Alina Guadamuz Flores.

Los océanos regulan el tiempo y el clima del planeta, absorben grandes cantidades de dióxido de carbono, proveen la mayor parte de su oxígeno y alimentan a gran parte de la población humana. Existen cinco grandes océanos: Atlántico, Pacífico, Índico, Ártico y Antártico. Ellos contienen 1,35 billones de kilómetros cúbicos de agua, aproximadamente, y, la mayoría de su flora produce, alrededor de la mitad del oxígeno que respiran las diversas especies. Aunque los océanos son esenciales para el planeta, el ser humano lleva a cabo actividades que resultan sumamente perjudiciales para los ecosistemas marinos.

De acuerdo con datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación a 2002, la pesca excesiva, la contaminación procedente de la industria, las explotaciones agropecuarias y las viviendas están poniendo en peligro no solo a los peces -principal fuente de proteínas animales de la dieta humana-, sino también la biodiversidad marina e, incluso, el clima mundial. Dentro de los procesos extractivos realizados en los océanos para suplir las demandas alimentarias humanas mundiales se encuentra la pesca de arrastre donde se emplea una red sobre el fondo marino buscando capturar a los camarones, por ejemplo. Algunos de los perjuicios que causa este método de pesca son el daño en los fondos marinos y la captura de especies no objetivo, lo que afecta el funcionamiento de los ecosistemas y el colapso de poblaciones de especies de baja tasa de natalidad, como los tiburones y las rayas (ver Herrera Valdivia, E.; López Martínez, J.; Castillo Vargasmachuca, S. (2015). Estrés en la comunidad íctica en la pesca de arrastre del camarón en el norte del Golfo de California. Revista de biología tropical, 63, (3)).

Ante este panorama, surge la opción de crear animales marinos mediante la maricultura, lo que evitaría la disminución de las especies oceánicas por causa de la pesca excesiva o aquella que utilice las redes de arrastre. Sin embargo, si esta modalidad de cultivo no se ejecuta de manera eficiente, el resultado es que esta industria de producción alimentaria también generará elementos perjudiciales para la conservación biológica marina, en lugar de preservarla.

Existen al menos tres tipos de cultivo en el agua: “la de agua dulce, la de en estanques en tierra y la de a mar abierto” (ver Radulovich, R. (2008). Maricultura a mar abierto en Costa Rica. Ambientico, 179). La maricultura llevada a cabo en tierra puede hacerse en estanques naturales o artificiales, utilizando agua de mar que se hace llegar, ya sea mediante una bomba o aprovechando la marea, para luego devolverla al océano. La maricultura realizada en el mar abierto se hace en la costa o a mar adentro.

En este proceso puede pasar que el traslado de peces cambie la calidad del agua. Algunos productores buscan volver más lento el metabolismo de los animales en cultivo por lo que usan químicos que pueden resultar tóxicos para varias especies acuáticas. La maricultura requiere de un alto nivel de higiene por motivos de bioseguridad, lo que implica monitorear la salud física y mental (exceso de estrés por cautiverio) de los animales y la calidad de las jaulas para evitar escapes de especímenes enfermos al océano donde se encuentran las especies silvestres, ajenas a la maricultura. Las técnicas de limpieza incluyen el mantenimiento de la maquinaria que bombea el agua de los estanques con el fin de evitar derrames directos de aceite sobre el agua o, indirectos, por contaminación de los mantos acuíferos por filtración de los químicos en el suelo de tierra firme (ver Rodríguez, G.; Chiriboga, F.; Lojan, A. (2016). Las camaroneras ecuatorianas: una polémica medioambiental. Revista Universidad y Sociedad, 8, (3)).

Otro escenario es que algunos países han usado indiscriminadamente esteros, manglares y humedales para realizar la maricultura, generándoles contaminación, enfermedades por bioacumulación y la introducción de especies exóticas, con lo que alteran las cadenas tróficas locales y proyectan posibles daños a largo plazo (ver Cuéllar-Lugo, M.; Asiain-Hoyos, A.; Juárez-Sánchez, J.; Reta-Mendiola, J.; Gallardo-López, F. (2018). Evolución normativa e institucional de la acuacultura en México. Agricultura, sociedad y desarrollo, 15, (4)).

Costa Rica cuenta con la Ley de Pesca y Acuicultura, N.º 8436 de 2005, que define la “actividad acuícola” como el cultivo y la producción de organismos acuáticos, ya sea flora o fauna, mediante el empleo de métodos y técnicas para su desarrollo controlado. Esto abarca su ciclo biológico completo o parcial en ambientes hídricos naturales o controlados, en aguas tanto marinas como continentales (artículo 2, inciso 1).

Así, se busca regular la actividad acuícola en las diversas etapas del cultivo: desde la captura, extracción, procesamiento, transporte, hasta su comercialización. Sus bases se dirigen a conservar y proteger, con base en el desarrollo sostenible, los recursos hidrobiológicos para preservar los recursos naturales para las generaciones presentes y futuras. Dentro de los controles estatales se encuentra la prohibición del vertido de sustancias y especies fuera del área destinada para los fines por los que son generadas. Quien desee realizar maricultura requerirá, según su caso, de autorizaciones, concesiones o permisos. Estos se otorgarán considerando la disponibilidad y la conservación del recurso hidrobiológico, basándose en estudios científicos, técnicos, económicos o sociales.

Esta regulación debe complementarse con el artículo 11.2 de la Ley de Biodiversidad, N.º 7788 de 1998, que explica el Criterio precautorio o in dubio pro natura: Cuando exista peligro o amenaza de daños graves o inminentes a los elementos de la biodiversidad y al conocimiento asociado con estos, la ausencia de certeza científica no deberá utilizarse como razón para postergar la adopción de medidas eficaces de protección.

Con base en los registros de 2022 de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, en 1980 se registraron, a nivel global, 27 toneladas de peso vivo en el cultivo de especies marinas, mientras que, para el 2019, 23 250 toneladas. Parte de los beneficios que genera la maricultura realizada conforme a la ciencia y la técnica son: la reparación a los océanos, ya que introduce individuos de flora y fauna en el hábitat; suple de alimentos a la población humana; su agua residual puede reutilizarse para el riego de tierras áridas, y; genera empleo para las personas.

El artículo académico original sobre este tema se encuentra disponible en la Revista Judicial de la Corte Suprema de Justicia, nº 134, de junio de 2023.