Alina Guadamuz Flores, Abogada

No son datos muy difundidos ni la fecha de cuándo se les quitaron los derechos básicos a las mujeres, ni de a quiénes se les ocurrió hacer semejante aberración y tampoco se encuentran muy difundidos los datos sobre quiénes fueron las mujeres que permitieron que ese irrespeto inicial se diera, fuera o no con su consentimiento. Lo cierto del caso es que hoy, muchas personas tratamos de reparar el daño hecho por esos ancestros y, así, recuperar estos derechos innatos que jamás debieron haber sido eliminados.

Cualquier persona que haya tenido una interacción promedio en la sociedad habrá podido notar que existen mujeres y hombres machistas que piensan que las primeras deben callar; que no son capaces de opinar, estudiar o tener su propio negocio; que deben ser sumisas; en algunas culturas se ha considerado que la mujer debe caminar detrás de los hombres por ser inferior a estos y, en los casos más preocupantes, ha sido calificada de “inmunda” por dar a luz o por experimentar en su cuerpo sus ciclos naturales. Este defecto en la forma de pensar se presenta tanto en hombres y mujeres, como en personas jóvenes y mayores, lastimosamente.

Ese trato ofensivo contra el género femenino ha llevado a la indignación a muchas mujeres. Algunas se preocupan por el tema desde jóvenes y otras se concientizan sobre la situación cuando son un poco más maduras, sea al escuchar a personas críticas hablar sobre el tema o cuando, incluso, les hacen ver la situación de violencia en la que se encuentran o las actitudes machistas que están promoviendo ellas mismas.

Luchar por los derechos de las mujeres no significa odiar a los hombres, destruir infraestructura, salir sin ropa en una manifestación, agredir a las personas que no usan las mismas variaciones del idioma, defender el libertinaje, etc., ¿qué beneficio le generan estas conductas a la mujer?, ¿cuál es el avance que producen? Parece más útil ser más analíticas, aunque conlleve más trabajo, y hacer estudios jurídicos, sociológicos, económicos, psicológicos, psiquiátricos, entre otras áreas, para así eliminar desigualdades odiosas en temas de impuestos a artículos femeninos (Pink Tax); oportunidades laborales, tanto a la hora de ser contratada, como para mantener el empleo; imposiciones sociales innecesarias, entre otras actitudes perjudiciales.

Si hacemos referencia, de forma más detenida, a algunos de estos temas sobre discriminación, podemos empezar por las desventajas tributarias, como lo es el impuesto rosa o Pink tax, con el cual se gravan los accesorios de las mujeres y se vuelven más caros en relación con los de los hombres. Muchos de estos artículos son muy similares a los del género masculino y lo único que varía es que son dirigidos a las mujeres. El impuesto se aplica hasta en los juguetes de las niñas.

En el tema de las oportunidades laborales podemos referirnos a las situaciones en donde a una mujer no se le contrata por encontrarse en su edad fértil (y corre el eventual riesgo de quedar embarazada, cosa que nadie sabe si llegará a pasar), o se le despide o no se le prorroga el contrato porque ha quedado embarazada. Muchas veces ni siquiera se toma en cuenta el desempeño eficiente de la mujer al laburar, sino que solamente influye la mezquindad de la persona que administra el recurso humano. Por otro lado, al hombre sí se le mantiene en su trabajo o se le contrata estando en su edad fértil, o con su pareja embarazada o cuando ya tiene hijos, porque, o es una persona que no hace su parte en el mantenimiento de la casa y en el cuido de los niños y por eso ni se cansa ni se distrae de su trabajo, lo que significa una ventaja para ese patrono, o, la mezquindad del empleador se dirige también contra el hombre y no le interesa si quiere pasar tiempo con su bebé recién nacido, o si está cansado por haber cuidado a un hijo enfermo, o si es un padre que ha quedado solo y debe hacerse cargo de toda la casa… Probablemente, de ahí la renuencia, por parte de algunos sectores, para no darle su licencia por paternidad a los hombres, ya que ese “recurso humano inagotable” tendría derechos, considerados nuevos, que ameritarían una inversión en tiempo y dinero, como sucede con las mujeres trabajadoras, a quienes se les debe pagar una licencia por maternidad, en caso de requerirse y, por eso, muchas veces se evita su contratación. O sea, al aprobarse la licencia a favor de los hombres que se conviertan en padres, dejaría de existir un género de “nulo o bajo costo” para efectos de pagos de licencias de carácter parental, por lo que no habría excusas para hacer las contrataciones respetando a la equidad de género.

Otra desigualdad económica-laboral es la de la brecha salarial entre mujeres y hombres. ¿Con base en cuál fundamento se le paga menos a una mujer que a un hombre? No estamos hablando de que a una mujer conserje se le pague menos que a un médico hombre o que se le pague menos a una mujer asistente que a un hombre director. Sabemos que existen categorías de puestos con su respectiva escala salarial. Cuando se reprocha la discriminación en el pago de los salarios es porque, ante puestos iguales, con funciones y requisitos de nombramiento iguales, el salario es desigual: un abogado y una abogada, un director y una directora, una conserje y un conserje, etc. El asunto es que la empresa que paga menos al género femenino sabe que lo está haciendo, pero si una mujer no sabe cuál es el salario de sus compañeros hombres y no lo compara con el de las mujeres, porque tal vez ni siquiera se plantea la anomalía de que le puedan estar pagando menos, ¿cómo puede reclamar?

Luego está el tema de las imposiciones sociales innecesarias en relación con la sexualidad y la parentalidad, en este caso, como es de suponer, en contra de la mujer. La sexualidad es un asunto privado en el que terceros no deben buscar inmiscuirse. Por ejemplo, cuando una mujer se embarazaba sin casarse, ese hijo era considerado “bastardo” porque no tenía padre, aunque justo a la par tuviera a su madre, ¿o es que un niño sin madre era considerado “bastardo”? Están, de igual manera, los comentarios con escarnio, donde se dice que algún comportamiento cuestionable hecho por la mujer la denigra, pero si son hombres quienes realizan la misma conducta, no; se consideran “señores” por defecto. Por ejemplo, durante años se le midió con una vara diferente a una madre soltera, que a un padre soltero; no existieron reproches para los hombres que, en una relación formal de noviazgo, embarazaron a una mujer y luego la abandonaron; se le critica a una mujer por ser promiscua, pero en un hombre le sumaban puntos a favor, cuando, en realidad, no solo pierde su atractivo como hombre (probablemente sea un gusto personal), sino que, como persona, daña su imagen porque está usando a las mujeres como objetos sexuales e, incluso, en ocasiones, finge tener buena fe para iniciar un noviazgo, pero, en realidad, su autoestima baja le lleva a tener como único interés registrar cuántas mujeres han caído en sus engaños (los psicoterapeutas sabrán más sobre el tema).

A la par de estas situaciones injustas se suma la desigualdad en el diseño de los teléfonos, trajes militares o de instituciones de socorro, asientos para diversos usos, etc., de vehículos, que, durante años, fueron diseñados pensando en las medidas corporales de los hombres, prescindiendo, de forma inaudita, de las medidas de las mujeres, lo que ocasionó, por citar un ejemplo, cálculos erróneos a la hora de elaborar sistemas de seguridad en los vehículos, lo que aumenta, considerablemente, en las mujeres, el riesgo de sufrir lesiones graves en un accidente de tránsito.

A los infortunios mencionados se les pueden agregar los intentos de riñas entre las mismas mujeres, donde la promiscua critica a la mojigata y viceversa; donde la libertina critica a la moderada; donde el hombre mujeriego dice apoyar a la equidad de género, pero lo hace solo con el fin de caer en gracia con las mujeres para sacar provecho; están los padres y madres que prefieren al hijo ante la hija solo por su género; están los parientes que consideran a las mujeres “sirvientes” y las obligan a hacer oficio mientras que a los hombres no; está la mujer que la única manera que encontró para mejorar su estatus social fue casándose, porque consideraba que estudiar y trabajar era cosa de hombres; están las personas que promueven los roles de género tóxicos y están quienes los combaten…

Si por un lado tenemos a los ancestros que hicieron mal las cosas, por otro lado, tenemos a los benditos antepasados que repararon, en gran medida, ese daño hecho al género femenino durante siglos (tal vez no haya un lapso exacto). En esa lucha por volver a hacer valer los derechos de las féminas no solo participaron mujeres, como es de esperar, sino que también hombres, que han apoyado a sus familiares, a sus amigas y a las desconocidas. Es decir, la violación a los derechos de las mujeres se ha dado tanto por parte de hombres como de mujeres, pero, en muchos lugares, la lucha por la recuperación de esos derechos se ha librado por parte de los dos géneros, de igual manera. Por eso, cuando se habla de machismo debe pensarse en que es una especie de desperfecto emocional, mental, psicológico, etc., que padecen personas específicas y no que lo padece un género (los psicoterapeutas sabrán más sobre el tema).

La sociedad debe asimilar que los adultos se pueden volver a educar; no es que “por ser grandes ya no aprenden”, porque con esa filosofía, se volverían un pasivo… Lo que sí se debe idear es una educación oportuna dirigida para cada segmento de la población, con el fin de que personas jóvenes y mayores, hombres y mujeres, entiendan que los derechos de estas son inherentes a ellas, no son derechos nuevos que deban ser reconocidos, tampoco son privilegios.

A los hombres se les respeta por su condición de personas; con las mujeres debe ser igual.

En esta edición también contamos con artículos de las siguientes colaboradoras:
Abril Gordienko López, Alicia Fournier, Alina Guadamuz, Ana Victoria Badilla, Arabella Salaverry, Arlette Pichardo, Dinorah Cueto Cabrera, Elizabeth Jiménez Núñez, Gabriela Giusti, Gloria Bejarano, Inés Revuelta, Jeannette Ruiz, Kattia Martin Cañas, Lilliana Sánchez, María Laura Arias Echandi, María Laura Sánchez, Marinela Córdoba, Marta Acosta, Marta Núñez Barrionuevo, Natalia Díaz Quintana, Sofía Argüello Madrigal, Valeria Madrigal y Waizaan Hin Herrera,