Alvaro Salas: Los fantasmas de la Isla de Chira

El doctor en humorismo es el ser humano que sabe referirse al prójimo burlándose de sí mismo. Noel Clarasó (1905-1985), escritor español.

0

Alvaro Salas ChavesMédico.

La Isla de Chira -o simplemente Chira- me resultó la región de este hermoso país más inspiradora y laboriosa, donde me sentí a mis anchas, trabajando al lado de gentes humildes y buenas, dedicadas al mar, a las salinas, a la pesca y al cuido del ganado.

En Chira todo es difícil, y tremendamente costoso. Nada se logra con facilidad, las distancias a la costa son variables, algunas cercanas, pero el mar siempre tiene la última palabra. Chira está ubicada en el Golfo de Nicoya, un poco más arrecostada a la península del mismo nombre, de manera que forma un canal de aguas rápidas entre Puerto Palito (en la isla) y Puerto Thiel (en la península).

Para llegar a Chira había que embarcarse en lancha en Puntarenas, en el viejo muellecito de cabotaje detrás del mercado. Como siempre, teníamos que cargar cajas y más cajas, equipos, mochilas, comida, agua, en fin: las mil y una cosas que se necesitan o podrían necesitarse durante dos semanas de campos de trabajo.

La vida en Chira transcurre lentamente, con un sol abrasador, y un calor sofocante cuando cesaba la brisa del mar. Se caracterizaba por la escasez de agua potable (ahora tienen agua que viene desde Costa de Pájaros), la permanente falta de productos alimenticios, materiales de construcción y equipos agrícolas e industriales que obligatoriamente tienen que venir de Puntarenas en lancha, por lo menos hace cuarenta años, cuando hacía mis primeras armas en la Medicina. Tampoco había electricidad y mucho menos teléfono ni telégrafo, o sea, estábamos incomunicados. No había un centro de salud ni centros de educación y nutrición, CEN-CINAI, como sí los había en el resto del país; de manera que nuestra visita de trabajo llenaba un importante vacío.

La Oficina de Campos de Trabajo programó una salida a Chira con un grupo bastante numeroso de estudiantes del área de la salud: medicina, enfermería, odontología, microbiología, y farmacia; y por primera vez trabajo

social y agronomía. Éramos unos quince en total. Siempre recordaré la cara de frustración de Antonio Matamoros, estudiante de agronomía, cuando uno de los pocos campesinos de la isla (el resto son gente del mar) le preguntó, en medio de todos los asistentes a una reunión organizada por él, por qué el aguacate no se daba en Chira, y explicó que había traído arbolitos de todas partes, había sembrado semillas de muchas variedades, los había trasplantado ya pegados y nada. Después de varios intentos y mucho sofoque, Antonio tuvo que reconocer que no tenía la menor idea.

Francisco Miranda y yo fuimos encargados de dar la consulta médica en La Bocana, pequeño poblado que se encuentra en la margen izquierda de la enorme boca (de ahí su nombre) que se forma con la entrada del mar que sigue profundo hasta Nancite, el poblado mayor de la isla. Éramos estudiantes de último año y estábamos capacitados para la atención de los pacientes que llegaran a la consulta. El camino desde Nancite a La Bocana no es tan largo, pero un pescador nos ofreció llevarnos en su bote. Por supuesto que aprovechamos la oferta: después de todo, había que cargar muchas cajas.

Nos instalamos en la pequeña escuelita de una sola aula, vieja y un poco destartalada. Colocamos nuestros equipos en su lugar, abrimos las cajas de medicamentos para, al otro día, empezar tempranito la consulta y aprovechar el aire mañanero. Ya era un tanto tarde y Francisco era poco conversador; así es que no nos quedó más remedio que buscar el piso y a dormir. Habíamos salido la noche anterior de San José para llegar de madrugada a Puntarenas a tomar la lancha, de manera que caímos como troncos.

No había pasado ni un minuto cuando sentí un tremendo piquetazo y de inmediato otro y otro, hasta que me enderecé en medio de aquel furibundo ataque. Francisco, por su parte, trataba de matar a los agresores con las palmas de la mano, pero mientras lo hacía, le picaban el dorso. Eran nubes de zancudos que, felices de encontrar sangre fresca, armaban un tremendo festín a costa nuestra.

Nos levantamos de inmediato en busca del foco para encontrar el repelente que habíamos traído de San José. Terrible descubrimiento: lo habíamos dejado en las otras cajas que se habían quedado en Nancite. Nada qué hacer. Encendimos las lámparas de canfín para que, según nosotros, los zancudos prefirieran la luz y nos dejaran en paz. Craso error: creo que más bien invitamos a venir a todos los que aún no se habían dado cuenta del fiestón que podrían armar con nosotros.

La situación se fue poniendo peliaguda; esto, sin agregar la enorme preocupación por la malaria, que para entonces reinaba en la isla. Una solución podría ser utilizar los medicamentos que llevábamos, porque no teníamos otra opción. Había una solución de calamina que daba el Ministerio de Salud para tratar dermatitis leves, por picaduras, salpullidos, lesiones de la rubéola, etc. Era una solución rosado-blanquecina que, al aplicarla, seca y deja una capa gruesita del producto. De inmediato nos colocamos, por todas las partes expuestas, la tal calamina. El problema era que se dormía sin sábana, porque el calor era muy intenso por las noches, sobre todo cuando el mar estaba en vaciante.

Por lo menos se nos refrescó la piel en el área de los piquetes. No teníamos mosquiteros, así es que el concierto de flautas, clarinetes, trompetas y saxofones era intenso y directo al oído. No podíamos dormir, pero al menos no nos picaban tanto.

Pero la maldición del cacique Nicoya continuó casi inmediatamente. Con la intensa sudoración o transpiración (como dirían los chilenos), se nos corría la calamina y nuestros enemigos atacaban de nuevo. Otra vez a encender la luz de las lámparas para ponernos más calamina y otra vez el sudor nos jugaba la mala pasada. Entonces alguno de los dos inventó que tal vez si nos aplicábamos una capa de antiácido blanco, una de calamina y otra de merthiolate, los zancudos desistirían de los piquetes.

No teníamos opción: nos pusimos el antiácido en toda la cabeza, la cara, el cuello, el pecho, los brazos, la espalda, la panza y las piernas; una vez seco, a continuación nos aplicamos la calamina por todas partes; y ya seca, el merthiolate. En la oscuridad, solo se le veían los ojos a Francisco: todo lo demás estaba cubierto con la mezcla salvadora. Nos encontrábamos tan desmoralizados, que por efecto de alguno de todos los embadurnamientos, nos dormimos a alguna hora de la noche o la madrugada.

Fue tan terrible la mala noche, que no oímos cantar a los gallos, ni vimos la gente aglomerada en la puerta, ni nada: estábamos como muertos. Un gran golpe en la puerta nos hizo despertar súbitamente. Yo creí que estaba temblando. La escuela se había levantado en basas, como todas las construcciones cercanas al mar, y los pasos y los movimientos estremecían la vieja construcción. Corrimos hacia la puerta, abrimos y salimos a ver quién nos buscaba. En el mismo momento vimos cómo la gente corría en todas direcciones, pegando gritos sin explicación alguna y volviendo a ver continuamente hacia atrás. Los chiquitos lloraban sin parar y las mujeres los levantaban en brazos para protegerlos.

Ni más ni menos, las mamás creyeron ver dos espantajos salidos del infierno, con la cara y los brazos enrojecidos como fuego; dos fantasmas brotados de los libros de terror, con el pelo blanco y rojo en parchones, la cara de muertos, las piernas blancas, en fin… Nosotros no entendíamos nada, hasta que a plena luz del sol volvimos a vernos y nos dimos cuenta de que realmente éramos verdaderos espectros, espíritus malos o aparecidos a pleno día.

Nos costó mucho calmar a la concurrencia. Explicamos la terrible noche que habíamos pasado con los zancudos y que sin mosquiteros ni repelentes no nos había quedado más que utilizar los medicamentos que traíamos. Les pedimos que, por favor, nos concedieran un tiempecito para quitarnos el embarrijo y bañarnos, y les aseguramos que de inmediato empezaríamos la consulta.

Yo me sentía calenturiento y tenía la cara y los brazos hinchados de tanto piquete. No había un centímetro de piel donde no estuvieran. La gente tan solidaria de La Bocana nos consiguió unas cáscaras de guácimo y nos pusimos la baba que suelta en las partes más afectadas; otra persona nos trajo tronquitos de malva en agua para hacer como una especie de gel y colocárnoslo en la cara. Mientras íbamos reponiéndonos, llegó desde Nancite la dotación de repelente que faltaba.

Cuando alzaba a los chiquitos para examinarlos en la camilla (una simple  banca de la escuela), algunos todavía suspiraban con estertores de llanto, como consecuencia del espanto que les habíamos causado.


COVID-19
Suscribase COVID-19

También podría gustarte Más del autor

Comentarios

Cargando...
La Revista es un medio de opinión libre y gratuito, pero necesitamos su apoyo, para poder continuar siéndolo Apóyanos aquí
Holler Box