¡Adelante, doña Vina!

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Dennis Meléndez Howell, Economista (Ph.D.).

A mediados de 1959, fui abruptamente desarraigado del ambiente campesino en que me había criado y, trasladado a la, para mí, agresiva zona urbana, a Barrio México. Y es que, a principios de los 50, todavía el sur de Paso Ancho del Río Tiribí se podía considerar zona rural, donde abundaban los potreros y las fincas, y uno podía ir a bañarse a las pozas del Jorco o el Tiribí y a robar naranjas y mangos en los predios cercanos, incluyendo los del lado de San Rafael Abajo.

En julio de ese año, fui matriculado en la Escuela República Argentina. Viniendo de una escuelita pequeña de pueblo, esa se me hacía un verdadero monstruo de cemento. Fui asignado al III-B, de la niña Yolanda Rucabado. Al principio, debo haber mostrado un comportamiento aún más huraño de lo que usualmente tengo, producto del shock cultural que me tocó experimentar, lo que me hizo abstraerme un poco del ambiente y, simplemente limitarme a escuchar, callado, las nuevas experiencias que pasaban a mi alrededor.

En uno de aquellos primeros días, sucedió una situación que quedó grabada en mi memoria para siempre. Alguno de los compañeros preguntó algo, a todas luces indiscreto, a la maestra o que, al menos, sonó como chismografía. De inmediato, uno de los compañeros reaccionó con una actitud burlona, y dando unos golpecitos sobre la mesa, como quien toca una puerta, le espetó: ¡adelante, doña Vina! Aquello causó hilaridad generalizada, mientras la maestra, tratando de disimular su risa, mandó a callar a todos, como diciendo, ¡cállense, que las paredes oyen!  Siendo nuevo y tímido, ni siquiera me atreví a preguntar detalles.

La frase, ¡adelante doña Vina!, progresivamente se fue convirtiendo en un dicho rutinario, primero, a nivel de escuela y, luego, en todo el Barrio. Cuando lo escuchaba, mi mente lo asociaba con aquella experiencia inicial.

Poco a poco, fui armando el trasfondo del asunto. Me enteré mucho tiempo después que doña Vina era una señora que vivía en una casa verde, de corredor y ventanas arqueadas, que quedaba cerca del cuerpo de bomberos de Barrio México. La señora tenía reputación de fisgona y cuentera, a quién todo el vecindario le tenía cierta aprehensión. Se decía que todo lo andaba averiguando y, como parte de su actividad social, era propensa a compartir la información comunitaria y, hasta personal, de todos los vecinos. Esto hizo que su fama de murmuradora corriera por doquier.

Debo reconocer que, quizás lo que se decía de ella fue exagerado, aún más, por la maledicencia pública y por la chota que se hacía con el famoso dicho.

Con el tiempo me enteré que, parte de su notoriedad, se debía a que se pasaba metida en la iglesia, cuando la Santísima Trinidad todavía era apenas una capilla pequeña, de torre cuadrada y cúpula piramidal. Ella era mano derecha del padre Arié, pues no solo ayudaba a organizar los grupos de catecismo, sino que, en toda actividad de semanas santas, fiestas patronales, etc., allí estaba metida doña Vina. Se destacaba en todas las ferias, rifas y ventas de comida pro construcción de la iglesia.

Desde luego que, habiendo tenido una hija en la Escuela Argentina, no estuvo ausente de las actividades escolares, en donde, diríamos hoy, tuvo siempre una actitud de liderazgo. Además,  en la época en que llegué a esa escuela, no era raro encontrarla por los pasillos, pues, entre otras virtudes, había sido, recientemente, maestra de catecismo de algunos de mis compañeros.

Muchos años después, la fama de doña Vina y su, “¡adelante doña Vina!” se extendió a todo el país, y llegó a ser de amplísima difusión cuando Carmen Granados (Rafela) creó su programa “Vineando con doña Vina” en Radio Monumental. Una prima de mi madre, quien vivía por ese sector, contó que, cuando doña Vina se enteró que fue ella quien inspiró ese personaje, se acongojó muchísimo y hasta entró en una profunda depresión. Ya no se le veía asomada a la ventana de su casa, ni sentada en el corredor, como lo hacía en otras épocas, según decía  la gente, “para estar vineando”.

Ese programa radial dejó la falsa impresión de que el vocablo había sido acuñado por Rafela. La realidad es que simplemente lo recogió

Hoy, los términos binazo (1. m. C. Rica. chisme (‖ noticia que pretende indisponer)); y, binear (1. tr. C. Rica. Fisgonear); aparecen muy orondos en el Diccionario de la Real Academia. Tristemente, quien suministró la información a los académicos, a todas luces no conocía esta historia, pues lo registró con b, y no con v, como hubiese correspondido al derivarse del nombre propio Etelvina, que es la ortografía que se usa en Costa Rica. de la que ya era una tradición popular.

Más de cincuenta años después, al ponderar las virtudes y defectos de doña Vina, hay que reconocer que fueron mucho más las primeras y que la contribución que dio al desarrollo comunitario del Barrio, fue grande.  Sirva esto como homenaje de desagravio y agradecimiento para doña Etelvina de Avendaño.

 

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