Alvaro Salas: La monja llorona

Soy humorista, porque miro el mundo con sentido crítico, pero con amor. Jacques Tati (1908-1982), actor y cineasta francés

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Alvaro Salas ChavesMédico.

Tradicionalmente los hospitales son lugares muy particulares, rodeados de un halo de misterio, con historias de ultratumba, del Más allá, de muertos que siguen penando, de enfermeras que llegan de noche a curar enfermos, de doctores que operan a los enfermos sin bisturí ni instrumentos y a la mañana siguiente, los intervenidos están curados sin que haya heridas ni cicatrices.

Tal vez un buen ejemplo de esa situación es la devoción al doctor Ricardo Moreno Cañas. Aún hoy, en muchos hogares le rezan una oración especial y le dejan un vaso de agua, para que el doctor Moreno Cañas, quien murió asesinado a sangre fría, venga a operarlos en la noche. La gente afirma que los cura de verdad.

Los hospitales son unos en la mañana, otros en la tarde y algo muy diferente en la noche. De día pasan cosas extrañas. Los funcionarios refieren que oyen voces; que escuchan a gente llorar lastimosamente, con gritos de dolor apagados; se caen los objetos que estaban bien puestos, como si alguien caminara por esos rincones. Pero, el trajín del trabajo tan intenso en las mañanas, hace que a todo esto no se le dé tanta importancia. Hay demasiado ruido ambiental y se disimula un poco lo que pasa.

Otros aseguran que tanto dolor, tanta muerte acumulada a lo largo de los siglos, deja una energía que sigue dando vueltas y que se manifiesta en voces, llantos, gritos, sombras deambulando, en fin. Otros, los más “creyenceros”, dicen que son los espíritus de personas que no alcanzan la paz ni la tranquilidad y andan penando por los pasillos del hospital, llorando la muerte de niños asfixiados al nacer, de personas muy malas que mataron a un cura o a una monja; un sinnúmero de situaciones, todas rodeadas de un intenso halo de misterio.

En las noches la cosa se torna mucho más espesa, pues la oscuridad favorece la aparición de ese mundo misterioso del Más allá; el trabajo se reduce y se tiene más disposición para ver sombras proyectadas en las paredes que cobran vida, para oír llantos intensos y gritos desgarradores. Los objetos se caen con más frecuencia en lugares donde no había nadie, sin que haya un solo temblor ni un soplo de viento. Hay rincones oscuros por donde nadie pasa, ni aunque lo manden. Por el antiguo salón San Roque, del Hospital San Juan de Dios, decían que habían visto a una monja que lloraba la muerte de su hijo abortado, y lloraba toda la noche hasta el amanecer. Estas historias las aseguran casi todos los funcionarios, generalmente los que “hacen la noche”.

El antiguo edificio de medicina del San Juan tenía en el quinto piso una gran cantidad de cuartos, dotados de cómodas camas vestidas, donde únicamente los jefes hacían las siestas y en las tardes eran utilizadas por los médicos que estaban agotados, después de una guardia muy intensa. Este edificio era el de Pediatría, cuando todavía no existía el Hospital de Niños y en el quinto piso se encontraba la pensión. Con el traslado al nuevo edificio del Paseo Colón, se pasaron los servicios de medicina a los pisos inferiores y quedó el quinto para los médicos.

Las noches en que teníamos guardia, subíamos al quinto piso y dormíamos unas horas antes del inicio de la tarea a las siete pasado meridiano. Nunca olvidaré la suavidad de las camas con colchones de algodón y, sobre todo, la ropa de cama gruesa, inmaculadamente blanca, que invitaba a dormir una buena siestecita.

Con toda esa carga de historias de ultratumba, uno entraba en el sueño por cansancio, pero siempre con la paja tras la oreja, porque “nunca se sabe cuando salta la liebre”. Una tarde estaba especialmente agotado y decidí subir a dormir un rato, para comenzar la guardia en mejores condiciones. Cada cuarto tenía su baño con agua caliente, de manera que, después de la siestecita, una buena ducha bien temperada lo dejaba a uno como nuevo para afrontar la extenuante jornada de doce horas, hasta las siete antemeridiano. del día siguiente. Salíamos de la guardia y comenzaba el trabajo normal en el salón, la consulta externa con procedimientos, operaciones, en fin: el trabajo normal del hospital hasta las cuatro de la tarde.

Estaba profundamente dormido, metido hasta las orejas, en aquellas maravillosas sábanas del San Juan de Dios, cuando escuché que alguien caminaba por los pasillos del quinto piso. Se podía oír un pequeño lamento, como muy lejano: – ay ay ay- seguido de un ruido semejante al de algo que se arrastraba. Pensé que estaba soñando y que aquello no era más que el producto de mi fantasía. Pero no: los lamentos continuaban, cada vez más dolorosos, pero cada vez más cercanos. Evidentemente, el espanto o lo que fuera venía hacia el cuarto donde estaba yo. Al despertar completamente, pude ver que ya se había hecho de noche y todo se hallaba en tinieblas. Entonces agudicé el oído y pude escuchar con toda claridad ese escalofriante lamento, tan doloroso, que se convertía como en un llanto. El sonido del arrastre era muy fatigoso y seguía en dirección hacia donde estaba yo. Se me paraban todos los pelos de la espalda. ¿De verdad existiría la monja que lloraba la muerte de su hijo? Yo tenía bien grabada la imagen de las Hermanas de la Caridad de San Juan de Dios, con aquellos enormes hábitos blancos, y sobre todo, los sombreros enormes como mariposas con las alas abiertas.

Me quedé pensando qué hacer, si quedarme acostado, quedititico, casi sin respirar para observar bien lo que pasaba, o si más bien debería levantarme para salir huyendo despavorido; o, por el contrario, por qué no enfrentar el problema. Si era la monja que decían, ahí me daría cuenta; o si más bien eran ruidos que provenían de los pisos inferiores donde, siempre había pacientes quejándose tristemente de sus dolencias y el eco podría llegar hasta arriba. No sabía qué pensar.

Decidí levantarme lentamente y caminar con sigilo hasta la puerta del cuarto. Ahí escuché cómo la cosa esa estaba cada vez más cerca del dormitorio. Venía por la columna de la izquierda, donde se hallaba una larga fila de “lockers” de los médicos residentes de años superiores. Sentía un escalofrío por todo el cuerpo, pero yo me dije: -“De esta noche no pasa. Hoy sabremos qué es el asunto de esta ánima en pena”-.

Entreabrí la puerta y en medio de aquellas tinieblas, pude divisar con toda claridad un enorme bulto blanco que se dirigía hacia mí. Calculo que estaría a unos cuatro o cinco metros de distancia. Seguía escuchando cada vez más fuerte: ¡ay, ay, ay ay!, y pude ver cómo el hábito se arrastraba por el piso. Casi no podía respirar del susto. Contuve la respiración como pude y decidí que cuando estuviera bien cerca saltaría sobre el bulto. Me temblaba todo el cuerpo, no sé si por el frío de la tarde-noche, o por los escalofríos de la muerte.

Cuando ya lo tenía casi en dirección de la puerta, la abrí de un golpe y de un solo brinco salté al vacío o a lo que fuera. Con mi exceso de peso y mi estatura, aplasté por completo aquella sombra que me atormentaba. En el momento de hacer contacto con el bulto, oí los gritos más intensos y desgarradores: -¡Ahhhhhh, Ahhhhhh! ¿Quién es?, ¡Me está aplastando, me va a matar! ¡Ahhhhhhh, no puedo respirar! Pero ya estábamos en el suelo. Los gritos de espanto ahora eran de verdad: el macho Ávila gritaba desesperado porque nunca esperó que nadie le saliera con esta. Él estaba realmente espantado, mucho más asustado que yo.

Cuando empezó a gritar, le reconocí la voz en el acto. ¡Claro, el bandido del Macho Ávila, un compañero de Atenas (distinguido otorrinolaringólogo de Pérez Zeledón) al que siempre le encantaba dar bromas pesadísimas!

-Casi me matás cabrón, yo creo que me quebraste la columna vertebral, ¡Ay, qué dolor!, ¡No ve que usted pesa mucho! ¡Ay, ay, ay, no siento las piernas! ¡Seguro me “herniaste la columna”! ¡ay ay, qué dolor!

Creo que, por un tiempo considerable, la monja dejó de asustar y los colegas disfrutaron más de sus siestas.

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