Alonso Cunha Chavarría. Estudiante de Relaciones Internacionales UNA.

Cejas

He escuchado que todo lo que se pierde o va a caer a nuestras cejas ha sido -y es- lo único que hemos sentido con entera gracia y pasión. Entonces un beso en la ceja, en lugar de la frente, significaría “todas mis perdiciones han sido para encontrarte a vos”, pero aquello sería aliarse con la cursilería y abolir las emociones más puras, aquellas que nos ocultamos entre nosotros, bosquejos de carne, glándulas y huesos. Hemos visto cada cosa, vestidos brujos, perderse entre ceja y ceja y justo ahí tendría sentido aquello de que sentimos con la mirada, pues los ojos están situados bastante cerca de estos enjambres cabelludos. La desdeñosa abstracción de La Gioconda se debe a que el Tiempo la imaginó desapasionada y a causa de esto los años barrieron sus cejas inertes del retrato. ¡Afirmo que las perdiciones son cánticos de algo más grande, de algo más lúgubre que un Réquiem o el zumbido de una abeja! Por lo que a mí concierne, las cejas son el único lugar donde amamos realmente y sé que los constantes errores anatómicos, tal vez la medicina histórica, tienen la culpa y que también nosotros mismos, sabios idiotas, hemos propuesto intercambiar la labor de las cejas por las del órgano bajo el pecho.


Pasatiempos de un monarca

Una pasión jamás podrá ser un pasatiempo, a menos que se use de opio para el alma. Yo, por ejemplo, disfruto de empalar arañas; arañitas con su cuerpo de buñuelo (se me antoja glaseado, algunas veces) y sus patitas de fósforo. A veces tomo una astilla y se las incrusto con mis dedos de martillo floreado. Las arañitas corren de un lado a otro, se golpean con las patas de la mesa, con mis zapatos, con mi peluda alfombra, con el trono; pero yo siempre logro capturarlas y mi mano es, en ese momento cuando las atrapo, como un lago y la arañita es como un carámbano de cielo. Si me aburro, me dirijo a los rincones para despertarlas de sus sueños de seda o les clavo una aguja por el tórax. Ellas no sienten dolor o malestar porque yo me satisfago y un rey también debe pasar el rato con alguna bobada. De esa forma pasan los días, hurgando las telarañas del castillo con mi espada. Los hombres no son distintos a las arañas, se retuercen igual. Dichosamente en Bucarest abundan las arañas y yo gozo de mucho tiempo libre para pasármela de esta manera.


El curioso reloj de Tzara

Había encontrado el reloj de Tristan mientras limpiaba el desorden que habíamos dejado y, sobre todo, el vino derramado sobre el piso de anoche. Hicimos una fiesta en el apartamento que en ese entonces yo rentaba cerca del Montparnasse, donde las cosas suelen estar más vivas que aquí afuera, desprovistas de portones de hierro y mármol. El reloj era bellísimo, por lo que decidí probármelo para saber cuán bien podría vérseme. Me posé frente al espejo y giraba la muñeca para exhibirme a mí mismo el reloj, sus manecillas que parecían péndulos diminutos y sus números estaban plasmados en una tipografía casi bávara. Tristan tenía un gusto extraño, pero sin duda exquisito. Me gruñía el estómago, así que bajé al café que había a unas cuadras para devorarme un strudel de manzana que tanto me gustaba desayunar. Hacía tiempo que en las calles no se veía una bruma como la que había, una bruma como calurosa; nadie llevaba abrigo y la ignoraban. Y cada cara que me pasaba al lado o me daba un beso en la mejilla y me preguntaba cómo me encontraba se me tornaban macetas, teclas de piano, pelotas que regalar a algún nene, a lo mejor estaba muy hambriento. En el café ordené el strudel y un café negro. La espera se hizo interminable pues la bruma calurosa y las caras onomatopéyicas me agobiaban. Cuando la comida llegó, tomé una servilleta y al mirar, desgraciadamente, el plato me enteré de que aquel strudel era un montículo de hormigas, un pilar negruzco e intranquilo. Al ponerle la cuchara encima se desplomó sin reparo y el plato quedó vacío, sin migajas que rescatar ya de aquel trémulo y extraño postre. Triste de haber ahuyentado mi desayuno, proseguí a acabarme el café, el cual, a medida que mis sorbos aumentaban, su sabor a sal se hacía más evidente. Pagué y me fui… vaya desayuno. Cuando llegué al apartamento me quité el reloj y me acosté en mi cama, hambriento y triste. Tristan llegó a recoger el reloj por la tarde, con una sonrisa maliciosa, como si él mismo lo hubiera dejado a propósito la noche anterior.


Consideraciones sobre la eficacia de ciertas terapias

Un hombre padece de hematofobia, trastorno que lo ha hecho decaer desde su desafortunado accidente. El hombre decide, como un posible método para combatir aquel trastorno, dejarse crecer la barba alrededor de un mes. El mes transcurre con total regularidad, pero su angustia se acrecienta con el pasar de los días que se le hacen terriblemente largos y sofocantes. Ateniéndose a la cotidianidad y a sus vellos pastosos, pasado el mes tentativo, compra una navaja, toma el camino a su casa, se dirige al baño y prosigue a afeitarse. Se ve al espejo con una inapropiada sentencia de sí mismo que lo apacigua. El hombre se afeita vertical y horizontalmente, con los trazos y exacta seriedad que poseen los barberos en su más que desconsiderada profesión. Acaba, junta un laguito de agua con sus manos y se moja el cuello suavemente para evitar alguna irritación posterior. El hombre se percata que su método ha quedado obsoleto; Se ha distraído con tanta monotonía que la rabia lo hace recordar malignamente su padecimiento. Decidido, toma de nuevo la precaria navaja y se realiza una serie de cortes, lo bastante profundos, a lo largo de su garganta que se halla ahora fresca por la afeitada. Su cara esboza una mueca amarga mientras se va contagiando, poco a poco, gota a gota, de sangre; insatisfecho, pues, dentro de sí, sabe que en él persiste aún el temor hacia este líquido.


Metamorfosis contemporánea

Una pobre señora (vecina de Lupita, la del 127) tiene esa curiosa capacidad de adaptar involuntariamente formas tan simples que muchos podrían confundirla de cartera y pobrecita ella, por allá tragándose los billetes y los discos de níquel que la gente intercambia y llama monedas. Tremenda peste. La señora lleva una vida tan dura que varias veces al día pienso que ella adopta mi apariencia para escribir esto como si de un diario se tratara. La vida es sucedánea, nos han dicho a lo largo de una sucedánea vida. La señora -y esto pasa exclusivamente los fines de semana- se transmuta en un abrigo -y esto parece lo más voluntario de su parte- de lana tibia por las mañanas, en una maltratada baraja de naipes con la que apuestan todos los días en Pamplona por las tardes y en un perro, esa raza que los ingleses redibujaron para ser introducida al mercado, por las noches. Ella, en alguna de sus formas -lo sé- llorará con gris pesadumbre; no porque ya no sea una mujer, sino porque mañana será otro día.


Confusiones vocacionales

Un hombre se recibe con honores de cocotólogo, profesión que ha desempeñado satisfactoriamente por una decena de quinquenios. El hombre es requerido en una fiesta infantil, la del pequeño Santiago -alcanzada la edad de 6 años y 3 horas aproximadamente. Al llegar se instala en una mesa de la que alrededor corretean, ríen y juegan la mayor parte de los invitados. El hombre ignora el ruido alegre y concibe de sus manos las más prodigiosas figuras, dignas de elevada avicultura y ensayos biológicos. Se acerca al festejado y le regala un cisne de cuello embotellado, pico lanceolado y alas fieras, pero lampiñas. Santiago alza la frente, sonríe benévolo y le indica al distinguidísimo cocotólogo:

-A mi libélula le falta una pata.

El hombre queda atónito y del peor de los modos posibles se entera que se ha equivocado de profesión (y lo peor: ¡de pasión!) durante todos estos años.


Oftalmología

Y aunque lo juzguen de improbable o altanero, muchas personas presentan la condición de observar campos semánticos, es decir, cuando el paciente mira un ruiseñor o una cotorra está viendo cada pajarera, cada amanecer, cada jaula, cada avión con destino incierto, cada lombriz ser comida, cada roble clavado al suelo, cada cuita, cada huevo dentro y fuera del supermercado, cada pluma, cada tótem, cada parque soleado, cada vuelo, cada nido, cada cumbre montañosa, cada ala plegarse, cada semilla, cada pichón hambriento, cada cielo, cada pico abrirse a su canto. ¡Qué insolencia es para la vista!


Vida y obra de un poeta en Pompeya

Agenda de un poeta en Pompeya

10:00, pisar vidrios rotos.

10:30, observar a la plebe.

12:00, almorzar con Galicia.

13:30 a 15:00, asistir al circo.

16:00, escribirle al Cayo.

17:00, blasfemar a la madre de Bruto.

17:10, blasfemar de paso a Bruto.

17:30, declamar en la plaza.

19:00, hervir la cicuta.

Borrador de un poema en Pompeya

¿En qué oscuro sauce contemplaré tus alas fundirse con las mías?

(El papel calcinado impide leer el resto del manuscrito)


La misma y perpetua burocracia

Pasa que se me antoja ser pantera, pero el papeleo y los hábitos felinos se me hacen, aparte de insoportables, realmente cansados. Al llegar del trabajo me siento en el sofá, me encojo apenas y decido lamerme las pitas entendidamente; hay veces que disfruto posarme, petulante, en árboles de copa tostada y otras que en verdad me gustaría atrapar con mi mirada esmeralda a un pobre diablo, dueño de su tarde, que marchitase las horas paseando por el zoológico. Tiendo a aruñar mis propios muebles -y a pesar de que disfruto haciéndolo, después de todo soy yo quien los ha pagado-, entiendo que es un desperfecto. Inclino la mirada a través de la ventana por largo tiempo y pienso nada más, en silencio siempre. Lo que me ha desalentado es la certeza de que el proceso para ser reconocido como una resulta agobiante. Primero se debe ir a la Oficina de Registros y aclarar que se es un animal, especificar tetrápodo, dueño o al menos digno de cola, luego de unos meses carnívoro -igual que el humano, aunque menos desinteresado-, propenso a acabar siendo una alfombra o un trofeo absurdo, a veces extravagante mascota. Con suerte la señorita que atiende, siempre pasándose la lengua despacio por sus labios pintados con rouge, aprueba la actualización de datos; si ocurriese lo opuesto uno se siente aliviado, pues se ahorra el resto de las filas, los documentos que ahora deben ser llenados de nuevo, poner al día el carné, especificar los motivos del divorcio, el cambio de trámites de por sí pesados y renovar los papeles y pertenencias que estaban a mi nombre. Soy honesto cuando les digo que no hay peor martirio que el de ser humano, pero no hay de otra, toma menos tiempo registrarse como tal.


Léase de forma melancólica e irreconciliable

Lo desopilante, lo doloroso, es cuando despierto cada mañana y veo de porrazo tu rostro en el techo, en cada vieja viga de este, en la telaraña que emerge desde el rincón, y al voltear hacia la otra almohada, reconocer que no hay nada, ni siquiera un cabello tuyo que me sirva de certeza. Y ya sé que esto será así, pero algo continúa haciéndome voltear. Entonces las mañanas son siempre un nocturno y veo en azul el verde. La tragedia llega en el ritual de correr la sabana y tender solo la mitad izquierda de la cama, trizar todos los pares para uno: una taza, un plato, una silla. Si las cosas no nacen del hígado, entonces, están mal hechas. Las fiestas se tornan lugares tristísimos y las músicas bofetadas; y se sabe que todo se vendrá abajo cuando los dedos se enflaquecen. Y ojalá nadie se entere que no distingo ya el soñar y el vivir. Pero estas cosas pasan, llórame un río, y si no se aceptan tal y como son, los momentos más tristes de la vida se reducen a despertar cada mañana y ver de porrazo tu rostro en el techo e insistir en voltear hacia la otra almohada, aunque sea en vano.

Por Alonso Cunha

Alonso Cunha Chavarría. Estudiante de Relaciones Internacionales UNA.