Alvaro Salas: El no tener no justifica el abstenerse de dar

Nunca se desprende uno de lo que le pertenece, aunque lo tire o lo regale. Johann von Goethe (1749-1832), gran literato alemán.

0

Álvaro Salas ChavesMédico.

Estaba yo de guardia en el Servicio de Emergencias del Hospital Monseñor Sanabria, una oscura noche de martes. Caía un tremendo aguacero, como suele suceder en esa región del país. Verdaderamente descendían sapos y culebras, y el servicio se encontraba bastante tranquilo. Sin embargo, la experiencia nos había enseñado que detrás de la calma viene la tempestad. Tanta quietud era un anuncio inequívoco de grandes calamidades y tribulaciones. Se sentía en el ambiente una tensa calma.

No había terminado ni de pensarlo, cuando ingresó una ambulancia con la sirena a todo grito y las luces encendidas. Por la cara que traían los socorristas, la situación era muy grave. Efectivamente, la ambulancia transportaba cinco cadáveres de personas adultas y jóvenes, severamente golpeados y ensangrentados. Esto provocó una llamada de auxilio a todo el personal médico y de enfermería, para que bajaran a darnos una mano. Sin embargo, no hubo nada qué hacer. Se tomaron los datos que se pudieron obtener y los muertos se mandaron a la morgue del hospital.

Uno de los socorristas contó que cuando ellos llegaron al lugar del accidente, cerca de Sardinal de Puntarenas, llovía torrencialmente y el caño se había convertido en un río caudaloso. Era una curva larga que descendía de norte a sur. Un microbús de pasajeros, posiblemente, por la oscuridad de la noche y bajo aquel diluvio, se aproximó mucho al caño y cayó al zanjón. Entre los heridos de gravedad estaba una señora que suplicaba que buscaran a su bebé, y repetía una y otra vez lo mismo. La señora falleció en el lugar poco después. Los socorristas buscaron infructuosamente al chiquito, así es que  decidieron regresar a Puntarenas, con todos los cadáveres.

Preocupado por lo ocurrido, hablé con la directora de enfermería, que se encontraba apoyando a las otras colegas en la atención del accidente:

-¡Jefe, vamos a buscar al bebé¡

Doña Zoraida Brenes, una distinguida matrona puntarenense, de inmediato, como si estuviéramos de acuerdo, alistó los equipos de emergencias, los focos y las frazadas.

Solicitamos un vehículo al Servicio de Transportes del hospital y nos dijeron que en ese momento no había ninguno disponible. Llamé a doña Zoraida, quien se había ido a su oficina a ordenar las cosas mientras veníamos y le dije:

– Jefe, no hay carros libres, pero vamos en el pick-up mío.

Aunque seguía lloviendo intensamente, nos montamos en el pequeño pick-up Datsun blanco de 1200 cc que me había comprado mi padre. Yo se lo estaba pagando en cómodas mensualidades (eso quiere decir: cuando me quedaba algún dinerito). La CCSS y la UCR nos daban una beca de 19,020 colones al mes y con eso hacíamos y deshacíamos, pero, para el carro y la gasolina, casi no quedaba dinero.

Yo conocía muy bien la carretera. Por la descripción de los socorristas de la Cruz Roja, sabía aproximadamente adonde habría ocurrido el accidente. Llegamos al lugar y nos encontramos con una ambulancia junto al microbús siniestrado. Como aparecieron de repente en la curva, sin esperarlos, pasamos de largo. Me detuve y me vine en retroceso hasta llegar cerca de la ambulancia, con tan mala suerte, que di un pequeño golpe en la “trompa” de la Volkswagen. Nos bajamos y ya vimos que dentro de la ambulancia estaba el alcalde (de los de antes), un policía y los socorristas. En la camilla yacía, sin vida, el bebé que tanto preocupó a su madre.  Se había ahogado y ya no era posible  hacer nada.

Todos nos metimos muy estrechos dentro de la ambulancia para guarecernos un poco. Les contamos el resultado del traslado anterior, con los cinco cadáveres y les explicamos que habíamos decidido venir en busca del bebé.

Al terminar el relato, el chofer de la ambulancia me preguntó quién pagaría por el golpe de la ambulancia. Le dije que había sido un accidente involuntario, y que los demás eran testigos. Mi carro había derrapado, riesgo habitual entre quienes trabajábamos en estas actividades. Le hice ver, además, que mi vehículo también estaba levemente abollado y le aseguré que yo mismo iba a pagar el arreglo.

Sin embargo, el chofer estaba obsesionado con que tenía que asumir también los daños de la ambulancia, así es que tomó todos mis datos, con pelos y señales.

Regresamos al Hospital Monseñor Sanabria, con el cadáver del bebé en el regazo de doña Zoraida. Estábamos muy tristes por lo sucedido y, por añadidura, con un choque por el que debíamos responsabilizarnos.

Al día siguiente, muy temprano, me llegó un citatorio de la Alcaldía de Miramar. Sería el primero de una larga cadena de eventos que seguirían en el resto de mi vida automovilística. Muy asustado, llamé a papá y le conté lo sucedido. Me recomendó pagar de inmediato los cinco mil colones que me cobraban. Si no los tenía, él iba a depositármelos en la cuenta del banco. Y añadió:

–A la Cruz Roja no hay que deberle nunca: ellos siempre cuentan con el apoyo de las autoridades, me dijo.

Pero yo le repliqué:

-¿Y yo no soy como la Cruz Roja? Yo también he tomado riesgos para ir a buscar el bebé y vea lo que me pasó.

Papá me respondió:

–Sí, claro, pero usted no es la Benemérita, así es que mejor pague.

Con gran dolor en el corazón, me dirigí al Banco Nacional de Puntarenas. Me sentía muy frustrado por tanto materialismo, como lo entendía yo. Solicité el dinero de mi cuenta de ahorros logrados con mucho sacrificio y trabajo. Era casi todo lo que tenía. Con el dinero en mano, me dirigí a Miramar a pagar el arreglo de la ambulancia.

Algunos días después, una soleada mañana de julio, pasaditas las siete antemeridiano (entrábamos a las siete en punto), me dirigí al comedor a desayunar. Sin embargo, noté que algo extraño estaba pasando. El comedor estaba lleno de médicos y enfermeras. Y me pregunté: -¡Qué raro! ¿Por qué están todos aquí, si ya hay que estar en los servicios pasando visita, o en sala de operaciones?

Entré y cuál no sería mi sorpresa cuando el mayor de los médicos, un cirujano general muy respetado, el doctor Chinchilla, se puso al frente del grupo. Traía un sobre blanco en la mano, y me dijo:

-Doctor Salas, supimos de lo ocurrido en el accidente de Sardinal. Entre todos los médicos y las enfermeras recogimos los cinco mil colones que le cobraron por el accidente. Aquí los tiene. ¡Nunca se desanime por hacer el bien!

En medio de un sonoro aplauso, me entregaron el dinero. Estaban presentes el Director del Hospital y la Directora de Enfermería, doña Zoraida Brenes. Jamás olvidaré la inmensa alegría que me embargó. Me abrazaban y me felicitaban mis compañeros de internado, los jefes de los servicios, los médicos asistentes y las enfermeras. Llorábamos con una mezcla de sentimientos: mucha alegría, por tanta solidaridad y tristeza por los ausentes. Pero después yo pensaba: ¡qué inesperada es la vida!

Pero qué día tan feliz pasé.


COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...