Alfredo Fournier Beeche, Abogado.

Como toda actividad humana, la corrupción tiene muchas maneras de verse: desde la derecha o la izquierda, de arriba o abajo. Pero siempre se ve igual, cualquiera que sea el lado desde el que se mire. La Academia Española de la lengua la describe la corrupción en su tercera acepción, “En las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización indebida o ilícita de las funciones de aquellas en provecho de sus gestores.” Como se ve, su significado es muy amplio. Suficiente para cubrir todas las actividades deshonestas que se pueden dar en la función pública.

Para los de derecha viene a ser una lacra que se da porque los advenedizos llegan a ocupar función pública y que la forma de acabar con ella es metiendo a la cárcel a los que osan corromperse e impedir que los inmaculados lleguen a tener la oportunidad. Por ello, es conveniente reducir al aparato estatal, que es donde se nutren los corruptos. “Si no hay donde robar, no hay robo”. Es como aquel dicho de que “muerto el perro, muerta la rabia.” Para los de izquierda, la corrupción se da porque los que ostentan el poder lo hacen posible. Por eso es necesaria la dictadura de los desposeídos, que no son corruptos porque nunca han podido corromperse. La corrupción se da por la confabulación de los que están dentro del Estado y los que desde fuera desean usar la cosa pública en su propio beneficio.

Para los de arriba, la culpa de la corrupción la tienen los de abajo, que, como no saben manejar la cosa pública, se dejan seducir por la corrupción. Para los de abajo, la culpa es de los de arriba, que aprendieron la corrupción en su camino hacia arriba.

En todo caso, la corrupción no tiene bonita cara, porque es muestra de un debilitamiento moral. Las causas son muy variadas y pueden venir de las necesidades, reales o imaginarias, de las apersonas. Siempre serán el deseo de obtener lo que no se tiene. Siempre será reflejo de la incapacidad de lograr los ingresos que de otra manera no se tendrían. Ya sea para salvar a un ser querido de una dificultad, sanitaria o de lo que sea, para satisfacer necesidades, a veces no muy claras o bien muy definidas, como la compra de casa, carro o viaje al exterior. También para complacer las exigencias de la pareja. O, simplemente, para acumular riqueza, no importa la causa inmediata. Pero siempre señalará una degradación moral.

Recuerdo que hace muchos años, antes de la revolución que hubo en El Salvador, un señor me explicó que, para las clases acaudaladas del país, no era elegante intervenir en política. Que lo que esas clases hacían era buscar un militar que gobernara conforme a sus designios y que ellos le permitían robar suficiente, o lo que pudiera, mientras se mantuviera el status quo y el militar resguardara los privilegios de los acaudalados. Lógicamente, se dio la revolución, después. Hasta que llegaron los partidos de derecha e izquierda y entraron en una picada moral de las que los hechos históricos nos revelan: tanto las derechas como las izquierdas se vieron caer en la tentación de la corrupción. Hoy, el pueblo salvadoreño busca a sus exgobernantes por haberse enriquecido con el mal manejo de las arcas públicas y, a algunos, ya los tiene en la cárcel.

Nosotros, en Costa Rica, nos acercamos a unas elecciones en que se está soslayando el tema corrupción, pues sí se habla de ella, pero no se puntualiza. Todos dicen que hay que luchar contra la corrupción, pero no señalan culpables por nombre y apellido. Se habla de corrupción como si fuera algo nebuloso, esotérico. Ni siquiera los recientes casos descubiertos han sido acicate para señalar en qué gobiernos se dieron los casos. Señalan a los políticos que gobernaron en los últimos años, pero sin puntualizar quienes y en qué años. Ni siquiera se dice qué partido político gobernaba. Se habla de todos, pero no se dice por qué, se habla de muchos años y de que es un mal viejo, pero se deja sin decir quiénes fueron los responsables, o quienes gobernaban en qué fechas.

Yo no creo que todos los que gobernaron o ejercieron algo de poder lo hayan hecho deshonestamente. Creo que la mayoría de los funcionarios trató a los fondos públicos como cosa de otro. Con el respeto que merece lo ajeno. Algunos lo hicieron gratuitamente y hasta con menoscabo de sus intereses personales. Si, creo que todavía hay gente de bien, que ha servido por su amor a Costa Rica. ¿Que son los menos? ¿O una minoría minúscula? Contesto que es posible. Pero lo que no puedo creer es que todos lo que fungieron la función pública hayan sido corruptos. Decir que “todos” no es justo, pero decir “todos” ayuda a esconder, dentro de la multitud, a los que sí fueron corruptos.

Por eso es necesario puntualizar quienes no fueron honestos y, si no es posible, por lo menos es necesario aclarar en cuáles gobiernos se han dado los actos de corrupción y cuáles.

Estamos a punto de ir nuevamente a elecciones. Es necesario que el pueblo vaya informado, no con dimes y diretes, sino con hechos claros. No vaya a ser que, al ejercer el voto, lo haga con ojos vendados o con desconocimiento de los actos de corrupción que se dieron, quienes se beneficiaron y quienes gobernaban entonces.
Es una cuestión de respeto a nuestro pueblo. Sepan los señores candidatos, a presidente o diputados, que quien les pagará el sueldo será el propio pueblo. Y ese pueblo merece que se le hable claro, sin nebulosas ni eufemismos. Al pan, pan y al vino, vino. Si alguien no actuó correctamente, es deber de todos denunciarlo. No solamente desde el punto de vista penal, sino que también desde el punto de vista ético. Falta saber si hay quién o quiénes están a la altura de las circunstancias.

Ya veremos quienes son los ungidos con el poder y si merecen serlo.

Por Alfredo Fournier

El autor es Abogado de profesión.