Albino Vargas: ¿Nos “chilenizamos”?: 80 % sin identificación partidaria

Luego de un mes de la revuelta popular chilena, de leer y de escuchar autorizadas interpretaciones y voces responsables acerca de ella, uno tiene que concluir de que estamos viviendo nuestro propio proceso de “chilenización”.

Albino Vargas Barrantes, Sindicalista.

Prácticamente el 80 % de la ciudadanía costarricense no tiene, en estos momentos, ninguna identificación partidaria. Resulta un dato de enorme trascendencia, de gran y profundo significado.

La más reciente encuesta elaborada por el Centro de Investigación y Estudios Políticos (CIEP), de la Universidad de Costa Rica (UCR), nos lo da a conocer, dentro de otras calibraciones estadísticas de la opinión de la gente en los actuales momentos sociopolíticos y económicos de la realidad costarricense.

Muchas interpretaciones se derivan de semejante dato y todas con subjetividad incluida. Esto es inobjetable. En el caso nuestro, la base de tal desapego ciudadano con respecto a los partidos políticos puede tener las siguientes explicaciones.

UNO. Hemos venido sosteniendo que la distancia entre el gobernante y los gobernados es cada vez más larga y profunda. Los partidos políticos de los últimos gobiernos, en términos generales, tienen un comportamiento distinto en el ejercicio del poder con respecto a lo predicado en campaña.

DOS. Se ha generado una clase política que gravita en torno a la “caza” de los altos y medios cargos de la institucionalidad republicana en los tres poderes del Estado y en los otros entes del mismo; cuyas jerarquías derivan (y medran) de ese sistema de partidos políticos, garantizándose salarios altos y jugosos que les permite niveles de vida que no son alcanzables ni para sus gobernados ni, particularmente, para sus propios (e ingenuos) votantes en las elecciones cuatrienales. Lo que se está eligiendo es quién sigue en la repartición de las altas rentas salariales y estipendiales del ejercicio de la función pública en sus altos niveles político-gerenciales-tecnocráticos. Esta gente está gestionando la cosa pública en los niveles decisorios para sí misma, para sus allegados, para sus parentelas, para sus clientelas electorales; y, muy en específico, para los grupos de enorme caudal económico del alto corporativismo empresarial.

TRES: La desigualdad se ha convertido en el principal problema del país. La deuda social con las mayorías ciudadanas crece y crece en los ámbitos de la precariedad y la rebaja salarial, en el práctico congelamiento del salario mínimo, en la informalidad y en el desempleo (especialmente, el juvenil), en el deterioro de los servicios públicos complementarios al salario, en el alto costo de la vida, en la incertidumbre sobre el empleo presente y las pensiones futuras, en el altísimo endeudamiento de usura.

CUATRO: Paulatina pero sostenidamente, ha venido ocurriendo la apropiación privada del otro poderoso patrimonio público nacional, fundado, impulsado, fomentado y desarrollado para el bienestar del mayor número, más allá de sus episodios degenerativos de corruptelas ocasionales. La lógica de acumulación del capital privado ha encontrado una veta en la institucionalidad del Estado, dejándose para sí rentables servicios públicos que, incluso, hace que enormes cantidades de dinero se “exporten” y ya no se queden para el fortalecimiento de procesos de integración económica interna y el desarrollo del necesario mercado que la misma ocupa.

CINCO: Esa clase política gobernante ha fracasado, rotundamente, en el manejo fiscal del país, por su fidelidad al dogma neoliberal. El creciente endeudamiento público, el altísimo pago de intereses, el déficit fiscal persistente y riesgoso (según las matrices macrofiscales dominantes), el reforzamiento de la carga tributaria regresiva y la persistencia en cuanto a los altos montos de evasión y de elusión impositivas más un dispendioso sistema de exenciones; agobia a la población asalariada, al micro-pequeño y mediano empresariado, al agro nacional y a las zonas geográficas completamente excluidas de los beneficios del crecimiento económico, el cual, pese a la actual situación de crisis, sigue concentrándose.

SEIS: La penetración del negocio sucio del narcotráfico y del crimen organizado sigue avanzando en el tejido social y en la esfera política; junto a un proceso de deterioro de valores, la relativización de los principios de la solidaridad humana, la mercantilización de la espiritualidad religiosa como bandera política; así como el ensalzamiento absoluto de que para ser persona hay que tener cosas.

SIETE: Un poderío real y hegemónico ejerce la real política, autoproclamado desde salas de redacción periodística y desde estudios televisivos de noticias, más repetidoras radiofónicas parlanchinas, que atrofia la democracia de las urnas, la pervierte e impone agendas de política pública que no son para la inclusión de las mayorías sino para el expolio de éstas; imponiendo formas de totalitarismo mediático que castran la libertad de expresión y que se dedican a la satanización, descalificación, desacreditación e invisibilización de las voces, personas y organizaciones que les contradicen su visión autoritaria de la sociedad y de las relaciones entre sus integrantes.

Luego de un mes de la revuelta popular chilena, de leer y de escuchar autorizadas interpretaciones y voces responsables acerca de ella, uno tiene que concluir de que estamos viviendo nuestro propio proceso de “chilenización”.

 

 


Albino Vargas Barrantes
Es sindicalista y 
Secretario General de la
Asociación Nacional de Empleados Públicos y Privados (ANEP)

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