Al destruir un arma, permitimos la vida

Resistamos siempre, costarricenses, el llamado de la violencia y de las armas. Resistamos siempre, porque esta resistencia nos hará más fuertes. Resistamos siempre, porque de esta resistencia brotará la vida.

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Óscar Arias Sánchez, Politólogo (Dr.).

Parque Nacional, 16/08/2006

“Contrario a lo que predican algunos, no existe seguridad en las armas. No existe seguridad, porque las armas son mercenarios que ante cualquier fin o gobierno se arrodillan”.

El golpe que destroza las armas es la única forma de violencia que hemos de permitirnos, la única forma de destrucción. La destrucción de los medios que generan la muerte, es nuestra manera de abrirnos camino hacia la vida.

Hace 150 años, humildes campesinos costarricenses tomaron las armas para proteger la soberanía de nuestra nación. Ese momento heroico, inmortalizado en este Monumento, nos habla de una Costa Rica dispuesta a defender ante el mundo sus más altos valores. Una Costa Rica capaz de enfrentar al Goliat de la época, con hidalguía y sin complejos, convencida de que la historia premia siempre a los hombres y mujeres que luchan por la vida en libertad.

Hoy, nuestra libertad se encuentra de nuevo amenazada. Nuestra libertad se encuentra amenazada porque no hay ningún acto libre cuando el espíritu es presa del miedo; no hay ningún acto libre cuando el temor es la clave en la que se escribe la partitura de la vida.

En esta hora, la valentía de nuestro pueblo no estará en tomar las armas. Estará, como el día que abolimos el ejército, en dejarlas. El Goliat de nuestro tiempo es esa oscura maquinaria de hierro y pólvora que sólo derrama muerte a su alrededor. Para hacer posible nuestra supervivencia, tomaremos hoy la honda y derrumbaremos a Goliat, para que no vuelva nunca más a sembrar dolor en el inagotable huerto de la vida.

En la actualidad, hay un arma de fuego por cada diez habitantes del planeta. Cada año, se fabrican 8 millones más, junto con 14.000 millones de unidades de munición militar, es decir, 2 balas por persona, incluidos niños y niñas. ¿Es posible, verdaderamente, argumentar en favor de un potencial destructivo de dimensiones tan apocalípticas? ¿Es posible, verdaderamente, defender una realidad por la cual puede morir el mundo entero y todavía alcanzar para una matanza idéntica?

Contrario a lo que predican algunos, no existe seguridad en las armas. No existe seguridad, porque las armas son mercenarios que ante cualquier fin o gobierno se arrodillan. Quien duerme seguro porque ha adquirido un arma, ignora que el peligro nunca duerme. Está demostrado que la proliferación de las armas de fuego entre la ciudadanía se traduce siempre en un aumento de la violencia. Es decir, al adquirir armas para protegernos del peligro, estamos engendrando el peligro.

Estoy convencido de que las armas han sido siempre una traición, la más baja traición de la historia humana. No existe un solo indicio que sugiera que la carrera armamentista ha deparado al mundo un nivel superior de seguridad y un mayor disfrute de los derechos humanos. Por el contrario, no solo nos ha hecho infinitamente más vulnerables como especie, sino que nos ha hecho más pobres. Cada arma es el símbolo de las necesidades postergadas de los más pobres. No lo digo sólo yo. Lo decía, en forma memorable, un hombre de armas, el Presidente Eisenhower, hace ya casi medio siglo: “Cada arma que construimos, cada navío de guerra que lanzamos al mar, cada cohete que disparamos es, en última instancia, un robo a quienes tienen hambre y nada para comer, a quienes tienen frío y nada para cubrirse. Este mundo alzado en armas no está gastando sus recursos en soledad. Está gastando el sudor de sus trabajadores, el genio de sus científicos y las esperanzas de sus niños”.

Por eso me regocijo de esta celebración. Ahí donde se arrancan las raíces de un fusil, queda el terreno abonado de esperanza, y puede Dios sembrar sus semillas. Algunos pensarán que presenciamos hoy un evento insignificante. Eso es porque ignoran que la paz camina largas distancias con pasos pequeños. Al destruir un arma, permitimos la vida de todas las personas que morirían o resultarían heridas cuando fuera disparada. Hoy permitimos la vida de pintores, doctores, policías, niños y estudiantes… Permitimos la vida, y por eso seremos gratificados.

Pero nuestro sendero es largo y difícil. Por cada arma que destruimos, se fabrican otras 10. Eso quiere decir que, al paso que vamos, será imposible acabar con esta industria de la muerte. Por eso no tenemos más opción que multiplicar nuestros esfuerzos.

Cada uno de nosotros, deberá comprometerse con esta causa. Cada uno de nosotros, en cada uno de los lugares que visite, deberá abogar por la paz. Y la paz, mientras existan 640 millones de armas ligeras en el mundo, no es más que una tregua.

Por más que lo quisiéramos, nada de esto nos es ajeno en Costa Rica. En nuestro país las armas de fuego son uno de los combustibles que alimenta la creciente inseguridad ciudadana. Durante los últimos veinte años, la proporción de homicidios dolosos perpetrados con armas de fuego ha aumentado sistemáticamente y es hoy superior al 50%.

Eso es desolador, pero también encierra una esperanza. Porque la experiencia nos ha demostrado que la tenencia y la circulación de armas de fuego es, de todos los factores asociados a la inseguridad ciudadana, uno de los que la acción gubernamental puede controlar en forma más directa, efectiva y acelerada. La conexión entre una legislación restrictiva en la tenencia de armas y las bajísimas tasas de homicidio doloso no es fruto de la casualidad, como lo demuestra la experiencia de los países de Europa Occidental y de Japón.

En esa dirección trabajaremos en esta Administra-ción, no sólo en Costa Rica –donde claramente debemos revisar la laxitud de nuestra Ley de Armas vigente– sino también en el plano internacional. Desde hace muchos años he defendido públicamente la aprobación de un Tratado Internacional para la regulación del comercio de armas ligeras. Mi gobierno se encuentra decidido a tocar todas las puertas que sean necesarias para que la tenencia de armas deje de verse como un ejercicio de libertad y empiece a entenderse como un obstáculo para ejercerla. Este acto se lleva a cabo con el auspicio y la cooperación de las Naciones Unidas. Eso es apropiado porque, pese a todo, las Naciones Unidas continúan siendo el mejor instrumento de la humanidad para alcanzar una convivencia civilizada. Hoy, cuando una vez más corren vientos de guerra, cuando despreciables formas de terrorismo se han convertido en una amenaza cierta a la vida civilizada, Costa Rica debe hacer suya la causa de preservar el Derecho Internacional, la más elemental salvaguarda contra la anarquía en el mundo. No debemos olvidar que, por carecer de ejército, nuestro país es precisamente el que más necesita de un sistema internacional legítimo, fuerte y del que emanen resoluciones vinculantes para todas las naciones.

Es por ello que hoy deseo compartir con ustedes una muestra del respeto de Costa Rica a las resoluciones de Naciones Unidas y a la legalidad internacional. Como lo dije públicamente hace ya algunos años, es tiempo de que Costa Rica traslade su delegación diplomática ante el Estado de Israel de la ciudad de Jerusalén a la ciudad de Tel Aviv hasta que se llegue a una solución definitiva sobre el estatus que habrá de tener Jerusalén. Nuestra Cancillería le ha girado hoy instrucciones a nuestra Embajada en Israel para que efectúe dicho traslado a la mayor brevedad posible.

Hasta el día de hoy éramos, junto con El Salvador, los únicos países en el mundo que mantenían su embajada en Jerusalén. Aún los más cercanos aliados de Israel han preferido no desafiar la legalidad internacional situando sus embajadas en esta ciudad. Ello no ha impedido que su amistad con el pueblo de Israel perviva y se fortalezca.

Es hora, entonces, de rectificar un error histórico que nos daña a nivel internacional y nos priva de casi cualquier forma de amistad con el mundo árabe, y más ampliamente con la civilización islámica, a la que pertenece la sexta parte de la humanidad.

Es crucial entender que esta decisión no la anima, por supuesto, la intención de ofender al querido pueblo de Israel, con el que nos unen y nos seguirán uniendo vínculos entrañables, más profundos que cualquier coyuntura política. En lo que a Costa Rica concierne, el derecho de Israel a existir y a vivir libre de amenaza –particularmente de la amenaza criminal del terrorismo– está más allá de toda duda.

No se trata, pues, de agraviar a una nación valiente y admirable, sino de respetar el Derecho Internacional y estrechar nuestras manos con la mayor cantidad posible de pueblos del mundo. Sólo así estaremos contribuyendo a sembrar la semilla de la paz en un mundo que, cada vez más, es tierra yerma para el amor.

En efecto, podemos sembrar la paz, destruyendo armas y prodigando respeto para todos los pueblos de la Tierra. Los seres humanos no nos encontramos irrevocablemente dirigidos hacia nuestra propia destrucción. Hay cientos de corazones, miles de corazones, millones de corazones dispuestos a ensanchar el camino hacia la paz.

La historia de la humanidad ha sido narrada en silencio por las madres que lloran la muerte violenta de sus hijos. Es hora de darles consuelo. El mundo es capaz de escribir otra historia. Tenemos la pluma en las manos y tenemos también el tintero. ¿Sabremos tener la voluntad?

Miguel Hernández nos dejó estas palabras, que hoy deseo compartir con ustedes:

“Poco valen las armas que la sangre no nutre ante un pueblo de pómulos noblemente dispuestos, poco valen las armas: les falta voz y frente, les sobra estruendo y humo (…) Un hombre desarmado siempre es un firme bloque: Sabe que no es estéril su firmeza, y resiste”.

Resistamos siempre, costarricenses, el llamado de la violencia y de las armas. Resistamos siempre, porque esta resistencia nos hará más fuertes. Resistamos siempre, porque de esta resistencia brotará la vida.

 

Óscar Arias Sánchez
Abogado y politólogo, Presidente de Costa Rica en los períodos de 1986-1990 y 2006-2010.
Premio Nobel de la Paz en 1987.

 

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