Alvaro Salas: El Temporal

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Álvaro Salas ChavesMédico.

-Don Fernando, doña Carmen tiene razón, usted tiene que ir a ver al doctor, ya son dos semanas rabiando del dolor de espalda. Hágale caso, vaya donde su amigo el doctor Quirós, él siempre lo atiende apenas llega; usted no necesita ni sacar cita.

– Si Carlos, usted tiene razón, ya es mucho aguantar. Voy a llamarlo para decirle que voy a ir a verlo mañana al Seguro. Este lumbago siempre me da una o dos veces al año. El problema es que me da cuando más ocupado estoy. Claro y con este temporal me pongo peor. La humedad es responsable de la mitad del problema. Otros dicen que «es herrumbre», que es la «la polilla», bueno, no sería de extrañar porque a los sesentones nos empiezan a pasar cosas raras – dijo don Fernando y, agregó: -que vaina que no para de llover. Quedamos de ir vacunar el ganado mañana, pero con este tiempo va ser difícil.
– Bueno, lo que podemos hacer es pasar temprano al Seguro y ver a Roberto y seguir luego para la finca. Tal vez -para entonces- ha dejado de llover. Carlos, avisale a Walter que vamos a vacunar los novillos y que llegaremos por ahí de las cuatro de la tarde. Así podremos comenzar el miércoles tempranito.

– Hay don Fernando, cómo se va a ir así de fregado. Mejor vea al Dr. Quirós y cuando le recete algo bueno y se sienta mejor, entonces nos vamos para la finca, ¿no le parece? De por sí no creo que pare de llover: este temporal nos va a matar a todos –sentenció Carlos, y agregó- los caminos están hechos un barrial y los ríos están llenísimos. No están corriendo los buses de los barrios porque es muy peligroso.

Carlos era el chofer de don Fernando, el hijo de don Carlos, el capataz de la finca desde los tiempos del padre de don Fernando. Eran dos familias que habían crecido juntas. Las mujeres trabajaban en la casa y los muchachos se encargaban de los trabajos de la finca. Gente buena y muy leal a los patronos.
Los Badilla eran dueños de grandes cafetales en San Ramón y Palmares, también tenían fincas de ganado en Guápiles. Eran gente de dinero, hecho con mucho trabajo y dedicación, respetuosos de los derechos de los trabajadores. Desde muy joven, Carlos había aprendido a conducir y se había convertido en el hombre de confianza de don Fernando.

Era octubre, el mes más lluvioso del año. Parecía que el país se paralizaba por completo. No se podía salir a trabajar. Los trabajadores del campo se pasaban encerrados en sus casas y no se ganaban nada para el sustento. Toda la semana de temporal. No había leña seca para encender el fogón. La gente pobre buscaba barañitas para encender el fuego. Pero todo estaba mojado. Las gentes sufrían mucho. Era el peor tiempo del año.

Bueno, don Fernando llamó a su amigo, el doctor Roberto Quirós. Él era el director de la clínica del seguro social de San Ramón. Se pusieron de acuerdo para verse al día siguiente, cuando pasara por ahí de camino a la finca. ¡Todo estaba arreglado!

El doctor Quirós era el médico de la familia Badilla. Había atendido los partos de los hijos de todas las cuñadas y de las hermanas de don Fernando, incluyendo los hijos suyos. Les había quitado la apéndice a los que lo necesitaron y a los varones les hizo la circuncisión «aprovechando la anestesia».

Atendía en primera instancia los problemas médicos de cada día. Si el problema era serio, él mismo llamaba al especialista de su confianza. Era el típico médico de cabecera. Además don Fernando tenía gran confianza en su diagnóstico, como se acostumbraba decir entonces.

Seguía lloviendo sin misericordia, toda la noche sin parar. Su dolor de espalda se había hecho más intenso. Ya no respondía a las pastillas de acetaminofén. No había posición en la cama que lo aguantara: -tanta humedad, ese es el problema, decía don Fernando.

A la mañana siguiente se alistó para irse rápidamente al Seguro. Carlos le ayudó a montarse en el Toyota. Era un cuatro por cuatro, muy duro y muy alto. La idea era seguir para la finca después de ver al doctor Quirós. Echaron Maletas con ropa para tres días. En la finca había comida y todo lo necesario para la vacunación.

Llegaron bajo aquel terrible aguacero. Se parquearon y con ayuda de Carlos, se fue derecho a la oficina del doctor. No necesitaba sacar cita, él lo estaría esperando. Toca la puerta y vaya sorpresa. No había nadie.

-¿qué pasó señorita, dónde está el doctor Quirós? Preguntó desconcertado don Fernando. –El doctor Quirós llamó diciendo que había un derrumbe en el camino de Naranjo a salir a la pista. Ha llovido tanto que no ha podido pasar, -respondió su secretaria. Si quiere le consigo campo con otro médico- agregó la muchacha.

– Muchas gracias señorita, si, le agradecería mucho si me consigue una cita con otro médico, estoy muy mal.

Efectivamente, unas horas después lo estaba viendo otro médico. Se trataba de un médico joven recién llegado a la clínica. Amablemente lo pasó y don Fernando le refirió el problema de su espalda. El médico lo examinó bien y concluyó que se trataba de un simple lumbago. Don Fernando estaba muy pasado de peso, hacía poco ejercicio y por supuesto que le estaba incidiendo en la columna lumbar. Ahí tenía una contractura muscular muy severa y, sobre todo, dolorosa.

El joven médico le recetó un antinflamatorio inyectable muy potente y sobre todo reposo. Le aconsejó que se hiciera un poco de fisioterapia, masajes y aplicarse vendas calientes.

Don Fernando, con la ayuda de Carlos, se bajó de la camilla y recogió la receta. De inmediato se fue al puesto de enfermería y les pidió que por favor el aplicaran la inyección que le acababan de recetar. Era muy conocido entre todos los funcionarios del seguro y la gente le tenía aprecio. Le inyectaron el antinflamatorio y le dieron una bolsita con los otros seis frascos. Le habían recetado uno cada doce horas. – don Fernando, ¿usted tiene quién lo inyecte en su casa? – preguntó la enfermera. – Si claro, si me da las jeringas, de una vez nos vamos para la finca y allá me las pongo. Ese fue su comentario.

De camino, don Fernando comentó que se sentía un poco más aliviado. –Si don Fernando, pero eso no fue lo que le indicó el doctor. Él le dijo que se fuera a su casa a guardar reposo. Usted no hace caso. En la finca no hay nadie que lo pueda inyectar, usted lo sabe bien. –No fregués Carlos, vos me vas a inyectar. – ¿Cómo? Pero si yo no inyecto ni gallinas- reacción Carlos de inmediato. –Pues ahora vas a aprender, ya verés.

Llovía continuamente y el camino estaba muy resbaloso. Tuvieron que parar varias veces en el trayecto. El camino estaba lleno de pequeños derrumbes que obligaban continuamente a cerrar un carril y tener que estar haciendo fila para pasar. Eso significaba estarse deteniendo continuamente.

Finalmente llegaron a la finca. El peón los estaba esperando. Había parado un poco la lluvia y parecía que iba a mejorar el tiempo. Ayudado por Carlos, don Fernando bajó del carro y se fue de una vez a la cama. Estaba aliviado pero el camino le había afectado un poco.

-Bueno Carlos, como te dije, hoy será tu primer día como enfermero. Vas a aprender a poner inyecciones. No habrá gallinas ni vacas para practicar. De una vez conmigo y nada de caritas – sentenció don Fernando.

-Hay don Fernando, hasta que estoy temblando. Me sudan las manos, no puedo controlar el temblor en todo el cuerpo. Mire don Fernando, me está faltando el aire. Ya de por si venía todo angustiado por el camino tan malo y usted me recibe con esa noticia, por Dios, ¿como se le ocurre?

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