Álvaro Salas: La seriedad del sentido del humor

0

Álvaro Salas Chaves, Médico.

Si es posible, debe hacerse reír hasta a los muertos. Leonardo da Vinci (1452-1519), artista múltiple, humanista, científico adelantado a la ciencia.

No sé por qué nos ocurre, pero es muy frecuente escuchar, entre los estudiantes de medicina, que tienen la idea de llegar a ser especialistas de la materia que cursan en ese momento. Me ocurrió en Anatomía Patológica. Tuve profesores extraordinarios que me motivaron hasta el punto de jurar que sería patólogo. Es una materia que a primera vista no resulta muy atractiva. Lidiar con la muerte -o, más bien con los muertos- no resulta agradable desde ningún punto de vista, a menos que se sea dueño de una funeraria.

Lidiar con restos humanos claramente no resulta atractivo, pero patología es otra cosa: es estudiar el efecto de la enfermedad en la persona; el daño que los virus, las bacterias, los hongos, el cáncer, el tabaco, las drogas, causan en los tejidos y en los órganos, situaciones que muchas veces conducen a la muerte.

Eso significa, para los patólogos, que es muy grande la distancia entre la muerte y el muerto. La persona humana se va desdibujando hasta desaparecer en el momento en que estamos analizando en el microscopio las laminillas que contienen partes ultra delgadas del tejido enfermo y sano y que, gracias a la tinción con colorantes especiales y el paso de la luz, permiten al observador hacer el diagnóstico.

Las clases con el doctor Rodolfo Céspedes eran una delicia para el intelecto. Realmente las disecciones con el doctor León Troper o la doctora Müllner eran sencillamente maravillosas. Las autopsias con el doctor Jorge Salas, inolvidables. Cada uno de ellos le ponía una gran pasión a su trabajo. Podíamos durar horas disecando un cerebro, pero nos parecían minutos. El doctor Troper, con aquella paciencia y aquel ojo inquisidor que lo caracterizaba, buscaba en cada corte la huella que el parásito había dejado en el cuerpo de aquel individuo. De cada uno de los cortes sospechosos se tomaban muestras para incluir y luego cortar en el micrótomo; y, finalmente, teñir y fijar para analizarlas en el microscopio.

Era un trabajo de relojero mezclado con el de detective, producto del concienzudo análisis del expediente clínico, de las causas probables de fallecimiento según el médico tratante, de los comentarios de los diversos especialistas que examinaron al sujeto del caso a lo largo de su vida. En fin: toda aquella información valiosa que pudiera conducir a pistas para encontrar la causa final de muerte.

Todo eso me apasionaba muchísimo. Había que estudiar tanto, que parecía que solo esa materia lleváramos. Sin embargo, cuando el doctor Jorge Salas nos invitaba a hacer una autopsia, dejábamos todo lo que estábamos haciendo para participar en lo que sería un viaje por la vida, la enfermedad y la muerte de un semejante.

Pero igual me pasó con cirugía. De nuevo, en buena medida, los buenos profesores que tuve me motivaron a tal punto, que juré sería cirujano cardiovascular, por estímulo del doctor Edgar Cabezas Solera. Siempre nos invitaba a participar en los cientos de procedimientos que realizaba. Se consumían las horas pasando visita, haciendo las curaciones, colocando sondas, dando consulta, ayudando en la sala de operaciones y preparando las sesiones anatomo-clínicas de los viernes. Pero, también se nos retribuía mucho a cambio. ¿Cómo explicarles a mis padres, en Atenas, que yo no iba a verlos más seguido, porque estaba haciendo lo que más me gustaba: estar en el hospital; o más bien, vivir en el hospital?

Trataba de que me invitaran a cuanta cirugía fuera posible. Cabe imaginar la enorme cantidad de ellas que se hacen en el Hospital San Juan de Dios, la variedad y la complejidad de éstas. Si uno estaba por ahí, y necesitaban un ayudante, lo llamaban, generalmente. Sin duda, era una gran oportunidad de “hacer la manita”, como decíamos.

Un lunes por la mañana pasábamos la visita a los enfermos de la especialidad cardiovascular con el doctor Edgar Cabezas. Era un servicio muy dinámico, con una cantidad enorme de pacientes portadores de enfermedades relacionadas con el corazón, la aorta, las venas cavas, los grandes vasos del cuello, de los brazos y las piernas, y entre ellas, las várices. Al final de la revisión de los pacientes, el doctor Cabezas Solera me llamó aparte y me dijo:

-El miércoles va hacer su primera safenectomía. Estudie bien la técnica y prepárese debidamente. Usted va ser el cirujano y yo seré su primer ayudante.

¡Qué gran honor! Por fin haría mi primera cirugía mayor, pero por otra parte qué susto; y sobre todo, ¡qué responsabilidad! Haría mi primera operación mayor como cirujano. Había ayudado muchas veces al mismo doctor Cabezas en estas operaciones, pero nunca había sido el cirujano responsable.

Se imponía estudiar intensamente. Era necesario conversar con los otros cirujanos del servicio para que me dieran “volados”, y rezar para que todo me saliera bien.

Llegó el día esperado y muy temprano estaba en el vestidor de médicos cambiándome para encontrarme ya en la sala de operaciones cuando llegara la paciente. Para los cirujanos de experiencia, una safenectomía es una operación sencilla que casi nunca tiene complicaciones. Tal vez la mayor dificultad ocurriría si no pasara el cable con el cual se retira la vena. Pero para mí era la cirugía más importante del día en todo el Hospital San Juan de Dios.

Todo fue sucediendo paulatinamente. Las enfermeras instrumentistas ya sabían que yo sería el cirujano y me animaban con sus ojos, porque en la sala de operaciones nadie se toca. Existe un gran riesgo de contaminar a los cirujanos, los materiales y los equipos que se usarán durante la cirugía. Los asistentes de sala se volvían a ver y yo estaba seguro de que hablaban de mí. Llegó la paciente, la saludé con cordialidad y le dije que todo iba a salir bien, que no se preocupara. Yo creo que fue más bien ella la que me tranquilizó a mí. La colocamos en la mesa de operaciones y revisé la pierna que previamente había dibujado cuando estaba en el salón. Esta es una técnica sencilla que busca dos cosas: orientar al cirujano en caso de tener problemas y, sobre todo, operar la pierna correcta.

Llegó el Doctor Cabezas y entró saludando a todo el personal, como siempre. Muy solidario conmigo se aproximó y me dijo:

-Esté tranquilo: todo irá bien.

Y yo me dije, para mis adentros:
-¡Dios lo oiga!

Nos fuimos a lavar y el anestesista comenzó su trabajo. Cuando regresamos a la sala de operaciones, la paciente ya estaba dormida. Solo faltaba que nos vistiéramos con la ropa estéril y que comenzara el ritual de vestir a la paciente, también con ropa estéril. Esta técnica aséptica consta de una serie de pasos que cuando uno opera todo el tiempo resultan de rutina. Pero por ser esta mi primera operación, era como una misa de revestidos. Con apoyo del doctor Cabezas al otro lado de la mesa, completé el procedimiento y todo estuvo listo para comenzar. Entonces pronuncié la palabra mágica:

-¿Puedo?

Esta es una solicitud al anestesista de autorización para iniciar la cirugía. Si él considera que algo no está bien con el paciente, no da el permiso y no se puede comenzar. Esta vez, la respuesta fue afirmativa:

-Ya puede empezar.

Me encomendé a Dios y comencé con un corte cerca del pegue de la pierna que había estudiado mil veces. La idea es ir rápidamente a buscar el cayado de la vena safena donde esta se encuentra con la vena femoral profunda. Tardé un poco buscándolo y, finalmente, apareció entre la grasa, la fascia femoral y el músculo. La sujeté entre pinzas, la corté y finalmente la ligué con las suturas. Luego de liberarla para hacerla operativa, solicité a la instrumentista el “stripper”, para hacerlo pasar por la vena safena y tratar de sacarlo abajo, a nivel del tobillo. Ahí debía ponerle una especie de tuerca grande y tirar con fuerza desde arriba. La vena viene, entonces, enrollada en el cable y la operación está concluida. Todo iba aceptablemente bien. Tal vez había durado un poco más del tiempo que normalmente se tarda en estos procedimientos, pero dentro de límites correctos, pensaba yo. Por otra parte, mi asistente de lujo no hacía comentarios, así que no me preocupó la tardanza.

Estábamos listos. Saqué la punta del “stripper” a nivel del tobillo y simultáneamente escuché un doloroso ¡ayyyyyy!. En segundos uno relaciona mentalmente la acción del corte con bisturí sobre la piel del tobillo, con el dolor que se supone esto puede causar. Si en ese momento se escucha –como me sucedió- un inesperado quejido, cualquiera se descontrola. Di un brinco hacia atrás y vi que todos se volvían para ver, pero nadie dijo nada. Me pregunté, entonces: ¿Qué pasó? ¿Por qué se está lamentando la paciente? Me sentía tan abrumado, que olvidé que la paciente se encontraba anestesiada, y en tal caso no emitiría queja alguna. Sin embargo, escuché de nuevo: ¡Ayyyyyy! Pero ¿por qué se quejaba la paciente? Pregunté al doctor Cabezas:

-¿Qué pasa, doctor? ¿Por qué se queja la paciente?

Él me contestó muy tranquilo:

-Siga, siga, todo va bien. Está durando un poquillo más, eso es todo. No le haga caso.
Continué con la tarea de sacar la vena. Por cierto, se trata de un procedimiento muy traumático, porque hay que jalar duro el “stripper” y sacarlo con la vena invertida por la primera incisión realizada. En el momento de hacer la primera fuerza: oí de nuevo: ¡Ayyyyyyyy! Me quedé helado. Otra vez la acción dolorosa se relacionaba con el lamento de la paciente. Estaba tan descontrolado, que el doctor Cabezas me alentó:

-Siga, que ya casi terminamos. Este majadero (se refería al anestesista) a todo el que hace su primera cirugía y tarda mucho le hace esta broma, así que no se preocupe.

¿Qué era lo que hacía este bandido viejo? Se agachaba y se metía debajo de la mesa en el momento de estar realizando algún procedimiento muy doloroso y emitía un lastimoso quejido, para asustar al bisoño cirujano. Este se encuentra tan concentrado en lo que está haciendo, que carece de la visión lateral para percibir lo que pasa alrededor.

Todos rieron a mandíbula batiente. Todavía no muy convencido ni tranquilo, saqué la vena safena completa (¡gracias a Dios!). Terminé la cirugía suturando la piel y poniendo los apósitos sobre las dos heridas y, finalmente, las vendas elásticas sobre toda la pierna.

Cuando me estaba quitando la ropa estéril para salir de la sala de operaciones, le dirigí una mirada de hielo al anestesista, que todavía no paraba de reír.

Así fue mi primera operación mayor.

COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...