Alvaro Salas: ¡Ay Nena y ahora qué hacemos!

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Alvaro Salas ChavesMédico.

¡El amor siempre triunfará por encima de todas las expresiones humanas!

No recuerdo una persona más dulce, amable y que disfrutara tanto de los niños, como Nena. Le tocó tratar con miles de alumnos de la Escuela Central de Atenas. Fuimos generaciones enteras de niños que tuvimos la oportunidad de quererla y ser queridos por una persona tan maternal. Nena era la portera de la escuela, que junto con Carmen y Marina y años después, con Jorge, tuvieron la, casi nada tarea de “lidiar” con los más jodiones niños del pueblo. Nena estaba siempre como esperándonos, como si trabajara solo para cada uno de nosotros. Ella siempre estaba con una alta disposición de ayudar, de colaborar, de ver “en qué puedo ser útil”.

Nena, que su verdadero nombre era Ena, trabajaba de sol a sol. Se le veía salir muy temprano, casi de madrugada, a abrir la escuela, a preparar todo para el cumplimiento de las actividades de la jornada de ese día. Sus funciones iban desde tocar la campana, para la entrada de clases, hasta preparar la merienda y el almuerzo para trescientos, o cuatrocientos chiquillos, en fin, el panal entero de alumnos y maestros. Nunca nadie se quedó sin la sopa de verduras, el refresco de sirope, la incaparina, o el pan con queso amarillo de la Alianza para el Progreso.

Barrían y limpiaban toda la escuela. La dejaban lista para el día siguiente. Eso significaba también, dejar las baterías de servicios sanitarios perfectamente limpios y ordenados. Cuando uno se acuerda que muchos chiquillos aprendieron a ir al baño solos en la escuela, entenderá la magnitud del trabajo de Nena y sus compañeras.

Pero lo que más impresionaba era su carácter dulce. Jamás la vi enojada en los seis años que pasé en la escuela. Siempre hablando con sus compañeras y sonriendo con nosotros. Tenían que abrir diez, quince latas de aproximadamente un galón, de queso amarillo que mandaba el gobierno americano en el programa de la Alianza para el Progreso. Se cortaban los dedos, con los filos de la tapa. Preparaban frescos de sirope con leche en polvo de la misma alianza, para los varios cientos de niños. Era un trabajo de locos. Con ese montón de chiquillos encima, fregando, pidiendo gustos, bueno. Para todos tuvo tiempo, a todos trató de complacer.

Yo fui uno de los más beneficiados. Nena era mi amiga, vivíamos de calle de por medio en el Bajillo. Atenas estaba dividida en dos: los que vivíamos en el Bajo y los que vivían en el Alto. Nosotros teníamos una pequeña pulpería y vivíamos en la parte de atrás de la misma. La entrada de la casa quedaba justo al frente de la casa de Nena. Nos veíamos todos los días, a todas horas. Generalmente en la noche, cuando ellos se sentaban en el corredor a conversar con todos los transeúntes que pasaban. La calle era de lastre y en el verano se producía un tremendo polvazal. Pero los niños no tienen problema con eso.

Así que el Bajillo, como le conocíamos todos, era la parte más baja del pueblo, por donde pasaba la carretera nacional hacia Puntarenas. – ¿Vas para el bajillo?, no voy para el Alto; era la forma corriente de indicar hacia donde se dirigía el parroquiano. – ¡Ah bueno, gracias! era la respuesta.

En el Alto estaban todos los edificios públicos, la iglesia, la escuela, el mercado, el comercio, el colegio y el parque. El Bajillo era simplemente la prolongación del pueblo hacia el norte. Sin embargo, tenía una gran importancia. Por ahí pasaban las carreteras con un gran valor estratégico que conectaban con Palmares, Grecia, Naranjo, San Ramón y por el otro extremo, la calle real que conectaba con San Mateo, Orotina y Puntarenas.

Jorge Ureña, mi compañero de escuela y otro consentido de Nena, tenía una coneja blanca como un algodón. A los ocho o diez años de edad, naturalmente las fantasías y los inventos estaban a la orden del día entre los niños. Como éramos amigos y compañeros de la escuela, en un recreo, decidimos hablar con Nena para que nos prestara el conejo que tenía, para sacarle cría a la coneja de Jorge. Como yo era el más amigo de Nena, decidimos que fuera yo a pedirle el conejo, a ver si nos lo prestaba por unos días.

Cuando doña Luz Bogantes, la madre de Jorge se enteró, ya teníamos al conejo de Nena encerrado con la coneja de Jorge, ya era tarde. Nosotros les habíamos preparado una conejera, según un libro que tenía doña Luz, profesora de castellano en el colegio, como se decía entonces. Pasaron los días. Los conejos estaban bien alimentados con churristate y lechugas abundantes. Según nosotros los vimos, comían todo el día. Ya preocupada por los días que pasaban, y no devolvíamos el conejo, doña Luz nos dijo que le devolviéramos el conejo a Nena. – Seguro que ella está muy preocupada por la salud del conejo. -Vayan y se lo devuelven de una vez -nos ordenó. Nosotros pensamos que, seguro que ya era buen tiempo, se lo llevamos de regreso. Nena como siempre, amable y cariñosa, nos recibió el conejo con mucho agrado, sin problema alguno.

Pasaron los días y las semanas hasta que nos llamó doña Luz muy enojada porque Nena le había dicho que algo le habíamos hecho al conejo. Que estaba muy gordo. Que algo le pasaba. – ¿Qué le habrán hecho estos muchachos al conejo -dijo Nena muy disgustada, está gordísimo y está haciendo como un nido, y no solo eso, perdió todo el pelo? El enojo fue en aumento hasta que reconoció que le habíamos embazado el conejo. – Pero, ¿cómo pudieron hacer algo así?, – decía Nena bravísima o mas bien indignadísima. Mientras tanto la coneja de Jorge no engordaba y más bien parecía un conejo.

El tremendo disgusto tuvo que ser arreglado por nuestros padres, sobre todo convenciendo a Nena que no lo tomara a mal. – Pero don Emilio, -decía Nena, es que yo tenía un conejo y ahora tengo una coneja embarazada. ¡Qué vergüenza tan grande, que deshonra! ¡Vea lo que hacen estos muchachos! -le decía a papá. – Bueno, Nena, usted sabe cómo son los muchachos, usted sabrá disculparlos, idiay, – ¿qué podemos hacer? –comentó papá, como resignado ante la realidad y tratando de convencer a Nena. Sin embargo, el amor de Nena para nosotros fue mayor que el cambio de sexo del conejo. Ni modo, así es la vida.


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