El 30 de enero de 1972, soldados del primer batallón del regimiento de paracaidistas del Ejército británico, considerado uno de sus más implacables cuerpos de élite, dispararon contra una manifestación que discurría por las calles de Derry (Irlanda del Norte), ciudad de mayoría católica y numerosa presencia de nacionalistas irlandeses.

La manifestación estaba convocada por la Asociación Norirlandesa de Derechos Civiles contra los internamientos sin juicio, en su mayoría de nacionalistas irlandeses, en campos de detención. La medida empezó en 1968, en una nueva reactivación del conflicto de Irlanda del Norte que tras la guerra de independencia de Irlanda (1919-1921) siguió bajo poder británico.

A su carácter opresivo y discriminador sobre la población de la isla de Irlanda se atribuía el origen de un conflicto centenario (cuatro siglos al menos), que el fin de la guerra de independencia tampoco resolvió. Los acuerdos de paz llevaron a la partición de la isla de Irlanda en dos Estados: al sur, el nuevo Estado de la República de Irlanda, mientras que el norte seguía bajo poder británico, integrado en el Estado de Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte.

Algunas facciones del Ejército Republicano Irlandés (IRA) que combatieron en la guerra de independencia no aceptaron este final y el enfrentamiento se prolongó en Irlanda del Norte.

14 muertos y 13 heridos

Las primeras investigaciones señalaron como detonante de los disparos que algunos manifestantes se salieran del itinerario autorizado, el cual estaba circunscrito a las zonas conocidas como Free Derry (Derry Libre). Controladas por el IRA, allí se concentraba la población católico-irlandesa. Como resultado del tiroteo, hubo 13 heridos y 14 muertos. Ningún soldado resultó siquiera levemente herido.

Aquella trágica mañana de domingo, de la que en este 2022 se conmemora su 50 aniversario, pasaría a la historia como Bloody Sunday (Domingo sangriento), aunque en 1920 ya hubo otro Bloody Sunday en Dublín. ¿Qué lo hizo entonces diferente?

Un factor decisivo fue el malestar y la movilización social que provocó la misma investigación oficial auspiciada por los poderes públicos británicos para esclarecer unos hechos considerados de extrema gravedad por la implicación, inédita hasta el momento, del ejército británico en una respuesta desproporcionada ante civiles desarmados. Se creó de manera inmediata una comisión de la verdad (Tribunal of Inquiry) presidida, aunque no fuera un órgano jurisdiccional, por su más alta autoridad judicial (el equivalente al presidente de nuestro Tribunal Supremo), Lord Widgery.

Su informe, presentado en abril de ese mismo año, concluyó que las tropas inglesas no habían sido las primeras en disparar y que entre las víctimas había terroristas que provocaron esa reacción. La comisión fue acusada de parcialidad, entre otras razones por no permitir que se practicaran todas las pruebas, la injustificada celeridad con que llevó a cabo su trabajo cuando la ley no le imponía ningún plazo y porque resultó que Widgery también había sido oficial del Ejército británico.

Punto de inflexión en los métodos del IRA

El informe, que parecía incorporar un veredicto de culpabilidad hacia las víctimas, sembró una profunda desconfianza hacia las vías pacíficas que, como las manifestaciones, preconizaban las organizaciones de derechos humanos. Se dejó así el camino expedito a los métodos del IRA, que tomó también el control de las conmemoraciones de episodios como el Bloody Sunday.

Sin embargo, en la década de los 90, pequeñas iniciativas de la sociedad civil, animadas por familiares y amigos de las víctimas, con la aspiración de trascender los enfrentamientos sectarios, promovieron una campaña para reabrir la investigación. Esta campaña desembocó en la creación, en 1998, durante el primer gobierno de Tony Blair, de una segunda comisión de la verdad que, en la medida en que contribuyó a restaurar la confianza en los mecanismos del Estado de Derecho, facilitó la adopción de los Acuerdos de Paz de Viernes Santo ese mismo año.

La segunda comisión, que necesitó 12 años y 10 tomos para su informe, concluyó que las víctimas no fueron las primeras en disparar y que no eran terroristas. El entonces primer ministro David Cameron compareció públicamente y reconoció que lo que pasó en aquel domingo sangriento fue “injustificado e injustificable”.

Así pues, Bloody Sunday significó también un notable cambio de actitud de las autoridades británicas (aunque ningún oficial del Ejército fue juzgado por ello y solo, en fechas recientes, se ha abierto un juicio contra uno de los soldados que participó en el tiroteo).

No obstante, las autoridades británicas siguen sin librarse de la acusación de colonialismo, pues lo que aceptaron llevar a cabo con los Acuerdos de Viernes Santo fue abrir un proceso de paz cuyo propio carácter de proceso –ser lo que lleva hasta un fin, pero no el fin en sí mismo– les permite prolongar el statu quo.

Tampoco se libran del reproche de parcialidad, al arrogarse un papel que no les corresponde: el de árbitros de un conflicto del que siempre han sido y siguen siendo parte, aunque tradicionalmente se haya presentado como única responsable a la propia población norirlandesa y a su división en dos grupos irreconciliables: católicos irlandeses y unionistas probritánicos protestantes.

¿Pondrá el Brexit la paz en peligro?

Quizás a la difuminación y superación de estas trincheras contribuya, paradójicamente, el Brexit, del que se teme que ponga en peligro la paz en Irlanda del Norte. Ciertamente, alguna de sus consecuencias para la frontera entre el norte y el sur de la isla de Irlanda ya provocaron altercados el pasado marzo, precisamente en Derry, pero también en otras ciudades de mayoría unionista.

Sin embargo, se han avanzado otras explicaciones que apuntan al impacto socioeconómico que tiene para la región la permanencia o salida del Reino Unido de la UE y que afectan transversalmente a la población de Irlanda del Norte, por encima de divisiones religioso-nacionalistas. Siempre subyacieron factores socioeconómicos al conflicto norirlandés, pero tal vez no se habían manifestado de una manera tan obvia como con el Brexit. El escenario abierto 50 años después del Bloody Sunday está plagado de presagios, pero puede que no todos sean negativos para el futuro de Irlanda del Norte.

The Conversation

Josefa-Dolores Ruiz Resa no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

Publicado originalmente en The Conversation