Alex Solís: Hacia una nueva normalidad

   Yo creo que este es un gran momento para Costa Rica y la humanidad entera de rectificar rumbos y elevarse por encima de su destino aparente. Vivir, tanto desde el plano individual como desde el colectivo, significa cumplir las tareas y encontrar las respuestas correctas a los problemas y necesidades que el diario vivir demanda. La vida no es una cosa ya hecha o acabada, tampoco es como un cometa con una trayectoria predeterminada.

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Alex Solís Fallas, Doctor en Derecho

Como resultado del aislamiento y de la situación socioeconómica en que nos ha colocado la pandemia por la enfermedad del coronavirus (COVID-19), se ha popularizado la idea de que nos aprestamos a convivir bajo el esquema de una “nueva normalidad”. ¿En qué consiste o cómo será esa nueva dinámica? ¿Se tratará de una situación que se impondrá de manera espontánea conforme se vayan produciendo los hechos, o será más bien, una oportunidad que se nos presenta para reencontrar el sentido de la vida y construir un mundo mejor para todos?

Yo creo que este es un gran momento para Costa Rica y la humanidad entera de rectificar rumbos y elevarse por encima de su destino aparente. Vivir, tanto desde el plano individual como desde el colectivo, significa cumplir las tareas y encontrar las respuestas correctas a los problemas y necesidades que el diario vivir demanda. La vida no es una cosa ya hecha o acabada, tampoco es como un cometa con una trayectoria predeterminada. Todo lo contrario, la vida siempre es tarea, un proyecto por hacer, un tener que decidir a cada instante qué camino elegir; es decir, un ocuparnos de lo que hemos de ser y hacer en el futuro.

La pandemia por el COVID-19 comporta riesgos pero también oportunidades respecto a eso que denominamos la nueva normalidad. De los riesgos no hace falta escribir aquí, todos los conocemos. Pero, ¿qué es la nueva normalidad? De momento pocos se atreven a proyectar como será. La mayoría se refiere a las consecuencias sanitarias y económicas que esta enfermedad tendrá en nuestras formas de socializar y emprender. Por citar algunas: el distanciamiento social, el uso de mascarillas, el lavado de manos y las interacciones en un mundo más remoto, virtual y digital mediante videoconferencias y el teletrabajo.

Pero lo que pueda ser el contenido esencial de la nueva normalidad no se ha definido, toca construirlo. Ahí es donde se presenta un universo de oportunidades. La crisis es, a un tiempo, una razón ética para auto analizarnos y un marco para construir e innovar desde el plano normativo.  Por un lado, enseña una nueva forma de comprendernos a nosotros mismos  y de relacionarnos con las otras personas. Por el otro, nos brinda la oportunidad de resolver muchos problemas acumulados, hacer reformas y modernizar la estructura y gestión del Estado; es decir, nos enfrenta a la búsqueda de mejores horizontes para el país y el mundo entero.

En ese esfuerzo permanente de auto examinarnos y de encontrar el sentido de la vida, este perverso e invisible “bichito”, nos ha recordado cuán frágil es la existencia humana, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición.

Desde el confinamiento hemos aprendido que podemos vivir con muy poco de todo aquello que tanto el materialismo como el consumismo en que estamos sumidos nos dicen que es necesario. En pocos días, este microscópico virus paralizó la tercera parte de la economía mundial y causó la más grande crisis desde la “Gran Depresión”. No hay país, grande o pequeño que no esté sufriendo sus consecuencias.

Este siniestro virus también nos ha mostrado el rostro oculto de este mundo de desigualdad, pobreza y miseria extrema en medio del cual vivimos. Hasta en las mascarillas protectoras se notan tales diferencias: hay mascarillas VIP y otras muy vaporosas por las que se filtra todo. Algunos las pueden reemplazar  todos los días y  otros tienen que lavarlas a diario.

De igual forma, la COVID-19 nos ha permitido visualizar, como nunca antes, un planeta –también frágil– en el que interactúa un complejo sistema de relaciones que afectan la situación política, económica, social, cultural y hasta ambiental de todos los pueblos. Las dimensiones globales de esta pandemia han permitido una mayor conciencia de que vivimos en un gran sistema de relaciones interdependientes; en un mundo en el que todo está íntimamente relacionado y que, por tanto, solo por medio de la solidaridad y un amplio sistema de valores compartidos podremos salir adelante.

Por otra parte, hemos dicho que la construcción de la nueva normalidad constituye un reto desde el plano normativo. Se habla de nueva normalidad en un sentido prescriptivo, en alusión a lo que debe ser de acuerdo con las normas necesarias para enfrentar una nueva realidad. ¿Cuáles son esas normas? No están dadas, nos toca construirlas mediante una conversación sincera, abierta e inclusiva, que nos una como sociedad, porque las consecuencias y desafíos de la pandemia por la enfermedad del coronavirus las sufrimos todas las personas.

Entonces, si las normas no están dadas y vivir siempre es un proyecto por hacer que nos brinda la posibilidad de elegir caminos, la construcción de la nueva normalidad es una gran oportunidad para construir un mundo que nos permita a todos estar mejor. El enfoque ético normativo de la pandemia y la nueva normalidad nos plantean la necesidad de poner en marcha una serie de objetivos a los que debería aspirar la humanidad entera.

En el caso de nuestro país, tenemos que aprovechar el momento para construir una nueva Costa Rica. Hay que dejar de poner parches y de volver a pensar en grande. Este es el momento de impulsar un gran proyecto de innovación y convivencia a mediano y largo plazo, que nos permita ser una sociedad económicamente próspera, socialmente inclusiva, ambientalmente sostenible y auspiciada por un eficiente y moderno aparato estatal.

 


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