Alonso Cunha: Goteras

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Alonso Cunha Chavarría. Estudiante de Relaciones Internacionales UNA.

A lo mejor no era su culpa, pero Samantha nunca se lo perdonaría; cuando el trabajo consume a una persona, las remesas de sueño, los ojos vidriosos y la boca desierta hacen que todo dé igual después de cierto tiempo. Samantha, como muchos pobres diablos, vivía para trabajar; apenas podía recordar el sabor de un pretzel o aquellas noches en las que se colaba en los clubes de Soho, con un vestido negro ceñido a su silueta de trapo; de esas noches solamente quedaba el vago destello de un neón rosa. Pero cuando alguien se casa con un bueno para nada (o como prefieren que los llamen: poetas), la vida acaba siendo un testimonio, un álbum de fotografías, una boba anécdota que, si un amigo no llegase a mencionar, no viene a la mente por nada del mundo.

Había llegado a su apartamento a las siete en punto de la mañana, luego de haber doblado turno durante la noche. Richard no estaba esperándola como siempre lo hacía, con sus gafas de pasta mal puestas y fumándose un cigarrillo de los baratos, en un vergonzoso tanteo de versos en los cuales hablaba de tantas mujeres diferentes, todas tan opuestas a ella. No había rastro de Richard, pequeños vestigios de su colonia y una media negra sobre la sábana blanca fue lo primero que Samantha encontró. Creyó que tal vez se había ido a tomar algo en esa cafetería de Harlem que tanto le gustaba a él y que a ella le espantaba. Entonces una tenue suerte de paz le empezó a anidarle el pecho, pecho cuyo escote ya asfixiaba. Pero esa tregua de soledad existía por consecuencia de una rutina pétrea, de subir y bajar el mismo escalón, de ver oscurecerse el día entre mandados y apuntes u hojas y moños, de un dormir y eventual despertar. Si Richard no fuera tan flemático, tal vez ella podría trabajar un solo turno y así aprovecharía para retomar su colección de plantas, quizá la única pasión que le quedaba con vida.

Salió de la habitación y se dirigió a la cocina, ahora con más calma, quitándose los tacones y lanzándolos a un rincón, estirando los dedos de los pies, arrancándose el sostén y buscando su camisón favorito en el trayecto. Abrió el grifo para servirse un vaso con agua, volteó y vio una taza de café a medio tomar y un plato con restos de salchicha. Entonces Richard no había ido a ese café tan horroroso, pensó, tal vez se fue al zoológico a reclamar, en su mente, uno que otro reptil como suyo. Eso la hizo sonreír, la idea de que Richard estaba en alguna parte comportándose como un niño y no como un idiota.

Ya reconfortada, se sentó en el sofá, tomó una revista y se dispuso a ojear los títulos de los artículos hasta que escuchó el desplome de una gota, resbalada del grifo quizá, por lo que se levantó a verificar que este estuviera bien cerrado. Volvió a sentarse, tomó nuevamente la revista, pero el goteo continuaba, más constante, pero algo pausado. Creyó que era una fuga en la tubería del lavabo, pero después de chequearla pudo cerciorarse que no era así. Ese nimio ruido de gota minúscula estrellándose contra el suelo empezó a fastidiarla, a estoquear aquella mañana de promesas felpudas que lucía tan bien, tan tranquila y que la había empezado a persuadir de que su vida, tal y como era para ella en aquel punto, no podría empeorar.

Se convenció que podría ser una gotera, después de todo en el aquel complejo de apartamentos aparecía una nueva cada mes. Pero por qué, ¿por qué tenía que aparecer una gotera justamente en la primera mañana apacible en meses? ¿Por qué el inútil de Richard no la tapó mientras ella estaba doblando turno? ¿Por qué la vida se turbaba siempre de esa manera? ¿Por qué la vida le tenía que deber algo a ella?

Se vistió, bajó los seis pisos de escaleras y se dirigió a la ferretería. La vida no le debía nada, se decía mientras caminaba la primera manzana, la vida se elige y punto. Samantha, como mucho pobres diablos, también se autocompadecía. Intentaba convencerse (pero sabía que solo intentaba engañarse) de que había disfrutado lo suficiente la primera mitad de sus veintes, de que cada fiesta a lo que asistió debió haber estado increíble, pero lo cierto es que ninguna chica se recuerda de esas fiestas, ni con cariño, ni con pena, ni siquiera con asco; entonces aferrarse a la nostalgia era un acto dilacerante, igual que cercenarse enteramente o arrancarse rabiosamente, uno por uno, todos los vellos del cuerpo. Era obsceno acudir al pasado de esa forma tan complaciente, tan pastel, como quien recuerda un juguete o un paseo.  Repuntaba, aun así, y seguía creyendo que, a causa de ese remoto hedonismo, de ese goce empapado de risas, sudor y brotes de luz, debía trabajar incansablemente ahora, a modo de culpa, a modo de castigo.

Ya en el mostrador de la ferretería continuaba dándole vueltas a esa farsa que había concebido en su cabeza, miraba la pasta que estaban a segundos de cobrarle y, aunque ansiaba tener de frente a Richard para poder gritarle una magnífica sarta de insultos premeditados, sabía que tenía a Richard para apoyarla cuando la vida se tornaba así de rancia, a pesar de que su forma de amar era igual a su forma de escribir: pésima.

-Señorita… Señorita -le dijo el cajero-, sería un total de diez dólares.

Samantha apenas reaccionó, como si aquellas siete inextricables palabras fueran una especie de acertijo. Logró pagar trabajosamente, tomó la bolsa con los instrumentos para tapar la gotera, le agradeció al cajero con una notable fatiga como quien se rinde ante sus propias palabras y se fue.

Estaba agotada, quería llegar al apartamento, tapar la condenada gotera y por fin dormir. ¿Pero qué iría a soñar? Quizás el sueño de todas las noches, el de un techo de habitación donde jamás se siente segura de que está soñando en verdad. Volteó a ver un reloj y eran las nueve menos cuarto, debía ir a trabajar a mediodía. Vaya mañana. Pero ella ya se lo había repetido, la vida se elige y punto, es decir, acepto esta vida. Cruzó la entrada del complejo, subió nuevamente los seis pisos como lo había hecho hacía dos horas, pero con los pies ya machacados y entró, finalmente, a su apartamento.

-¿Richard? ¿Richard…? -empezaría Samantha a llamarlo para comprobar si ya había vuelto.

Notó que las llaves de Richard estaban en la mesita de desayuno, las había dejado olvidadas, así de descuidado era Richard, a fin de cuentas. Se puso una camiseta vieja y empezó a escuchar detenidamente de donde provenía el ruido de la gotera que ahora era más suave. Comprobó que venía del baño. Tomó los instrumentos que había comprado en la ferretería y abrió la puerta de este.

Desde el umbral de la puerta, perpleja, observaba las gotas deslizarse sobre las falanges, como las que viajan suavemente por un parabrisas, y caer a través de la punta de los dedos, dirigiéndose al charco de la misma sangre que ya se había acumulado en el piso y donde se perdía cada vez más el sonido del goteo. Se veía a sí misma en las pupilas de Richard, mientras la sangre que se atiborraba en las hendiduras del suelo iba formando una línea idéntica a los cilindros de neón rojos que veía en los clubes y que relumbraban sobre sus pupilas algunos años atrás.

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