Alvaro Salas: La Procesión en Liberia

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Álvaro Salas ChavesMédico.

En los albores del siglo XX, se acostumbraba que en las celebraciones más importantes del país, fuera invitada la Banda Militar de San José. Tenía los mejores músicos, los mejores instrumentos, el más grande repertorio musical, tanto de marchas, himnos, como de música clásica, especialmente escrita para bandas y claro, música popular de la buena.
En esta oportunidad, se celebraban las fiestas patronales de Liberia y por supuesto que la Banda Militar de San José tenía que amenizar la procesión con la Virgen Inmaculada, así como ofrecer un concierto de gala en la plaza principal de la ciudad.
Por otra parte, para los músicos y entre ellos mi abuelo, era una linda oportunidad para salir de San José por un tiempo largo. No existían buenas carreteras, así que se trataba de un largo viaje lleno de aventuras y oportunidades para el disfrute. Así las cosas, se fueron en tren hasta Puntarenas y, de ahí, en barco hasta Bolzón y Bebedero de Guanacaste, los puertos de cabotaje más importantes en el norte.
Esta era la ruta normal para viajar a Guanacaste, en esos días, dado que la carretera interamericana estaba apenas en construcción. Finalmente, se trasladaron en cazadoras por vía terrestre hasta el centro de Liberia.
En esa oportunidad, asistiría el señor gobernador de la provincia, autoridades civiles, militares y eclesiásticas. Era un gran acontecimiento y la “ciudad blanca”, como también se le conocía, se preparada entera para recibir a tan ilustres visitantes.
Los liberianos, acogedores como son, acomodaron a los músicos de la mejor forma posible, para que se sintieran como en casa. Esa noche dieron un concierto en la escuela central de la ciudad. El salón de actos estaba a reventar, abarrotado de cientos de parroquianos amantes de la buena música y la cultura. Aunque el calor era intenso y, los músicos, elegantemente ataviados con el uniforme de gala, sudaban la gota gorda, pero hicieron las delicias del público.
En la misma escuela, se sirvió una cena muy elegante y sobre todo deliciosa. En las aulas, se les arregló para que durmieran. En Liberia no se necesitan cobijas, así que en unas esteras, se acomodaron los fatigosos músicos.
El amanecer en Liberia es la cosa más preciosa del mundo. Realmente hay que vivir la experiencia. El sol sale muy temprano por la llanura, cuando todavía corre un vientecillo fresco. El sol empieza a calentar muy rápidamente, pero se genera una condición climática única. Es la mejor invitación a levantarse y ponerse en acción.
Todos se fueron a bañar al famoso río Liberia, que tiene pozas deliciosas para tomar un baño de frescura. La pasaron muy bien, disfrutando como niños, jugando con el agua.
Les esperaba en la escuela un delicioso desayuno con gallo pinto, cuajadillas con tortillas calientes, palmeadas, acabadas de hacer, huevos picados y más tortillas con café negro.
Se presentaron a la comandancia de plaza, a formarse militarmente para la ocasión que los tenía en las tierras del norte. De nuevo, con impecables uniformes de gala, se ordenaron y marcharon hasta la entrada principal de la catedral de Liberia. Ahí esperaron la salida de la procesión.
Los vecinos de Liberia se agolpaban a la salida de la iglesia para observar aquel despliegue de técnica, elegancia y distinción.
Liberia era una ciudad de calles blancas, por el carbonato de calcio del suelo. El zacate llegaba al borde de la calle, como dándole continuidad a la gran planicie que realmente es. Crecían hermosas matas de sandía y de melón que se extendían entre el zacate y parte de la calle. Se miraba todo tan rústico como acogedor, ver estas grandes matas de sandía extendiéndose en todas direcciones. Una belleza.
Comenzó la procesión y las primeras notas de la Banda Militar de San José, se escucharon intensas, diáfanas y hermosas. No se podía negar que era un momento impresionante. Todos los participantes, sentían que se les estallaba el pecho de emoción. Terminó la primera y siguió el redoblante haciendo la pausa del descanso y a continuación la segunda y la tercera.
Cuando iban dando la vuelta por la segunda cuadra, más alejado del centro, mi abuelo notó que habían melones maduros tirados por todas partes. A como pudo, en aquella formación estricta, se agachó y juntó uno súper maduro, casi podrido y se lo guardó como mejor pudo. Como las trompetas van de primero, detrás siguen las maderas, se agazapó y se fue escurriendo entre los músicos, a medida que estos avanzaban.
El redoblante seguía amenizando el descanso para iniciar la cuarta o quinta pieza y mi abuelo, ya cerca del bajo, le dejó ir el melón en la enorme campana, aprovechando que el músico que lo toca, en el descanso, no puede ver la gran campana que en ese momento la dirigía hacia otro lado.
Se vino suavemente hacia adelante y, estuvo listo para cuando el director levantara la batuta para indicar el inicio de la pieza musical. Pero ocurrió algo extraño. Toda la banda entró al unísono, pero no se escuchó el bajo. El director indicó de nuevo al músico que entrara, pero aunque soplaba con todas sus fuerzas, no lograba sacarle una nota. De nuevo, el director muy molesto, le indicó que entrara rápidamente, se oía espantoso, sin acompañamiento. Pero fue imposible. Entonces el músico, furioso, tiró el bajo contra el suelo, de la cólera. Fue entonces cuando se pudo ver unos pedazos de melón salir por la inmensa campana de metal.
Todos en el acto y sin dudas volvieron a ver a mi abuelo, que muy concentrado en la pieza, disimulaba el horrible incidente que estaba sucediendo. Aquello fue una guerra de nervios terrible, nadie quería quedar mal delante del pueblo y de las autoridades principales. Todos disimularon el incidente de la mejor manera que pudieron. Nadie lo notó, excepto los músicos y el director de la banda.
Al finalizar la procesión, estando de vuelta en la comandancia, el director llamó de inmediato a mi abuelo y lo hizo responsable de aquel acto bochornoso. Él lo negó una y otra vez. Alegó en su defensa que a él siempre lo hacían responsable de todo lo que sucedía en la banda. Y que él había demostrado muchas veces que él no era el responsable de lo que se le acusaba.
El director lo condenó de inmediato a una semana de calabozo “a pan y agua”. Tenía que ser un castigo ejemplarizante. Esta situación no debía repetirse nunca más en una organización militar. Pero, a lo tico, todos sus compañeros, excepto uno, intervinieron para liberarlo de la condena. Como todo en Costa Rica, fue perdonado, solo fue advertido de que esta sería la última vez!

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