Adeel Malik: La ira de la clase media paquistaní contra el régimen militar

Las elecciones generales de este mes supusieron un golpe histórico para el ejército pakistaní, ya que los candidatos apoyados por el ex primer ministro encarcelado Imran Khan obtuvieron más escaños que ningún otro bloque político. Pero es probable que el régimen responda reprimiendo a los partidarios de Khan, preparando el terreno para una mayor agitación política.

Adeel Malik

OXFORD – Las elecciones generales paquistaníes del 8 de febrero, arruinadas por acusaciones de irregularidades generalizadas, tuvieron como resultado la paralización parlamentaria y la formación de un gobierno de coalición por los dos principales partidos dinásticos del país. De todas formas, el resultado representa una aplastante derrota para los poderosos militares del país, ya que los candidatos respaldados por el Movimiento por la Justicia de Pakistán (Tehreek-e-Insaf, PTI) —partido político del ex primer ministro Imran Khan, ahora en prisión— consiguieron más escaños en el parlamento que cualquier otro bloque político, a pesar de la campaña en contra de sus votantes y partidarios que lleva ya dos años.

Aunque el PTI no consiguió suficientes bancas como para formar un gobierno propio, su desempeño inesperadamente sólido —al partido se le prohibió oficialmente participar en las elecciones— pone de relieve el atractivo de Khan para el pueblo. En el período previo a las elecciones, los miembros y partidarios del PTI sufrieron encarcelamientos, acoso y la destrucción de sus empresas. E incluso el día de las elecciones se interrumpieron los servicios de telefonía celular en un esfuerzo desesperado por limitar la cantidad de votantes. Pero, a pesar de esos obstáculos, los votantes pakistaníes dieron un golpe histórico a los militares, cuya interferencia política había enfrentado poca resistencia durante las últimas tres décadas.

Más que una competencia entre partidos políticos, las elecciones pakistaníes constituyeron un enfrentamiento entre quienes se oponen a que los militares se inmiscuyan en la política de manera cada vez más descarada, y quienes colaboran con ellos para obtener beneficios personales y profesionales. Pero el resultado plantea una pregunta importante: ¿a qué se debió una oposición tan generalizada en este momento, especialmente en regiones que desde hace mucho son consideradas bastiones del apoyo a los militares?

Ciertamente, la sólida actuación del PTI se puede atribuir en parte la capacidad de Khan de ganarse al pueblo (es el mejor jugador de cricket de la historia y desafió a la autoridad militar —por su rebeldía, fue arrestado y condenado por cargos de corrupción a 10 años en prisión—), pero también representa el enojo generalizado de la clase media que, a pesar de crecer rápidamente en los últimos 20 años, ha visto declinar sostenidamente su peso económico y político.

Según la economista Durr-e-Nayab, aproximadamente el 40 % de la población pakistaní pertenece a la clase media —responsable de la mayor parte del crecimiento del ingreso del país en las últimas décadas— que se extiende desde los centros urbanos hasta las áreas rurales, donde su demanda de bienes —como motocicletas y televisores— aumentó vertiginosamente. Al mismo tiempo, la cantidad de escuelas privadas creció de manera espectacular: de 3000 en 1982 a 70 000 en 2015. Más del 34 por ciento de los niños pakistaníes en edad escolar asisten actualmente a esas escuelas, entre ellos, muchos de hogares con ingresos medio-bajos.

Pakistán experimentó además un auge repentino de la educación superior en las últimas dos décadas: han aparecido universidades incluso en áreas remotas, con el apoyo de la Comisión de Educación Superior del país. Aunque la calidad educativa de esas instituciones es cuestionable, el repentino aumento de los inscriptos dio lugar a lo que se podría describir como una clase media «aspiracional». A pesar de carecer de ingresos estables, esos hogares comparten los sueños y ambiciones de sus contrapartes de la clase media.

Lamentablemente, los cimientos del modelo de crecimiento pakistaní que apoya a la clase media son endebles. La economía del país se basa en recursos prestados y depende fuertemente del apoyo financiero regular del Fondo Monetario Internacional y aliados extranjeros clave, como los estados petroleros del Golfo y China.

Además, la economía pakistaní beneficia principalmente a las élites del país, que extraen recursos a través de subsidios, exenciones tributarias y otras políticas diversas. El cobro de impuestos es ineficiente y regresivo, por lo que tanto los sectores más pobres como los más productivos de la población sufren una carga desproporcionada. Al mismo tiempo, la producción manufacturera a gran escala se estancó y las exportaciones cayeron del 15 % del PBI en 2003 al 11 % en 2022.

La expulsión de Khan mediante un voto de censura organizado por los militares en abril de 2022 exacerbó la ya precaria situación económica pakistaní, y preparó el terreno para un período prolongado de agitación económica y política. El Banco Mundial estima que el PBI real se contrajo el 0,6 % en 2023 debido a las dificultades de la economía por la inflación rampante y el devastador impacto de las inundaciones de 2022.

Con el estancamiento de la economía y una inflación que ronda el 30 %, según una reciente encuesta de Gallup el pesimismo de la población está en su punto máximo en los últimos 18 años: aproximadamente el 70 % de los encuestados afirmó que su situación económica empeoró y la insatisfacción económica generalizada contribuyó a la fuerte reacción electoral contra el régimen militar.

Pero la clase media pakistaní no solo debe lidiar con las peores perspectivas económicas, sino también con la represión política. La clase media pakistaní —alguna vez tildada de «hablar mucho y decir poco» y preferir quedarse en casa a mirar telenovelas en vez de salir a votar— ha empezado a participar más en la política y ahora constituye la columna vertebral de la base del PTI. Con la intensificación de la campaña de los militares contra los partidarios de clase media de Khan —muchos de ellos, mujeres—, la oposición ganó determinación, en gran medida debido al entusiasmo de los jóvenes pakistaníes hábiles con la tecnología.

En muchos aspectos, estas fueron las primeras elecciones digitales de Pakistán. Dos tercios de la población tienen menos de 30 años de edad y constituyen «la mayor generación de jóvenes» de la historia del país, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. Frente a un enorme grupo de nuevos votantes, que en su mayoría no simpatizan con él, además de 73 millones de usuarios activos de las redes sociales, al régimen le resultó cada vez más difícil controlar el discurso público.

La represión oficial elevó el costo de la acción colectiva, por lo que las redes sociales surgieron como una poderosa herramienta para movilizar a los votantes. Después de una polémica decisión de la Corte Suprema que prohibió al partido de Khan usar su símbolo tradicional de un bate de cricket, sus partidarios corrieron en tropel hacia las redes sociales para difundir información sobre los nuevos símbolos asignados a los candidatos respaldados por el PTI.

Además, en un país donde la política rural históricamente ha girado alrededor de redes de parentesco y sistemas clientelistas, las redes sociales permitieron que los problemas nacionales ganaran peso frente a las cuestiones parroquiales. La antigua idea de que los caudillos políticos rurales son capaces de garantizar el apoyo de clanes completos está quedando obsoleta. De manera similar, el voto unificado del hogar se ha desintegrado: en las familias, cada uno vota de acuerdo con su propia preferencia política. Combinados, esos cambios han planteado serias dificultades a los militares para controlar la política a través de los personajes locales.

Pero aunque los resultados ofrecen un destello de esperanza, el panorama poselectoral pakistaní está marcado por una volátil combinación: menos recursos, más partes involucradas y una elite autoritaria que se niega a hacer concesiones. Los esfuerzos del gobierno para mantener el statu quo mediante la represión crearon una histórica pérdida de legitimidad y confianza en las instituciones estatales. El vacío institucional resultante deja sin respuesta a las quejas de la clase media y plantea una grave amenaza a la estabilidad de Pakistán. En ausencia de canales institucionales que resuelvan las disputas políticas, los conflictos se dirimirán con violencia.

Los socios extranjeros de Pakistán deben usar su influencia para evitar que la inestabilidad aumente aún más. Dentro de dos meses, Pakistán tendrá que volver a recurrir al FMI y sus financistas en el exterior. Quienes controlan la billetera debieran presionar a los militares para que aflojen su control económico y político del país. Es hora de empoderar a aquellos capaces de crear el crecimiento y la estabilidad que Pakistán necesita con tanta urgencia.

Traducción al español por Ant-Translation

Copyright: Project Syndicate, 2023.
www.project-syndicate.org

Adeel Malik

Adeel Malik is Associate Professor of Development Economics and Globe Fellow in the Economies of Muslim Societies at the University of Oxford.

 

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