Alfonso Chase: «Cántigas de escarnio»

Cántigas de escarnio

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Alfonso Chase

Cántigas de escarnio

A Guillermo Fernández

No es que quiero que se salven:
me gustaría ayudar a echar, sobre la tierra abierta,
la hediondez de su injusticia, la podredumbre
que los llena de los pies al pelo, el hedor
de su ropa, siempre olorosa a colonia o naftalina.
Estoy seguro de que soy justo cuando sueño
ser el verdugo de todos esos actos suyos
que han perdido en la conversación en el club,
entre el trago y el trago y el trago
o mientras planean una reducción de personal,
una alza general de precios o alguna adulteración,
imperceptible, en los artículos de consumo popular.
Estoy seguro de que no quiero que estorben
/a la turbamulta,
la parranda del pueblo sobre vuestra impotencia,
la alegría de los niños contra la tristeza
de sus grandes salones de lectura,
en donde el contador les toma balance
por los actos perdidos y los recobrados,
previa alteración de alguna solitaria cifra.
No es que quiera que se salven:
ustedes mismos se condenan en la algarabía
de los billetes danzando en el banco, o a la soledad
de las monedas que les tiemblan en el bolsillo,
en la belleza del collar adornando el pecho
/de la señora,
en la olla inmensa saltándose de risa,
ante el hambre depositada sobre tanta mesa.
No es que quiera que se salven.
No voy a mover un solo dedo por el valor
/de su sangre.
No escribiré esa nota de perdón que ustedes necesitan,
esa visa que han comprado con el sudor de los demás,
con las lágrimas de los niños
y en el fragor de las máquinas
y los gritos de sus capataces.
No. Es que no se van a salvar.
Cuando no sea por el valor de esa fosa
que lentamente cava el tiempo, palada a palada
y golpe a golpe, desbordado
de sus manos, hondo y pesado
afuera de los cuerpos perfumados,
ajenos de las propias palabras del perdón,
filtrado apenas por entre sus pobres huesos.

1973

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