Allen Pérez, Abogado, ensayista y poeta

Esa madrugada, -con solo una tenue flama por testigo, una achicada candela- deslicé una mano sobre la tersa y nívea piel de ella. ¿Cómo no iba a ser hermosa? Atónito el silencio sin cesar lo preguntaba al latido de mi propio corazón. En la pared, … un reloj inconsciente con los brazos extendidos. Cerré los ojos e inquirí- ¿quién es Dios? Y Beatriz todavía dormida no respondió.

Sé que Dios tuvo un primogénito, – ¿habrá engendrado también una hija?  ¿Dónde habitará la madre?  Nadie supo cómo decírmelo y por las miradas fue así y no porque los labios ignoraran la respuesta.  ¿Se habrá ella escondido?, ¿Será Selene o acaso Ixchel? Las divinidades también habitan islas clandestinas.

Ya antes del principio había dioses y diosas, y supimos del cómo fueron traídos a la luz.  Habitan desde la sierra Bonita hasta el recóndito norte, tierras todas de Perséfone.  En medio de esta geografía nació Diox. Luego, por una mala costumbre, siguió llamándose Dios, nombre propio con el que se pensaba reuniría en un solo relámpago todas las virtudes eternales. Pero no era tan cierto. También a Dioxsa le asistía la prerrogativa de llamarse Diosa y tal así fue, aunque derivara de otra inútil manía. Las divinidades también se confunden, se marean y hasta tropiezan, obligadas a besar la ciénaga celestial.

Pasó un día y transcurrió otro.  Tiernamente la miraba. ¿Despertarla?  Se acongojarían los cielos. Llovería tristeza.  El piano solo y soñoliento susurraba un impromptu melancólico.  Entonces, al diván carmesí le confesé aquello… Yo mismo soy un misterio que del todo no descifro, con la sacra ventaja de no ser Dios ni Diosa. El sueño me arrebató.

Cuando abrí los ojos ya no estaba Beatriz. ¿Qué entresijo la apuró?, ¿cuál sigilo la envolvió?… Salí y la fui a buscar, vívido periplo, angosto caracol que inicié a transitar, porque así es el infinito en su confusa eternidad.

Aparecí en los predios de Ahura Mazda y me dijo: “sé a lo que vienes, Beatriz no se quedó aquí, solo me saludó, me guiñó el ojo y fogosa continuó al dominio vecino, ahí donde mora el profeta Elías. Luego, se me informó, -continuó diciendo- que ella subiría a las cumbres donde Atabey, Ishtar y Áditi que con frecuencia conversan -siempre desnudas- sobre el bien y el mal y sobre lo que no saben.

¡Diosas!, -me dije-, y caí desmayado.

Cuando soñoliento abrí los ojos miré a Beatriz, en nuestro rincón: yo en el lecho y ella en el diván. Bésame -me dijo-. A ella fui. Lento y trémulo fue cada pequeño paso que di. Imposible parecía confluir a su agitado y atenta mirada.  Sorprendido no entendí de súbito tanta sorpresa; mis pupilas empezaron a dilatarse como una alfombra roja de palacio, raptado por un sigilo y una cadencia expectante. Nos besamos una y otra vez, sí,  insaciables, con la parsimonia del deleite, quedo intenso, y sonriendo me dijo: “uno es múltiple”. Y yo, solo alcancé a llamarla por su nombre.