Alejandro Machado: La COVID-19 – entre el miedo y el castigo

Para que logremos ganar esta batalla, debemos dejar atrás el temor, las cargas morales y el linchamiento sigiloso para dar paso a la empatía y la comunicación interpersonal.

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Alejandro Machado García, Gestor en Género y Desarrollo.

Tener COVID-19 en tiempos de sindemia, es como lo que era tener lepra; un castigo de Dios por sus pecados. Estamos discursivamente convirtiendo a la COVID-19 es un castigo moral. La lepra era el símbolo de los pecados de esa persona, lo que es ahora tener COVID, el símbolo de la irresponsabilidad individual que nos convierte en culpables, en pecadores.

Cuando te llega la enfermedad los miedos se adueñan de tu mente. Miedo a morir repentinamente. La culpabilidad de haber contagiado a los demás. La incertidumbre de no saber cómo te contagiaste. La pena de avisar o alertar, la ansiedad por las secuelas, el miedo de ser señalado.

La experiencia en estos tiempos, es vivir en una latente ansiedad a no saber qué va a pasar. Señalarnos es un círculo vicioso que imposibilita comunicar nuestra situación, pedir ayuda y organizarnos.

La forma en que estamos entendiendo el problema amerita observación. La primera trampa nos lleva a temer al otro por algo que no podemos controlar. La segunda trampa es buscar culpables en el otro cuando más bien es su red de apoyo.

Finalmente, la tercera es hacernos creer que, individualizando el problema a la simple toma de conciencia del uso de la mascarilla y el lavado de manos nuestra salvación, lo que limita ver el fenómeno socialmente. Es un juego perfecto, busca aislarte antes de que enfermes, y a una vez enfermo, buscar culpables y apelar al señalamiento por no cuidarse individualmente.

¿Estamos seguros de que esas han sido las únicas formas de contagio? ¿Están seguras todas las personas que se contagiaron, donde les pasó, a qué hora y quién les contagio?

La búsqueda por reducir el riesgo, no es tan simple como buscar a la persona contagiada. Nos podemos contagiar en un abrir y cerrar de ojos. Es un virus que sobrevive en ciertos objetos que implican intercambio para sobrevivir y en un contexto mayor, en un medio en el que el intercambio nos permite satisfacer nuestras necesidades.

Este linchamiento sigiloso inconsciente o consciente, busca generar una pena, pero al no haber marco jurídico, generamos la culpabilidad y el linchamiento, lo que, entre pena y culpa, nos lleva a polarizarnos, a guardar esas emociones que pueden ser toxicas derivando en conductas peores como ser agresivos o la agudización de algunos trastornos.

Esta experiencia de crisis amenaza nuestra salud mental pero la carencia de ingresos y empleo genera ruido en el tejido social. Este enfoque al problema, nos puede llevar a la apatía y una mayor descomposición.

No creo que la confesión cristiana nos perdone y nos quite el virus. La medida de la mascarilla y el lavado de manos es importante, pero son las normas y las conductas aprendidas que nos llevan asumir mayores, lo que no cabe duda que la educación y capacitación son necesarias para prepararnos ante esta sindemia.

No confundir la gordura con hinchazón. No cambiaremos solo por la información existente o solo el uso de una técnica. Las campañas acusan a través del mensaje, la adquisición de un cambio de nuestras conductas, sin embargo, ¿Acaso es la conciencia la que me genera una nueva conducta o habilidad? ¿Cuántos han dejado de fumar por la foto de un pulmón cancerígeno?

La adaptación en las personas, grupos y sociedades, es un proceso que se adquiere con el aprendizaje y se construye con la educación. La educación es esa actividad emprendida por diferentes agentes, que trasciende el saber, para reforzar estímulos y generar cambios en los conocimientos y habilidades adquiridas.

Para que logremos ganar esta batalla, debemos dejar atrás el temor, las cargas morales y el linchamiento sigiloso para dar paso a la empatía y la comunicación interpersonal.

La educación y los controles efectivos, nos tienen que otorgar los conocimientos nuevos que se traigan abajo nuestras conductas que nos llevan a asumir riesgos, sacándole provecho máximo a los nuevos nichos de mercado y oportunidades.

Se han perdido miles de vidas, en los hospitales se está dando una lucha intensa, y no cabe la duda del talento y esfuerzo titánico, pero el cansancio llega con el hambre. Es momento de reflexionar si la estrategia requiere impulsar la educación y organización en nuestras comunidades para prevenir mayores estímulos negativos y tener mayor apertura controlada y educada.

El dinero y el vivir, van de la mano, pero es la educación y la salud, la que da continuidad a la calidad de vida.

 

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