Próspero Sidereo: Cuentos siderales – uno

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Próspero Sidereo, Escritor.

Bennú

La vibración insistente del celular, sobre la mesa de trabajo de su compañero, no le dejaba al “Güila” seguir concentrado en el diseño de una de las letras para el logotipo que les habían encargado, de la primera misión tripulada a Marte.

–¿Quieres contestar? ¡Parece que estás sordo! –le pidió impaciente a su amigo el Curro.

–Pepepe…pero es que ahora no puedo, tengo en linea a mi madre, mae –contestó el Curro.

–Haz el favor de contestar de una vez. No soporto esa chicharra –rechazó el Güila con decisión, mientras se llevaba a los labios un lápiz rojo, el que le ayudaba a pensar en los momentos más indecisos.

–Luego te llamo mami, que tengo una llamada por el móvil. Ah! Pues es el jefazo. Seguro que ha habido algún desastre –argumentó el Curro fijándose en la pantalla del celular y dando acceso a la llamada.

_¡Hola. Aquí Paco! Buenas tardes. Bueno días para allá. ¡Que gusto en escucharle! …¿Y como están todos?…¿Y la family?… Bueno, bueno. Sí, sí, sí… Ahora lo veo. Si claro, urgente. No, es que ahora no se puede poner porque está con la tipografía del logo. No, ella no está. …Terminando no se que de un libro que va a publicar. Si, cuando lo veamos le enviamos un mensaje. ¡Ok! ¡Ok! Abur. Goodbye!

–Era el jefazo –le dijo a su compañero mientras cerraba la comunicación.

–¿Y cual es el problema? Porque no me dirás que llamaba para encargarnos otra cosa. Este logotipo me está volviendo loco.

–¡No hombre!. Si llama aquí será por alguna torta. Algo de ese asteroide Bennú, que ha llegado ya la nave hasta él y no pueden descender para tomar muestras porque está todo lleno de rocas. Que mandaba los datos por “arroba”. Y que hablásemos con la cerebrito.

–Y para colmo de males ella no está. ¡Con la carga de trabajo que tenemos! Podía haber elegido otro momento para hacer el retiro.

–No seas quejica, que este encargo lo podemos hacer nosotros dos solos. Anímate, y luego te invito en Sanxenxo a cenar una empanada de berberechos.

–¡Vale! Yo pongo el vino. Mira, ¿a ver que te parece esta M.? –le preguntó a su compañero girando su sillón ergonómico, más calmado ante la propuesta que le hacía.

–Tendrás que llamar a tu mujer para decirle que no vas a llegar a cenar…

–¡Oh! Se me olvidó que esta noche había quedado con Arturito, el pequeño, para hacer juntos un trabajo de física para su clase. Lo siento otro día será.

El estudio de diseño gráfico que compartían con la famosa astrofísica, Hawking, les permitían dedicarse en sus tiempos libres, que eran escasos, a recorrer los restaurantes y casas de comidas más sabrosas que hubiera en la ciudad, lo cual no dejaba de ser un motivo de disputa entre ellos porque al “Güila», que padecía una parálisis en todas sus extremidades y tenía que desplazarse, sobretodo en los exteriores, auxiliado por una scooter, le encantaba la comida de vanguardia, aunque a veces le resultara enredado, debido a sus limitaciones, el poder degustarlas. Y al “Curro”, que padecía síndrome de Down, lo único que le gustaba, como el lo llamaba, era el “cuchareo, y sobretodo los potajes. A Hawking, la socia ausente, cerebro del grupo, le daba igual una cosa que otra, a ambas se adaptaba, porque al padecer una esclerosis múltiple, lo que más fácil le resultaba de tomar eran los batidos pero, no por ello dejaba de celebrar de vez en cuando algún manjar.

–¡Me gusta el estilo! Parece auténticamente marciana –contestó el “Curro” al ver el archivo de la letra que había diseñado su colega–. Pero yo no consigo encontrar un bermellón que me guste, son todos muy intensos.

El “Güila” era más técnico, más preciso, y, para este trabajo, se habían distribuido las tareas dejando las más abstractas, como la propia elección de colores, para el “Curro”. En la computadora de éste sonó el aviso especifico de entrada un nuevo correo de la Central.

–Ya ha llegado el mensaje. A ver que dice. Te lo paso. ¿Se lo envías tu a Hawking? –le interrogó al “Güila”, más para pincharle que por otra cosa.

–No hombre. Llámala tú, que eres quien ha hablado con el jefazo y sabes bien lo que quiere –contestó airado el Güila.

El Curro volvió a abrir su celular para llamar previamente a la socia y advertirla de las novedades.

–¿Hola? ¡Ah! No te conocía… ¿con la boca llena? ¿Si quieres te llamo luego? Nosotros estamos en el estudio con lo del logo de Marte. Bueno, bueno…–y cerró el teléfono.

–Que dice que luego nos llama ella. Estaba almorzando –explicó el Curro mientras examinaba por enésima vez una carta de colores y combinaba todos los granates que encontraba con el boceto del logo que ya había preparado su amigo, por ver cual se adaptara mejor al color del polvo de Marte–. Le voy a enviar el correo del jefe.

El logotipo, que luego se vería en todo tipo de objetos, desde el cohete que sacara a la nave que llevara a los primeros astronautas al planeta rojo, hasta en las camisetas que se vendieran como elementos publicitarios, estaba ya maquetado, pero aun quedaba el arte final y, en esto el “Güila” era muy exigente, hasta que no quedara completamente satisfecho, no se movería nadie de su sitio.

Sonó nuevamente el teléfono del “Curro”, mientras probaba con el color de una fotografía tomada durante la tormenta de arena del 2018 en el planeta marciano.

–Sii, Hawking. No, nosotros aun no hemos ido a cenar, pepe…pero dime, dime –y le hizo una seña a su compañero para indicarle que era ella– ¡Ah, sí, que te he llamado yo antes! ¿Viste el correo? Era de Central, que tienen un problema en un asteroide lleno de piedrotas, el Bennú,  y no pueden bajar con la nave…si, si…–hizo una pausa porque había visto en la pantalla un tono que le gustó– que no pueden bajar hasta el suelo, por miedo a romper la sonda con tanta roca. ¿Qué, cuando te vas a venir con nosotros de gira? ¡Ah! Bueno, bueno. Síi. Ahora te envío los bocetos –y colgó de nuevo.

–Que dice que está terminando de revisar ese libro sobre Agujeros Negros que terminó de escribir. Que cuando lo acabe se vendrá –le aclaró a su compañero–. Ahora llama, cuando haga los cálculos. ¿Como vas con las letras?

–¡Bien! me he inventado un fundido que me gusta mucho. ¡Mira!, te lo mando.

–Pues yo he visto un tono de rojo puro marciano. ¡jejejeje! A ver si llama ésta y nos vamos ya a cenar ¡que tengo un hambre..!

–Que yo no puedo hoy.

–¡Ah! Si. Pues voy yo solo que me he antojado.

Sonaba otra vez el celular del Curro.

–Si, si. Dime Haw. ¡Ya! Claro. Ahora lo veo. Aquí, dando los últimos toques.. Dime, dime… Bien. Si ahora le cuento. Bueno te esperamos para la próxima. ¡Abur!

–Dice que si la sonda no puede llegar al suelo, que haga que el suelo suba. Verás, tiene lógica. La sonda lleva un motor de impulsión y frenado. Bueno pues, al llegar a la superficie del asteroide, antes de tocarla, hace una quemada para que levante piedras del maldito suelo que, como allí hay poca gravedad, será fácil. Entonces, cuando se levante la polvareda, que se ponga a la misma velocidad de escape de ella porque en ese momento, su velocidad relativa con respecto a la piedras que asciendan, será de cero. Alarga su brazo mecánico, y coge sin más, las muestras que necesite. Las guarda en la cápsula y para casa. ¿Ves que fácil? Si es que es una genio. Que ahorita nos envía los datos de velocidad, distancia, etc. Se lo voy a enviar al jefe que tenía mucha prisa.

–¿Y cuanto nos van a pagar por este último trabajito? Preguntó rebosante el “Güila” porque estaba encajando fundidos y formas como el quería.

–Pues no lo se. Esas cosas ya sabes que las lleva ella. Nosotros a currar, y termina ya que es casi de noche y me muero de hambre –dijo el “Curro” apagando su computadora, satisfecho por haber encontrado el tono perfecto de fondo para el logotipo–. Mientras terminas voy a llamar a mamá.

 

Heredia, 15.07.2019

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