Alicia Fournier: En el día de la Patria

La gobernabilidad no es cosa solo del Gobierno, es un asunto de la sociedad toda, de cara a la tarea diaria de consolidar la democracia por medio de la profundización y ampliación de la misma.

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Alicia Fournier Vargas, Periodista.

Costa Rica vive tiempos de cambio, tiempos complicados, que nos han sacado del acostumbrado letargo. Aires de desconcierto y pesimismo rondan, sin embargo, creo, al igual que muchas otras personas, que nuestro sistema institucional y democrático es y ha sido capaz de servir de sostén ante las necesidades de la sociedad.

Pronto cumpliremos 200 años de independencia patria y es algo que no se ha dado por casualidad del destino. Ha sido por el esfuerzo de cada poblador y por la visión de nuestros líderes. No agudicemos las contradicciones, no nos alejemos del diálogo y mucho menos, abandonemos los principios que han hecho de este país, una de las democracias más respetadas del continente y el globo.

Valgan en esta ocasión, algunas reflexiones importantes, a la luz del ambiente por el que atravesamos, para contribuir al entendimiento de la problemática social, política económica en el mundo contemporáneo.

Ninguna sociedad, independientemente del tipo de régimen político que haya escogido para organizarse, nunca ha logrado resolver la totalidad de sus problemas. Las diferentes épocas históricas han tenido sus propias características y dificultades, siendo la pobreza y la marginación social factores que han trascendido ya no los años, sino los milenios.

La sociedad contemporánea se enfrenta a una problemática mucho más compleja que la de siglos pasados. Además de la pobreza y marginación social, nos encontramos con serios síntomas de desmoronamiento de la familia, aumento impresionante del crimen organizado, retos inimaginables en el medioambiente, globalización de los mercados y una revolución tecnológica antes nunca pensada.

A todo esto, se suma un creciente sentimiento de hostilidad hacia la política, sus Instituciones y actores. Se demanda a gritos reformas profundas en los modelos democráticos.

Las personas reclaman rumbos claros a sus gobernantes y éstos piden capacidad para gobernar en escenarios cada vez más ingobernables.

Es natural que los ciudadanos deseen saber cómo adecuarse y progresar, cómo lograr estabilidad y seguridad en un mundo que cambia constantemente y se transforma a pasos acelerados.

Para algunos, la solución es aferrarse a los tradicionales valores de una izquierda de solidaridad, responsabilidad, justicia social y oportunidades; sin embargo, hay que ser consientes que es necesario ir mucho más allá de pensamientos y modelos que ya han sido superados por la historia.

Los tiempos actuales son discordantes con el estatismo tradicional, las altas cargas impositivas, y los intereses de  productores y gremios.

Tampoco son tiempos para una derecha librecambista que propugna un individualismo de visión estrecha, y actos de fe en un libre mercado que daría respuesta a la totalidad de los problemas a la par de la desarticulación y desmantelamiento del Estado.

No son tiempos de desvestir al Estado eliminándole su capacidad regulatoria,  cortándole los recursos necesarios para impulsar políticas públicas y redistribuir riqueza por medio de programas de alto impacto social.  No se puede esperar que las funciones de Estado sean únicamente para proveer de infraestructura y servicios a los sectores empresariales; esta es una de sus tareas, pero complementada con una visión y acción social inclusiva.

Los tiempos actuales reclaman posiciones pragmáticas y justas, que sean capaces de extraer los elementos más valiosos de los pensamientos de la izquierda democrática y el liberalismo.

El siglo pasado puso en evidencia que el divorcio entre la izquierda y la derecha contribuyó fehacientemente a la debilitación de las corrientes políticas de corte progresista en todo Occidente. Ello motivó a los partidos con visión progresista para que desarrollaran importantes capacidades de adaptación y así responder a las demandas y retos que la sociedad demanda y que las “soluciones” extremas no resuelven.

Los grupos conservadores que abogan por reducir el Estado a su mínima expresión, dejando a importantes sectores sociales desprotegidos de su atención. Estos grupos consideran que los servicios públicos padecen de mala gestión ya que se encuentran sometidos a intereses de grupos individualistas y a sindicatos que no responden a las necesidades de la sociedad en términos de eficiencia.

Por ello, la derecha impulsa diariamente la necesidad de privatizar instituciones y empresas estatales para que funcionen acorde a la libertad de los mercados, alejada por definición de solidaridad social que promueve el progresismo centrista.

Los tiempos actuales requieren de gobiernos que puedan fortalecer la estabilidad macroeconómica, que puedan llevar a cabo políticas fiscales y de bienestar, que propicien la independencia, no así la dependencia, y que faculten a la educación y a la infraestructura como apoyo al sector empresarial, que nadie duda debe seguir siendo el motor de la economía y el progreso del país.

El pilar fundamental por medio del cual el Estado sirve de apoyo al sector económico, es la educación, clave del mejoramiento de las capacidades productivas y del aumento de la competitividad en el plano internacional.

La inclusión social a la que aspira todo ciudadano, consiste en poseer las capacidades y conocimientos esenciales para obtener una ocupación digna y justamente remunerada, para lo cual es necesario contar con mayores y mejores niveles de formación.

Lo anterior le corresponde al Estado por medio de la implementación de políticas de protección social y empleo, que a la vez fomenten condiciones justas en el ámbito laboral.

El líder Laborista Tony Blair planteaba claramente que la gran tarea para los progresistas es generar en la sociedad la renovación democrática y restituir la credibilidad y confianza en sus instituciones, sin lo cual es difícil un buen gobierno, independientemente de sus referentes programáticos.

El concepto de gobierno tiene que reinventarse en el Siglo XXI, ante una población más compleja y exigente en todo sentido. Las responsabilidades tienen que compartirse con la sociedad y con los sectores productivos, en una época donde las fronteras entre países son prácticamente invisibles.

Gusté o no, la interdependencia –y sobre todo la económica- es cada vez más un hecho irreversible ante el cual los gobiernos no pueden abstraerse de los nuevos modos de relación.

Los valores socialdemócratas plantean una novedosa alianza entre el progreso económico y la justicia social en un mundo cada vez más complicado y complejo, tarea difícil de alcanzar sin el aporte y concurrencia de todos los actores. Esta continuará siendo la gran diferencia entre la social democracia y el capitalismo salvaje y la izquierda trasnochada.

Las corrientes de pensamiento tienen que remozarse sin traicionarse y una de manera concordante con la realidad que, como se sabe, cambia dialécticamente.

Los socialdemócratas por su propia naturaleza no pueden permanecer ni en el ostracismo, ni en la eternidad del revisionismo; hay que estar al día con propuestas adecuadas para una actualidad políticamente inevitable.

En la discusión política el elemento central lo constituyen  el acceso al Gobierno y la dirección del país. El qué hacer, cómo y por qué, para los socialdemócratas es claro: se conoce cuál es la concepción del Estado, y cual es su papel en el cumplimiento de los valores democráticos de la sociedad.

En este sentido resultan interesantes los planteamientos de George Lakoff de que los progresistas son gente que basa su moralidad en la empatía, en ser responsable de sí mismo y de otros; y en pensar que los gobiernos deberían cuidar al pueblo, protegerlo y delegarle el poder. La protección no solo es una cuestión de policía, del ejército, de cuidar el medio ambiente, y ofrecer salud pública, sino que también es construir carreteras, apoyar internet, el sistema bancario, el sistema educativo. No se trata de quebrantar el sistema económico, sino cuestión de fortalecer una democracia  aunada a un capitalismo progresista, donde el mercado libre sea más justo y constructivo.

La vía socialdemócrata, más que centrase en la identificación  de contradicciones y el conflicto, propone siempre la búsqueda del consenso político, transitando por las aristas sociales y económicas.

En este marco, se busca fundamentar la autoridad del Gobierno electo por una mayoría, circunscrita a un proyecto socio-político de gobierno, y donde se de una percepción por parte de los individuos sobre lo que hace y no hace el gobierno, y de cómo ello afecta a sus vidas.

El concepto de gobernabilidad tiene que ver con la satisfacción de las demandas de los principales actores políticos, sociales, y económicos, cuyo objetivo es alcanzar acuerdos básicos que permitan desarrollar programas gubernamentales para poder atender a los requerimientos de los actores citados.

Cuando reina el desacuerdo, se cae en esa ingobernabilidad que impide al gobierno actuar y atender a las demandas que debe resolver.

El panorama que se ha venido formando lentamente en Costa Rica, apunta hacia esa ingobernabilidad política: lamentablemente se han ido agregando los ingredientes esenciales de la temida receta.    

Nuestra sociedad ha visto como poco a poco. y desde distintos frentes, se han venido socavando, gracias a criterios más fiscalizadores que creativos,  la credibilidad y las bases del sistema político.

En esta tarea han contribuido algunos medios de comunicación, al generalizar conductas particularizadas de algunas personas a toda la clase política del país.

Es hora de preguntarse, a quien obedecen los esfuerzos constantes por desvirtuar y confundir a la opinión pública, llevando análisis simplistas y burdos con tal de desvirtuar las instituciones democráticas.

Así las cosas, la obligación ineludible, como demócratas que somos, es ponerle freno a este proceso, para lo cual la concurrencia del Gobierno con todas las fuerzas políticas, sociales y económicas es vital.

La tarea no es fácil, pero es claro que es requisito superar la polarización, desarrollar la voluntad para concertar, ampliar los espacios para la participación, aprender cómo hacer oposición, establecer mecanismos de concientización frente a las necesidades y consolidar la institucionalización jurídico-política.

La gobernabilidad no es cosa solo del Gobierno, es un asunto de la sociedad toda, de cara a la tarea diaria de consolidar la democracia por medio de la profundización y ampliación de la misma.

No hay sociedad que pueda salir adelante en medio de la ingobernabilidad y ante la ausencia de nortes claros. Costa Rica no puede formar parte de la lista de las sociedades que por la inconsciencia de algunos han sacrificado el futuro.

 


La autora es de formación Periodista, es relacionista pública y comunicadora. Se desempeña como asesora en temas cooperativos y desarrollo social empresarial. Alicia Fournier ha sido Viceministra de la Presidencia durante la Administración Figueres Olsen, Presidenta Ejecutiva del SINART y dos veces Diputada a la Asamblea Legislativa durante los períodos 1998-2002 y 2010-2014. 

 

 

 

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