Ese espíritu —el que el mundo reconoce como pura vida— es el que debemos recuperar. Para ello, hay que descentralizar, activar las plaquetas y volver a conectar con el país que todavía no aparece en la fotografía.
Alejandro Machado Garcia, Gestor en Desarrollo Sostenible
Venimos de un contexto que nos ha desconectado y desmovilizado. Durante la pandemia, las restricciones a la movilidad —adoptadas, con mayor o menor evidencia científica, para proteger la vida propia y la de los demás— tuvieron consecuencias económicas, educativas y sociales profundas. Aunque fueron transitorias, también debilitaron nuestros espacios de encuentro, participación y organización comunitaria.
A esto se suma un contexto neoliberal que tiende a explicar el éxito y el fracaso como resultado exclusivo del esfuerzo individual. La Ley Antihuelgas desalentó la participación cívica, mientras que las soluciones tecnológicas y virtuales reforzaron la idea de que ya no necesitamos concertar ni dialogar para resolver los problemas personales o colectivos: todo está a un clic —las compras, los servicios, los pagos bancarios, las reuniones e incluso el acceso a información política—sin embargo, esa comodidad también ha sustituido oportunidades para construir capital social y redes de confianza.
En ese terreno, el chavismo pescó en ese descontento de sectores rurales, regiones costeras y poblaciones de menores ingresos y clase media baja, profundizando heridas históricas que acarreábamos. Enfrentamos una fuerza política que, pese a operar como un partido taxi, ha obtenido resultados durante cinco años. Su permanencia, a largo plazo, dependerá de que pueda traducir sus promesas electorales en resultados concretos. Mientras tanto, su base se alimenta diariamente de narrativas, que incitan al odio, promueven la desinformación y nos enfrentan entre nosotros, dificultando cualquier posibilidad de empatía o entender causas comunes.
Su estrategia ha consistido en atraer a sectores de clase media de la burocracia y algunos disidentes de los partidos tradicionales y, al mismo tiempo, dirigirse a las poblaciones más desfavorecidas mediante una comunicación política algorítmica: breve, emocional, constante y parcializada. En ese caldo de cultivo alimentan los resentimientos, los dogmatismos y los fanatismos.
El aparato propagandístico se sostiene en conferencias de prensa y contenidos digitales que repiten adjetivos como “filibusteros”, “sicarios políticos”, “ratas”, “canallas” o “comunistas”. El objetivo es hablarle a su base y construir un enemigo: nosotros la oposición. Así se bloquea cualquier posibilidad de integración, porque no interesa que conectemos con las causas comunes que atraviesan a sus bases y a las nuestras.
¿Cuál es el resultado? Odiarnos eternamente. Pelearnos eternamente. No logramos acercarnos al sector menos fanático y más técnico del chavismo: personas provenientes de los partidos tradicionales que migraron hacia ese espacio, comparten el malestar frente a los pactos partidarios y la inercia institucional, y aunque no siempre hablan, sí los votan. El núcleo político procura mantener bloqueadas esas vías de comunicación. No porque posea grandes masas organizadas, sino porque instrumentaliza eficazmente la comunicación para impedir que la sociedad se reconcilie, como lo harían las plaquetas en el cuerpo: acercándose a la herida para contribuir a cerrarla.
Muchas de estas personas de sectores rurales, regiones costeras y poblaciones de menores ingresos y clase media baja, consumen propaganda chavista en TikTok y quedan atrapadas en burbujas algorítmicas que las alejan de los hechos verificables. De ahí expresiones como “nos abrieron los ojos” en dinámicas donde todo está a un clic. No sorprende entonces, la llegada de numerosos creadores de contenido a la Asamblea Legislativa. La propaganda no necesita que la gente contraste los datos; basta con que reaccione. Ese contraste suele quedar limitado a académicos, periodistas y sectores letrados.
El malestar de quienes integran el ala menos dogmática del chavismo es real. Sin embargo, algunos terminaron validando la lógica de desplazar a los otros para colocarse en su lugar, reproduciendo prácticas que enferman el sistema y privilegian la lealtad personal sobre los resultados. El baño de masas fue energético y necesario. No obstante, en los barrios pobres y en las comunidades rurales, la vida continuó igual. Mientras unos luchábamos por una causa que afecta a todos, otros no pudieron participar, no dimensionaron lo ocurrido o simplemente guardaron silencio. Esta realidad debe convertirse en una lección para los equipos técnicos, asesores, organizaciones sociales y partidos políticos: no pueden dejarla sin respuesta, algo nos arroja.
El plantón en la Plaza de la Democracia y sus expresiones regionales constituyó un primer paso. Allí coincidieron niños, jóvenes, adultos mayores, expresidentes, exfuncionarios, académicos, fundadores, feministas, educadores, sindicalistas, estudiantes y familias. Esa diversidad demostró que, más allá de nuestras ocupaciones, edades o posiciones sociales, todavía podemos integrarnos alrededor de una causa común.
El siguiente paso es organizar el movimiento de forma descentralizada. Como bloque democrático, debemos volver a encontrarnos, reparar los vínculos y construir puentes con las poblaciones excluidas o desfavorecidas que hoy consumen propaganda bajo las reglas del algoritmo y en un clima profundamente enrarecido.
Construir una victoria futura implica acumular fuerza y ampliar la fotografía. En ella deben caber también quienes hoy se identifican con el chavismo. Puede sonar incómodo, incluso prematuro, pero no construiremos país dejando gente afuera. Costa Rica tiene la oportunidad de ofrecer un mensaje a América Latina. Nunca fuimos los mejores usando armas, pero sí dialogando.
Ese espíritu —el que el mundo reconoce como pura vida— es el que debemos recuperar. Para ello, hay que descentralizar, activar las plaquetas y volver a conectar con el país que todavía no aparece en la fotografía.

