Alex Solís: Significado del Bicentenario para el futuro del país

De esto trata mi propuesta, en el marco de la celebración del bicentenario de nuestra independencia. De la necesidad de escribir un nuevo contrato social, de abrazar el sueño de poner en marcha un proyecto de innovación y convivencia de mediano y largo plazo que nos permita construir un mundo nuevo, un mundo donde todos tengan un lugar, un mundo donde todos podamos vivir mejor. Esta es la estrella que debe orientar nuestros pasos.

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Alex Solís Fallas, Doctor en Derecho

En el marco de la celebración del bicentenario de nuestra independencia, los costarricenses tenemos que preguntarnos, ¿si estamos preparados para emprender un proyecto de innovación y convivencia a mediano y largo plazo?, ¿si estamos en capacidad de emprender las reformas que requiere el Estado?, ¿si podremos salir adelante y fundar la Tercera República para que todos podamos vivir mejor? Cada uno, en su fuero interno tendrá las respuestas a estas interrogantes y también sabrá si está dispuesto a asumir la responsabilidad que la actual coyuntura exige.

Algunos pesimistas dicen que no; pero, yo estoy convencido de que la mayoría del pueblo costarricense está listo y tiene la suficiente valentía para emprender el camino de la innovación y el cambio que demandan los tiempos actuales. En la búsqueda de la inspiración requerida para emprender esos cambios, es bueno visitar el pasado para saber de dónde venimos, entender dónde estamos y hacia dónde podremos ir.

El autoconocimiento es un imperativo ético. Desde los tiempos más antiguos, se piensa que el autoconocimiento es la principal herramienta que poseemos los seres humanos para evolucionar hacia una vida mejor. Hace dos mil quinientos años, los griegos dejaron gravado para la posteridad en el frontispicio del Templo de Apolo la máxima, conócete a ti mismo, como es sabido, constituye el núcleo de la sabiduría de aquel inteligente e influyente pueblo.

Siguiendo esa máxima, hoy resulta de una imponderable utilidad práctica auscultar ¿quiénes somos?, ¿cuáles son los rasgos que nos identifican como nación?, ¿cuáles son nuestras fortalezas?, ¿cuáles nuestras debilidades? Solo si sabemos con claridad y convicción, cuál es nuestro acervo cultural, nuestros valores y creencias compartidas, podremos definir, de manera inteligente, hacia cuál estrella dirigir el barco de nuestro destino.

Sin embargo, como enseñan las tragedias de Edipo Rey de Sófocles o Hamlet de Shakespeare, ese viaje de autoconocimiento no siempre resulta fácil, ni en el ámbito individual ni en el colectivo. Existen muchos secretos, prejuicios, mitos y hasta mecanismo de defensa que ocultan la verdad de las cosas. Vivimos en medio de mucho ruido y mensajes provocados por las modas, el consumismo, la superficialidad y el relativismo moral, que nos impide escuchar y ver en lo profundo de nuestro ser nacional, quienes somos en realidad.

El resultado es que hemos perdido la dirección y nos hemos quedado vacíos de identidad, a expensas del consumismo, los mercaderes de la política y del poder de otros. Es decir, vivimos como marionetas esclavizadas a los gustos y los designios de los demás.   Por eso es necesario profundizar en la historia, en el pasado, en nuestras raíces, no para vivir postrados en un ayer que ya se fue, sino fundamentalmente para conocer cómo nuestros ancestros enfrentaron y superaron las sucesivas crisis que fueron encontrando a su paso. La inteligencia ordena imitar las actitudes valiosas que alumbraron el camino de nuestros antepasados en la construcción del Estado constitucional, democrático y social de derecho que disfrutamos hoy los costarricenses.

Así, pues, ante aquellos que apelan al miedo con el propósito de impedir la reforma del Estado, la implementación de un proyecto de innovación y convivencia a mediano y largo plazo y la fundación de la Tercera República, lo primero que se debería advertir es que los costarricenses no hemos sido pusilánimes ni estamos domesticados, como dijo ligeramente don Pepe Figueres. A veces, nuestro espíritu pacifista y libertario ha sido confundido por algunos analistas con la falta de coraje. Esa percepción no es correcta ni justa con la historia; tampoco con nuestros padres y abuelos, constructores de este Estado, fundado en la libertad, el orden, la seguridad, la paz, la justicia, el bien común y el respeto por el derecho ajeno.

Con mucha frecuencia, inmerecidamente, se habla de la indecisión del ser costarricense, porque al momento de la independencia en 1821, los arquitectos de nuestra nacionalidad fueron muy prudentes. Específicamente, me refiero al carácter interino con que nuestros padres fundadores pusieron en vigencia la primera Constitución y el primer gobierno, denominados por su orden, Pacto social fundamental interino de Costa Rica y Junta superior gubernativa interina.[1] La naturaleza interina o provisional de estos acuerdos fundamentales, son absolutamente entendibles en un pueblo al que le llegó, de forma sorpresiva, la noticia de la independencia. ¿Imaginan ustedes el desconcierto de aquella gente, acostumbrada a regirse por la voluntad de otros y la Constitución de Cádiz, cuando de repente se encuentran en la necesidad de constituirse como un Estado independiente y soberano?

Después de haber estado por tantos siglos sometidos a un imperio tan vasto como el español, a nuestros antepasados les tomó tiempo asimilar que un territorio tan pequeño, con escasa población y pobre, podía ser un Estado libre e independiente. Más bien, hoy con mirada retrospectiva, hay que considerar que esos primeros pasos, en apariencia titubeantes, como los de un bebé cuando comienza a caminar, denotan la sabiduría de nuestros padres fundadores a la hora de escoger y colocar lo que serían las piedras sobre las cuales se edificaría la nacionalidad costarricense. De aquel momento primigenio, entre muchos hechos, sobresale que en la organización del ejercicio del poder político se prefirió a los educadores y no a los militares, y al gobierno de las leyes y no al capricho de algún dictador.

Esa primera Constitución, que nuestros propios padres fundadores denominaron “Pacto de Concordia”, tuvo la enorme virtud de reconocer y organizar de manera inteligente, en una sola dirección, a las dos corrientes políticas que en aquellos primeros instantes de nuestro alumbramiento se disputaban el poder o los destinos de nuestra patria: los anexionistas o imperialistas y los separatistas o independistas, también conocidos como republicanistas. Dado ese incipiente espíritu divisionista, los redactores del “Pacto de Concordia” se apresuraron a cortarlo de raíz, al establecer en el preámbulo que el fin del Estado sería la conservación de la patria, libre, unida, segura y tranquila.

En nuestro afán de conocernos a nosotros mismos, las actuales generaciones debemos admirar el carácter de nuestros padres fundadores en aquel momento confuso del parto de la república independiente. Ellos no desesperaron, no hicieron dramas, no buscaron auxilio en otros lares, ni tampoco intentaron imponerse unos a otros; más importante aún, a pesar de esa prudencia inicial, tampoco dijeron que no estaban preparados para organizar el nuevo Estado o que era peligroso el camino de los nuevos retos que conllevaba la vida independiente.

Por el contrario, con gran tino, de a poco, plantaron en el ADN de nuestra nacionalidad, la simiente de la libertad, la igualdad, la justicia, la solidaridad social y el bien común. En esa semilla se encuentra nuestro apego a la autoridad del Estado de derecho. Ahí está el germen de nuestro espíritu pacifista, de armonía y de unidad nacional. Ahí quedó establecido que, por medio del diálogo, la tolerancia y el derecho podríamos encontrar la solución a los conflictos y organizarnos como un pueblo libre e independiente. Valores que nos han caracterizado por siempre y que necesitamos sigan proyectando luz sobre el camino que ahora tenemos que recorrer para la construcción de la nueva Costa Rica.

Esta confianza en el diálogo, la tolerancia y el derecho no nos hacen débiles ni mucho menos, cobardes o domesticados. La historia de nuestro país nos enseña que el costarricense es capaz de llegar a niveles inimaginables de beligerancia y combatividad cuando las cosas no han discurrido por el camino correcto. Somos como los terremotos, reaccionamos violentamente cuando algo se mueve anormalmente en las entrañas del sistema político. Y así como los griegos elevaron al nivel del templo de Apolo el imperativo de conocerse a sí mismo, de la misma forma, nosotros hemos definido en el Himno Nacional, de qué madera estamos hechos, de qué somos capaces, cuando se ofende la dignidad nacional:

¡Salve, oh tierra gentil!

¡Salve, oh, madre de amor!

Cuando alguno pretenda tu gloria manchar,

verás a tu pueblo, valiente y viril,

la tosca herramienta en arma trocar.

            Cantamos con vigor, una y otra vez, el himno nacional, para grabar en los corazones nuestro amor a la patria y no olvidar quienes somos. Esas no son simples palabras que se dicen por cantar algo, conforman nuestra identidad como nación… están llenas de contenido y acción. Son parte de nuestra nacionalidad, de nuestra razón de ser. ¡Qué nadie se confunda! Los costarricenses, a pesar de nuestra vocación pacifista y el hecho de no tener ejército por decisión propia, hemos convertido en canto nacional el derecho a la rebelión, cuando alguien ose pisotear nuestra soberanía o pretenda encaramarse o perpetuarse en el poder de manera ilegítima.

Ese derecho a la rebelión es la misma disposición de lucha en defensa de la libertad y el Estado de derecho que se reitera en la letra del Himno patriótico al 15 de setiembre:

Sepamos ser libres

no siervos menguados

derechos sagrados

la patria nos da,

derechos sagrados la patria nos da.

Sí, cantemos el himno sonoro

a la patria, al derecho y al bien,

y del pueblo los hijos en coro

de la ley juren ser el sostén.

Nuestro brazo nervudo y pujante

contra el déspota, inicuo opresor

a los ruines esbirros espante

que prefieren el ocio al honor.

            La beligerancia y la combatividad de ese brazo se pusieron a prueba en la Guerra de Ochomogo, el 5 de abril de 1823. Ahí se derramó la primera sangre en lucha fratricida. Los costarricenses se dividieron en dos bandos: por un lado, cartagos y heredianos peleando por la causa de la adhesión al Imperio de Iturbide y del otro, josefinos y alajuelenses defendiendo la causa independentista, liberal y republicana.

Vencieron los republicanos con Gregorio José Ramírez al frente, quien asumió el mando supremo del Gobierno de Costa Rica, en su calidad de Comandante General de Armas. Los vencedores ocuparon la ciudad de Cartago donde estaba la capital de Costa Rica. Sin embargo, Gregorio José Ramírez, decretó su traslado a la ciudad de San José, en donde ha permanecido hasta el día de hoy.

A causa de esta lucha por la independencia de nuestro país, en el Alto de Ochomogo, se produce otro hecho idílico de nuestra historia patria. Gregorio José Ramírez, el general victorioso de aquella guerra, con tan solo 27 años, comprendiendo que el país se debía regir por la autoridad de la ley o la Constitución y no por la fuerza de las armas, renunció al poder ganado en el fragor de la guerra. Para ello convocó al Congreso Constituyente y una vez instalado éste, bajo la presidencia de José María de Peralta y La Vega, Ramírez entregó el poder, el 16 de abril de 1823, diez días después de haberlo asumido con la fuerza de las armas.

¡Sin duda un acto digno de admiración! Me parece que Gregorio José Ramírez es tan digno de admiración como George Washington, quien después de la independencia de Estados Unidos rechazó el ofrecimiento de las trece colonias para que se constituyera en el rey del nuevo país. ¡El poder y la ambición no los sedujeron! Me pregunto qué habría sido de Costa Rica, sí Gregorio José Ramírez hubiese intentado perpetuarse en el poder. Quizás no disfrutaríamos del país que tenemos.

Es cierto que la vida no se repite, pero algunas veces es sabio elegir aquellos caminos que ya han sido desbrozados por los próceres de la Patria. No para repetir la historia sino para darnos cuenta cuáles son nuestras fortalezas, nuestras debilidades, o de qué somos capaces. Conocer lo que hicieron las generaciones pasadas nos solidariza con su historia, pero a la vez, nos compromete con las futuras generaciones. Dependiendo de lo que hagamos ahora como sociedad, nos jugamos la vida las actuales generaciones, pero también la de las que habrán de sucedernos. El reto es enorme y no podemos quedarnos de brazos cruzados. Tenemos que constituirnos en arquitectos y constructores de nuestro propio destino.

Como se puede analizar, conocerse a sí mismo, no es un asunto trivial, insignificante o de poca monta. Es un asunto vital que solo el ser humano puede plantearse y resolver. Otras sociedades vivas como las abejas o las hormigas, a pesar de su organización tan perfecta no pueden preguntarse sobre su identidad. Los animales son lo que son por razones instintivas o necesidades biológicas, que sé yo. Solo el ser humano tiene la necesidad de cuestionarse sobre su identidad, de verse por dentro, de convertirse en objeto de su propio análisis, de auscultar en el pasado para aprender, escoger rumbos, aspirar a un mundo mejor, encontrar el sentido de la vida.

Por eso nos sentimos reconfortados cuando rememoramos la Guerra Patria de 1856. En ese glorioso momento de nuestra historia nos vemos valientes, pujantes, valerosos, decididos y luchando en contra de los enemigos de nuestra soberanía e independencia. Nos vemos con ese brazo nervudo empuñando y blandiendo la tosca herramienta contra el déspota, esclavista e inicuo opresor William Walker y sus esbirros filibusteros; nos vemos, a sangre y fuego, defendiendo la independencia, que treinta y seis años antes, nos había llegado por correo. ¡Qué momento tan glorioso y memorable de nuestra historia patria!

La Guerra de 1856, –no Campaña– como la reivindica, Armando Vargas en su libro, “El lado oculto del presidente Mora”, rompe el aislamiento de Costa Rica con el mundo, vence su modestia y se constituye en conciencia de la América Española. Porque fue gracias a Juanito Mora y a sus valerosos soldados que se vencieron las pretensiones expansionistas del imperialista destino manifiesto de los Estados Unidos; destino, que ya había despojado a México de California y amenazaba convertir a toda Centro América en una colonia norteamericana.

Tiene razón Mario Alberto Jiménez, cuando comenta que la independencia de Costa Rica y la defensa de su soberanía,

…es un fenómeno superior, tan auténtico, tan majestuoso, tan complejo en su elaboración, como puede serlo la soberanía de la nación más gloriosa y en cuya síntesis, concurre no sólo lo jurídico sino también una serie de decisiones colectivas y de sacrificios heroicos realizados por el costarricense con plena conciencia y voluntad de actos constituyentes.

Acudimos a la historia como ejercicio de autoconocimiento para aprender cómo nuestros antepasados superaron las dificultades y acometieron con éxito los retos que se les iban presentando en el camino de la vida. Con esa actitud de grandeza, el Expresidente Jesús Jiménez, en 1869, proclamó la enseñanza primaria gratuita y obligatoria, siendo Costa Rica uno de los primeros países del mundo en hacerlo; el Expresidente Tomás Guardia, en 1871, decide construir un ferrocarril interoceánico y, en 1877, abolir la pena de muerte; una decisión sabia de un pueblo que siempre se ha mostrado respetuoso de la vida y la dignidad humana.

De igual forma, merece citarse, como parte de ese acervo de identidad patria, el hecho de que el 7 de noviembre de 1889, el pueblo se echara a las calles en defensa de la libertad del sufragio y el respeto por la voluntad de las mayorías.  Curiosamente, ese hecho ocurre en nuestro país, cien años después de la Revolución Francesa y cien antes de la creación de nuestro Tribunal Constitucional. Esta manifestación popular en favor del candidato triunfador, José Joaquín Rodríguez (1890-1894), suele citarse como el nacimiento de nuestra democracia. Por cierto, que este Expresidente fue quien tuvo la visión y la valentía de emprender la Construcción del Teatro Nacional, en 1891, uno de los edificios más importantes y la principal joya arquitectónica de Costa Rica.

Más adelante, a inicios de la década de los años cuarenta del Siglo pasado, se producen otros de esos hechos insólitos de nuestra historia patria. Me refiero en primer lugar, a la creación de la Universidad de Costa Rica, en 1940; en segundo lugar, a la alianza gestada entre el Estado, presidido por el Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia (1940-1944), el Partido Vanguardia Popular, liderado por el Lic. Manuel Mora Valverde y la Iglesia Católica, dirigida por el Arzobispo de Costa Rica, Monseñor Víctor Manuel Sanabria.

Esta alianza permitió la creación de la Caja Costarricense del Seguro Social, en 1941, la promulgación del Código de Trabajo, en 1943 y un nuevo capítulo de garantías sociales en la Constitución Política, en 1943.  Estas reformas dieron paso a una visión mucho más profunda de la democracia, comprometida ya no solo con las libertades públicas tradicionales, sino también, con la justicia social y la dignidad del ser humano. A partir de este momento, el Estado ya no se limitará a garantizar la vida, la propiedad y las libertades civiles –funciones típicas del Estado policía–; ahora, realizará funciones muy específicas, en procura de garantizar el mayor bienestar de todos los habitantes del país.

Pocos años después, en 1948, cuando nuestra democracia fue manchada por los amigos del fraude electoral y el autoritarismo político, el pueblo de nuevo, de manera valiente y viril como ordena el Himno Nacional, se lanzó a la guerra para restablecer la pureza del sufragio. El líder de esta gesta histórica fue José Figueres Ferrer, al frente del Ejército de Liberación Nacional. Fue una guerra corta pero muy sangrienta, en la que dos mil quinientos costarricenses sacrificaron su vida en defensa del sufragio popular, que en las urnas electorales le habían dado el triunfo a Otilio Ulate Blanco.

Concluida la guerra civil, Figueres asume el poder de facto al frente de una Junta Revolucionaria de gobierno con el propósito de sentar las bases constitucionales y jurídicas de lo que se daría en llamar la fundación de la Segunda República. Al frente de esta Junta, don Pepe, como le conocemos cariñosamente en este país, tomó dos decisiones que se ubican a la altura de las grandes epopeyas de la humanidad: primero, eliminó el ejército el 1 de diciembre de 1948, constituyéndose con esta valiente y visionaria acción en el primer general victorioso que disuelve sus fuerzas armadas. Segundo, voluntariamente, a los dieciocho meses de gobierno, con la promulgación de una nueva Constitución, le entregó el poder a Otilio Ulate Blanco, quien había ganado legítimamente la Presidencia de la República, en las elecciones del 8 de febrero de 1948.

Entre esos grandes hitos que cambiaron para bien la vida de los costarricenses, se encuentran las pioneras decisiones del Expresidente Daniel Oduber, en la década de los años setenta del siglo pasado, de crear un sistema de áreas protegidas y parques nacionales, que hoy abarcan más del 25% del territorio nacional y es reconocido en todo el mundo. Las áreas protegidas de Costa Rica dan refugio a cientos de especies de mamíferos, reptiles, aves, anfibios, insectos, peces, plantas y hongos que son objeto de estudio de muchas instituciones a nivel mundial.

También, entre los grandes eventos de la historia que deben servirnos de motivo de inspiración, se encuentra la proclama de “Neutralidad perpetua, activa y no armada”, de Costa Rica frente a otros Estados, el 17 de noviembre de 1983, del Expresidente Luis Alberto Monge Álvarez (1982-1986), quien, interpretando nuestra idiosincrasia, en esa fecha dijo:

Los costarricenses estamos contra la violencia como medio de superar las discrepancias políticas. Los antiguos creían que la guerra era la racionalidad última de la política, pero los costarricenses creemos que la guerra es la última irracionalidad y el fracaso de toda política…

Costa Rica lucha por la paz y combate la guerra, porque vive cotidianamente los ideales de la civilización occidental…

Costa Rica no es potencia económica, ni puede serlo. Costa Rica no es potencia política, ni puede serlo. Costa Rica no es potencia militar, ni quiere serlo. Costa Rica es potencia espiritual porque el pueblo practica una fe viva en la fuerza del sentido común, en la fuerza de la voluntad y en la fuerza de la moral…

Nuestra paz no es producto del azar sino fruto del trabajo de un pueblo prudente, conducido por sabios gobernantes en la ruta de un proyecto nacional de vocación pacífica. Como la libertad, la paz no es un estado original ni permanente, tenemos que hacerla y volver a hacerla cada día.

Esta proclama constituyó una solución política de imponderable valor, frente al conflicto armado que por aquellos años sufría Centroamérica y evitó que nos involucráramos en guerras contra otros países del área o que fuéramos arrastrados por los intereses hegemónicos de potencias extranjeras.

Por último, para coronar esta sucesión de hechos tan extraordinarios de nuestra historia patria y que deben servirnos de inspiración para acometer con éxito los retos del presente, tenemos que incluir el Premio Nobel de la Paz que le fue entregado al Expresidente Oscar Arias Sánchez, en 1987; un Premio mediante el cual se honra, no solo a don Oscar como patrocinador del Plan de Paz para Centroamérica, sino también a Costa Rica como un país de paz.

Esta verdad, es la continuación de otros hermosos pensamientos insertos en otro discurso que don Oscar ya había pronunciado en las Naciones Unidas, en 1986:

Vengo de un país sin armas. Nuestros hijos nunca han visto un tanque y desconocen el helicóptero artillado, el barco de guerra y el cañón. Los padres y abuelos explican a los jóvenes la curiosa arquitectura de algunas escuelas, en relatos que atestiguan como, hace ya muchos años, esas escuelas fueron cuarteles.

Vengo de un pequeño país que disfruta de una democracia centenaria. En mi patria, ninguno de sus hijos, hombre o mujer, conoce la opresión. No hay un solo costarricense que marche al destierro. Es la mía una nación de libertad.

Es por esta noble y hermosa historia, que los costarricenses no envidiamos los goces de Europa ni la grandeza que en ella se encierra. Nosotros tenemos nuestra propia historia, nuestros propios goces y razones para estar orgullosos de nuestro país, al que queremos, como canta nuestra Patriótica. Por eso no podemos descuidarlo en estos momentos tan difíciles. Queremos a nuestro país, lo defendemos y por él la vida daríamos, siempre libres, amantes de la paz y la democracia, ostentando alegría, sin tanques ni cañones, porque de nuestros hijos será la ilusión de vivir. Así cantamos, imbuidos de amor por esta patria grande que tanto nos ha dado y a todos nos llena de orgullo.

La máxima conócete a ti mismo, no solo permite vernos por dentro para saber de dónde venimos y quiénes somos. De la importancia de celebrar el bicentenario de nuestra independencia. Conocernos a nosotros mismos como país, también posee una dimensión ética de pertenencia a este pequeño terruño e identidad con una serie de aspiraciones que consideramos fundamentales en nuestras vidas, relacionadas con la libertad, la igualdad, el orden, la seguridad, la paz, la justicia, la solidaridad social y el bien común. Ahora nos corresponde, a las actuales generaciones, a partir de estos y otros valores compartidos, diseñar el futuro.

Para hacerlo, lo primero que tenemos que hacer es reconocer que no estamos bien, que estamos sumidos en una crisis de enormes proporciones. Que somos como un barco a la deriva –según dije en la introducción—en medio de la inmensidad del mar, sin carta de navegación, con las velas rotas, sin combustible y un capitán que pueda llevarnos a un puerto seguro. Que esta crisis es el resultado de lo que elegimos hacer o dejamos de hacer en los últimos años. Que ya no podemos continuar posponiendo la solución de los problemas que hemos propiciado y permitido que se acumulen por años. Por último, llegó el tiempo de agitar el discurso y de emprender el camino de las grandes transformaciones.

Para lograrlo se necesita del talento, la creatividad y la acción de todos. Un país se moderniza no porque una persona haga mucho, sino porque muchos hagamos un poquito. Esta aspiración exige un cambio de actitud, el replanteamiento de nuestro modelo de desarrollo y de una reforma muy profunda del Estado, empezando por la Constitución Política. Como ya hemos dicho, no sirve de mucho saber cuál es la estrella que debe orientar nuestro destino si el vehículo en el que debemos hacer el recorrido no se encuentra a la altura de los desafíos que demanda el viaje hacia esa estrella. Por esto debemos renovar profundamente el aparato institucional y la forma en la que hacemos las cosas.

Toda generación se enfrenta a los límites de lo que construyeron sus predecesoras. Nuestros padres y abuelos agregaron piedras a un camino que ya otros hombres y otras mujeres habían iniciado. Ahora, nos toca a nosotros poner piedras nuevas al inacabado camino de la vida. Sé que es difícil. Sin embargo, estoy convencido de que nada ni nadie nos puede arrebatar este derecho a los miles de personas que clamamos por un cambio y la construcción de una nueva Costa Rica.

Hay personas que dicen que no estamos preparados. Pero yo les respondo:

–¿Quién puede saberlo?… ¿Por qué no intentarlo? No podemos quedarnos de brazos cruzados. Hay que trabajar hasta lograrlo. El futuro del país depende enteramente de nosotros.

De esto trata mi propuesta, en el marco de la celebración del bicentenario de nuestra independencia. De la necesidad de escribir un nuevo contrato social, de abrazar el sueño de poner en marcha un proyecto de innovación y convivencia de mediano y largo plazo que nos permita construir un mundo nuevo, un mundo donde todos tengan un lugar, un mundo donde todos podamos vivir mejor. Esta es la estrella que debe orientar nuestros pasos.

Tenemos una misión y una carta de navegación. Llegó la hora de emprender el viaje. ¡Qué nadie se quede atrás! Todos estamos abordo. 5, 4, 3, 2, 1, 0, arranquemos… llegó la hora de fundar la Tercera República.

[1] Al momento de la independencia, para sustituir al gobernador español don Juan Manuel de Cañas, en noviembre de 1821, se nombró una Junta Superior Gubernativa Interina, integrada con delegados de las ciudades y pueblos más importantes de la provincia. Esta Junta, a su vez, puso en vigencia lo que se sería nuestra primera Constitución, denominada Pacto Social Fundamental Interino de Costa Rica.

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