Parlamento.

Esta vacilación en la forma del régimen se iba mantener aún en la redacción de la Constitución. En efecto, la III República no cuenta con un único texto constitucional, sino con tres leyes constitucionales, aprobadas siguiendo el proceso legislativo ordinario, breves y de contenido técnico. En su redacción original, la organización del Poder Ejecutivo se basaba en un artículo que regulaba únicamente su duración (siete años) y que la confiaba, en un primer momento, a Mac Mahon, el sucesor de Thiers, sin hacer ninguna referencia a la “República”. La idea era mantener abierta la posibilidad de una Restauración. No fue sino con una moción, la enmienda del diputado Henri Wallon, aprobada por 353 votos a favor y 352 votos en contra, que se transformó el mandato personal de Mac Mahon por siete años en un mandato impersonal, perpetuando de esta forma la figura del Presidente y haciendo entrar en las leyes constitucionales la palabra “República”[2]. No sería sino hasta 1884 que, por medio de una enmienda constitucional, se introdujo un artículo según el cual “la forma republicana de gobierno no puede ser objeto de una propuesta de revisión”[3], cerrando así toda posibilidad a una Restauración.

La simbología republicana y la fiesta nacional del 14 de julio

Este frágil compromiso entre monárquicos y republicanos marcó el inicio jurídico de la III República, la cual necesitaría entonces de un serie de gestos simbólicos para anclarse en la vida política y social de los franceses. El primero de estos símbolos fue el retorno del Parlamento a París. Luego de haber sesionado en Versalles, capital monárquica, la Cámara de Diputados se volvió a instalar en el Palacio Borbón y el Senado en el Luxemburgo en 1879, regresando así a la capital revolucionaria[4]. Asimismo, por medio de una ley del 14 de febrero de 1879 se establece la Marsellesa, canto revolucionario, como himno nacional[5]. Pero la medida más importante sería la instauración de una fiesta nacional.

Los regímenes anteriores no habían instaurado propiamente una fiesta nacional, con la excepción de las constituciones de 1791 y la del Año III. La primera constitución revolucionaria estipuló, entre las disposiciones fundamentales, “que se establecerán feriados nacionales para preservar la memoria de la Revolución Francesa, para mantener la fraternidad entre los ciudadanos y para unirlos a la Constitución, a la patria y a las leyes”. El objetivo de construir una memoria colectiva como garantía de cohesión nacional fue claramente establecido por el constituyente. Por su parte, el constituyente del año III disponía en términos similares a su artículo 301, “se establecerán feriados nacionales, para mantener la fraternidad entre los ciudadanos y adjuntarlos a la Constitución, la patria y las leyes”. Es interesante subrayar que, en este texto, el objetivo de preservar la memoria de la Revolución desapareció. Se hizo hincapié en la vocación educativa, como lo demuestra el hecho de que este artículo 301 se colocó dentro del Título X, dedicado a la educación pública. Pero en ninguno de los dos textos se hizo mención de una fecha precisa o a un evento histórico que guiara estas celebraciones.

Los Parlamentarios de la III República querían reanudar con esta tradición de fiesta nacional, pero el referente de la celebración fue objeto de controversia. Si la Revolución era considerada, globalmente, como un evento fundador, la elección del evento para conmemorar por medio de la fiesta nacional demostró una falta de consenso. En efecto, la referencia a la toma de la Bastilla como símbolo de la monarquía absoluta, no podía ser aceptado por los diputados monárquicos. Luego se propuso conmemorar no el 14 de julio de 1789, sino la fiesta de la Federación que había tenido lugar un año después en 1790. En este punto, el informe del Senado es bastante revelador:

El 14 de julio es toda la Revolución. Es mucho más que el 4 de agosto, fecha de la abolición de los privilegios feudales; es mucho más que el 21 de septiembre, fecha de la abolición del privilegio real, de la monarquía hereditaria. Es la victoria decisiva de la Nueva Era sobre el Antiguo Régimen. Las primeras conquistas que le habían valido a nuestros Padre el juramento del Jeu de Paume estaban siendo amenazadas; se estaba gestando un esfuerzo supremo para sofocar la revolución en su cuna; un ejército en gran parte extranjero, se concentraba alrededor de París. París se levantó y, tomando la antigua ciudadela del despotismo, salvó la Asamblea Nacional y el futuro.

El 14 de julio se derramó sangre: las grandes transformaciones de las sociedades humanas, y esta fue la más grande de todas, hasta ahora han costado mucho dolor y mucha sangre. Esperamos firmemente que, en nuestro querido país, al progreso por medio de las Revoluciones le siga el progreso por las reformas pacíficas.

Pero, para aquellos de nuestros colegas que desconfiarían de los recuerdos trágicos, recordemos que el 14 de julio de 1789, este 14 de julio que vio la Bastilla tomada, fue seguido por otro 14 de julio, el de 1790, que consagró el primero por adhesión de toda Francia, siguiendo la iniciativa de Burdeos y Bretaña. Esta segunda jornada del 14 de julio, que no costó ni una gota de sangre ni una lágrima, este día de la Gran Federación, esperamos que ninguno de ustedes se niegue a unirse a nosotros para renovarla y perpetuarla, como símbolo de la unión fraterna de todas las partes de Francia y de todos los ciudadanos franceses en libertad e igualdad. El 14 de julio de 1790 es el día más hermoso en la historia de Francia, y quizás en toda la historia[6].

Finalmente, la ley del 6 de julio de 1881 que estableció el 14 de julio como fiesta nacional, no especificó el año de referencia y solo estableció que “La República adopta el 14 de julio como el feriado nacional anual” dejando abierto a la interpretación el referente de la celebración. Se traduce entonces el frágil equilibrio entre republicanos, que celebraban la herencia disruptiva de la toma de la Bastilla, y los monárquicos que, si bien se adherían a la tradición revolucionaria, no podían celebrar la referencia a 1789 pero podían encontrar, en la Fiesta de la Federación, elementos de compromiso.

A medida que el régimen republicano fue echando sus raíces, la fiesta del 14 de julio se convirtió en una celebración auto referenciada de la tradición republicana que se renovaba constantemente con la consolidación del régimen. De esta forma se logró cumplir con los ingredientes esenciales de toda conmemoración, según la historiadora, M. Ouzouf: “la búsqueda de la cohesión del grupo alrededor del evento o de la persona conmemorada, el sentimiento de una trama temporal homogénea en donde el pasado tiene algo que decirle al presente y tendrá algo que decirle al futuro”[7]. Más que el recuerdo de un evento preciso, el 14 de julio celebra entonces la tradición republicana, fruto de una historia convulsa y de un compromiso entre fuerzas políticas opuestas. Compromiso que debe renovarse constantemente. 

 

[1] J.Chevalier, Histoire des institutions et des régimes politiques de la France de 1789 à 1958, Paris: Armand Colin, 9º ed., 2001, p. 301.
[2] El texto final fue “El Presidente de la República es elegido por mayoría absoluta de los votos del Senado y la Cámara de Diputados reunidos en la Asamblea Nacional. Es nombrado por siete años. Puede ser reelecto”.
[3] Artículo 8 de la ley del 25 de febrero de 1875, modificado por la ley del 14 de Agosto de 1884. Esta fórmula se mantiene en la Constitución actual, en el artículo 89.
[4] Ley del 22 de julio de 1879 relativa a la sede del Poder Ejecutivo y de las Cámaras en París.
[5] Es interesante destacar que la ley de 1879 lo que hace es restablecer la vigencia del decreto revolucionario de 1795 que declaraba la Marsellesa como himno nacional.
[6] H. Martin (rapporteur), Rapport fait au nom de la commission chargée d’examiner le projet de loi, adopté par la Chambre des députés, ayant pour objet l’établissement d’un jour de fête nationale annuelle, Sénat, 29 juin 1880 (traducción libre de los autores).
[7] M. Ozouf, « L’hier et l’aujourd’hui », in F. Bédarida (dir.), La mémoire des Français : quarante ans de commémorations de la Seconde Guerre mondiale, Paris : Éd. du CNRS, 1986, p. 19.