Los líderes de las diversas fuerzas políticas coinciden en que el país atraviesa desde hace años una situación compleja.
Coinciden en que Costa Rica está en un proceso muy profundo de cambio, a pesar de la lentitud y de los enormes obstáculos sembrados, casi meticulosamente para entrabar el desarrollo del país, para que prive la inequidad y la pobreza.

Sin embargo, gobierno y la fragmentada oposición todavía no se ha puesto de acuerdo sobre qué tipo de rol jugar, para que se puedan impulsar transformaciones de una manera más clara y temprana.

El país está también en un proceso de profunda recomposición de sus fuerzas políticas. Nuestra democracia ha entrado a una fase decisiva de modernización. El Estado tendrá que ser rediseñado dentro de los marcos constitucionales.

Empero, hay políticos con la visión de una sociedad costarricense que parece repetir una fatal y bíblica división entre los buenos y los malos.

El llamado debe ser para que se conjunten las fuerzas y se borren los obstáculos al dialogo, paciencia, negociación, tolerancia que implica la democracia.

A pesar del conflicto implícito, vemos lo que están sucediendo hechos con optimismo, con una gran fe en las mayorías que quieren cambios, que quieren transformaciones de verdad.

Hoy tenemos esa oportunidad; es obligación de todos los sectores de la sociedad aportar para hacer posible muchos de los mejores sueños de los costarricenses.

Las visiones maniqueístas, monocromáticas, son más comprensibles en los partidos unipersonales y propios de la ortodoxia marxista, pero no para partidos que aspiran a crecer como fuerzas políticas representativas y genuinas.

Según los más radicales tenemos un país sin alma.
A pesar de ellos Costa Rica se está empezando a llenar de alma, de espíritu, a pesar
de quienes no la tienen.

Hoy hay un compromiso pluralista de verdad con los pobres, con quienes han pasado muchos años olvidados.

Esa es una dimensión ética más fuerte ya que en todos los sectores políticos hay fuerzas muy positivas, aunque el retraso histórico y cuantitativo parece una meta a veces imposible de lograr.

Cuesta pensar por qué entendemos que, si lanzamos más barro, si golpeamos más fuerte, si gritamos más somos mejor oposición, somos mejores personas.

Nuestra dureza debería orientarse más a lograr las cosas buenas, a construir un país más justo y avanzado. No una Costa Rica para un mañana que nunca llega.

Es una Costa Rica para ahora. Para eso están gobierno y oposición obligados a concertar.