Alonso Rodríguez Chaves: La osadía del señor presidente…

Ilógico resulta está autoproclamación presidencial cuando se carece de una estrategia de diálogo nacional garante, serio y responsable, que permita enrumbar al país hacia un norte inclusivo, justo y solidario. Empero, mientras no se tenga humildad para negociar y escuchar a todos colectivos nacionales por igual, jamás se podrá lograr acuerdos duraderos e integrales.

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Alonso Rodríguez Chaves, Historiador.

La constante histórica de Costa Rica en la época decimonónica, se enmarcó en un cúmulo de vicisitudes, que no le eximieron de transitar por el camino del escepticismo. No obstante, la vida pos-independentista no fue tan magnánima como se suele creer, igual costó sangre y mucho sacrificio de nuestros ancestros, quienes tuvieron que cerrar filas en varias ocasiones, para contrarrestar la soberbia y ambición desmesurada de grupos hegemónicos que amenazaron con exfoliar y pisotear las fibras más sensibles de la dignidad y la soberanía nacional.

Aunque quizás este tipo de situaciones puedan parecer trágicas y desafortunadas dentro de una concepción histórica idílica oficial; cierto es, que este carácter y  compendio de reacciones oportunas tomadas por el pueblo sirvieron a la postre, de fuente inspiradora para el forjamiento de la nacionalidad y enrumbar la forma  de  vida  de  los  costarricenses. En tanto, este listón de desencuentros son los que justamente, ayudaron a dar sentido y carácter a los elementos identitarios que van a distinguir, cohesionar y adherir de manera voluntaria, a aquellas personas que se van a considerar costarricenses.

En virtud de lo anterior, no debe sorprendernos el ingente coraje que adquiere el pueblo costarricense cuando se mancilla los valores más loables del Estado soberano, libre e independiente. Bien sirve de ejemplo entre un listón de hechos históricos, el actuar concienzudo e inteligente emprendido ante la peor  amenaza  de  subyugación y enajenación que  registra la historia patria. Así dentro de este marco, el mercenario estadounidense  William Walker y  su  camarilla, que pretendía esclavizar  la región centroamericana, fue desafiado y aniquilado por un pueblo sencillo que decidió sacrificar su vida por el bien común costarricense.

En general, el éxito obtenido por esta heroica acción denominada Campaña  Nacional entre 1856 y 1857, se explica, en el amplio sentimiento  nacional e identificación que los  diferentes sectores  de  la  población adquirieron por la causa libertadora. En particular, el sentimiento promovido e impregnado a sus conciudadanos por Juan  Rafael  Mora,  Presidente  de  la  República; fueron factores determinantes para movilizar un  ejército  expedicionario cercano  a  los  nueve  mil  hombres,  lo  cual significó una  verdadera hazaña,  para  un  país que  apenas  superaba  los  100  mil  habitantes.

Dentro de esa lógica, la  Campaña Nacional  contra los filibusteros  debe  entenderse  como la  gesta  heroica  más  gloriosa y la equivalente  a  las  guerras  de  independencia que  libraron  otras naciones latinoamericanas contra el poderío opresor hegemónico y colonial. Asimismo, en el que gracias a las  proezas  de   los antepasados y de la efectividad  del verdadero diálogo,  lograron derrotar bajo la sombra de una solo bandera, a las fuerzas invasoras filibusteras.

En  razón, el espíritu de los 56 es  un  símbolo  inmortal  sin parangón, que no debe ser raptado por la cursilería política. Pues con una visión simplista y plagada de sesgos impresionantes, este proceso histórico tan excelso y sagrado se tiende a desvirtuar. En tanto, el manoseo populista encrespa e indigna cuando osadamente, el actual Presidente de la República equipara sus actos políticos con la gesta heroica de Don Juanito, que confió su accionar en la alta participación ciudadana, el respeto a “la voluntad popular” y “las mayorías” del pueblo costarricense.

Evidentemente, se nota ignorancia de su parte cuando desconoce que los actos de  heroísmo  y  sacrificio acontecidos en aquel momento, no  fueron producto de la imposición y soberbia de una persona y unos pocos, sino de toda una nación, que creía y confiaba en un líder nato. Por ende, resulta un sacrilegio atreverse a comparar su gestión en el marco de un conglomerado  social  que le rechaza en su gran mayoría, por considerar que el país se encuentra sumido en la más deplorable abyección de la incredibilidad, desconfianza, pesimismo, miedo, impunidad, corrupción, desigualdad social y que favorece la hegemonía indiscutible de algunos sectores socioeconómicos.

Que osadía, cuando por el contrario, el malestar e indignación va en aumento y se tiende a debilitar y violentar la institucionalidad democrática que configuró un Estado capaz de propiciar la movilidad socio-económica de grupos históricamente desasistidos.  En principal, resulta absurdo esta posición ególatra cuando se avecina un mal llamado reformismo laboral, que reduce, limita y lacera los derechos de los trabajadores; en especial, que precarizan la actividad laboral, destruye el empleo y excluye, entre un sinfín de nefastas medidas que no vislumbra por ningún lado la activación económica efectiva.

Ilógico resulta está autoproclamación presidencial cuando se carece de una estrategia de diálogo nacional garante, serio y responsable, que permita enrumbar al país hacia un norte inclusivo, justo y solidario. Empero, mientras no se tenga humildad para negociar y escuchar a todos colectivos nacionales por igual, jamás se podrá lograr acuerdos duraderos e integrales.

Visto así, el diálogo profundo es uno de los rasgos más convincentes y valiosos de la esencia y vitalidad del Estado costarricense que más se extraña en la presente administración. En tanto, son numerosos los pasajes en la historia patria que dan fe del pacto, la concordia, el acuerdo, entre otras formas parecidas para dar termino a la incomprensión, la desidia, la soberbia, el egoísmo político y económico, entre un sinfín de problemas que afectan la sociedad costarricense.

Ante todas estas situaciones, esta efeméride de la historia patria debe llamar la atención del papel como actores sociales, ante los proyectos que se ciernen sobre nuestra sociedad, pues inspirados en la lucidez de los 56 urge escuchar a la ciudadanía en su totalidad.

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