Alvaro Salas: Madre solo hay una

Todo lo que sabemos es infinitamente menos que lo que ignoramos. William Harvey (1518-1657), médico y fisiólogo inglés.

Álvaro Salas ChavesMédico.

La Oficina de Campos de Trabajo de la UCR tenía un cronograma bien establecido para las visitas a Chira, porque en la isla no se disponía de un puesto de salud, y era muy importante dar seguimiento a los pacientes atendidos en las visitas anteriores.

Estaba atendiendo la consulta en la Bocana, una mañana soleada y tibia de marzo, cuando llegaron las señoras del comité organizador de la visita y con las que tenía bastante confianza. Venían a contarme que una muchacha recién casada (o “juntada”, que es lo mismo en esas regiones del país) se encontraba embarazada y tenía la pancita muy crecida, lo que las hacía creer que se trataba de gemelos. Una de ellas era la comadrona de la Bocana y, por supuesto, que tenía una gran experiencia, al menos mucha más que yo; la había examinado y no le cabía duda, pero quería que “el doctorcito” se los confirmara.

Terminada la consulta de la mañana, la mandamos a llamar para hacerle el expediente de embarazada. En Costa Rica, el binomio Madre-Hijo/a es tan importante, que el Ministerio de Salud cuenta con una papelería especial para garantizar el control y seguimiento del embarazo, en procura de los riesgos que se presentan en ese periodo tan trascendente de la vida de los dos.

Por fin llegó la muchacha. Me parece estar viéndola: blanca, muy rosadita, de ojos claros y un poco gordita. Una vez completado el interrogatorio, pasamos al examen médico y, por supuesto, al examen de la pancita. Todas ponían mucho cuidado a cada maniobra que yo hacía. Efectivamente, la altura uterina estaba muy por encima de la esperada, de acuerdo con las semanas de gestación que resultaban de la fecha de su última regla dada por la madre. En el examen con el fetoscopio, se podían escuchar dos corazones en posiciones diferentes. Eso confirmaba la posibilidad de gemelos o gemelas. Por supuesto que estalló una gran alegría en aquel pequeño rincón de examen de la escuelita de Bocana. Hay pocas cosas que generen tanta alegría en la consulta de prenatales como decirle a la gestante: -¡Señora, son gemelitos!

Así las cosas, alistamos la papelería -el famoso pasaporte materno que llamábamos-, por si la paciente tenía que salir a Puntarenas antes de que nosotros volviéramos a Chira. Luego vino la charla y los consejos que la futura madre debía cumplir estrictamente, para estar tranquilos y conseguir que todo saliera bien. La muchacha tenía unos siete meses de embarazo y nosotros habíamos planeado regresar en dos, así que estaríamos casi completos.

Efectivamente, regresamos al filo de los nueve meses. Estaba gordísima. Le costaba mucho moverse y con mucho esfuerzo logramos acostarla en la banquita de la escuela de la Bocana. El examen no dejó dudas de que se trataba de un embarazo gemelar y revisé la papelería con la información de final del embarazo. Dejaba claras indicaciones de sacarla a Puntarenas apenas se pudiera, y esperar allá, cerca del Hospital Monseñor Sanabria. Era una primeriza, con kilos de más y de baja estatura, de manera que resultaba muy importante un parto hospitalario, donde se pudiera practicar una operación cesárea, sin riesgo para la madre ni el bebé -o los bebés, como pensábamos.

Durante el examen del abdomen, noté que uno de los gemelos estaba encajado. Esta es una situación obstétrica que significa, en este caso, que el primer gemelo por nacer está en el canal del parto y ya tiene la cabeza allí, de manera que el médico examinador no se la puede palpar. Este hallazgo nos habla de que el niño ha descendido bastante y que el parto está próximo. Contrariamente a lo que se podría entender, es un signo positivo, pues indica que el embarazo está bien y que todo se prepara para un parto inminente.

Durante el examen, yo dije claramente:

-“Ya no le palpo la cabeza, está encajado”, una expresión absolutamente normal entre médicos. Eso fue todo. Nos despedimos muy contentos porque todo iba muy bien y advertimos a la mujer que ahora solo debería seguir las indicaciones. Le deseamos buena suerte y le recomendamos que se fuera tranquila.

Pasaron varios meses y me tocó volver a la Bocana. Era tan agradable ir a Chira, que cada vez que solicitaban voluntarios yo levantaba la mano primero. Creo que la isla de Chira la llevábamos en el corazón. Sentíamos una emoción enorme por estar allí. Hasta el día de hoy tengo en mi retina las tardes pescando con la gente de Palito, en el canal que se forma entre Chira y puerto Thiel. Todas las tardes, las familias de Palito se iban a pescar en unos pequeños botes que tenían un cajoncito en el centro, para colocar allí la carnada viva. Perforaban la parte de abajo para que el agua entrara y ponían dos tablas selladas con brea, para que el agua no pasara al resto del botecito.
¡Cómo olvidar a las mujeres viniendo desde la orilla en un pequeño botecito con café negro para todos, incluido yo, por supuesto! El café sabía a gloria, en aquel ambiente marino, en que el sol se ponía al otro lado de la Península de Nicoya y creaba una penumbra de color amarillo rojizo que se iba transformando lentamente en rojo oscuro, hasta llegar a un morado intenso. Eran tan densos los colores, que se tenía la sensación de poder cogerlos con la mano.

Cuando aparecía el morado, se sentía un viento frío intenso y caía la noche. A lo lejos se oían los gritos de los pescadores de un extremo a otro del canal, recogiendo a la gente para regresar a Palito.

Volvimos a Chira, y de nuevo a la Bocana. Me esperaban, como siempre, con gran alegría y entusiasmo. La gente agradecía mucho a los “muchachos” que los visitaran y les atendieran sus males. Además de llevarles remedios tan escasos por esos rumbos. Eran tan agradecidos, que en la madrugada, cuando llegaban los pescadores después de pasar toda la noche en el golfo, nos traían los mejores pargos rojos fritos para el desayuno, ¡Qué delicia! ¡Se deshacían en la boca!

Pero yo quería saber de la muchacha de los gemelos y pregunté por ella. Me dijeron que pronto vendría.

Efectivamente, la vi llegar a la escuela cargando unas bellísimas gemelitas, una en cada brazo, rubias y de ojos azules como la madre. Sin embargo, mi alegría desentonaba con la cara seria de la madre. Yo esperaba un encuentro amistoso, feliz; pero por la expresión de pocos amigos de la madre, parecía que esto no iba a producirse.

Pues bien, cuando ya le correspondió su turno, le pregunté cómo le había ido con el parto y cuanto habían pesado las gemelas, además de otros detalles. Pero me interrumpió para decirme:
-“Se las traigo, para que vea que tienen cabeza, no como usted dijo, que no tenían”.

¡Vaya sorpresa! Por más que le expliqué y acepté que había sido un error de mi parte hablar en términos médicos, nada valió. Se puso de pie, dio media vuelta y se fue. Si no es porque las señoras la convencieron, ella no habría regresado. Al día siguiente volvió a venir, con aspecto reticente, para poner las gemelas en control de niño sano e inscribirse ella en Planificación Familiar. Podía imaginar el gran sufrimiento de esa madre durante todo el parto, ante el temor de que las gemelas no tuvieran cabeza.

La dolorosa lección estaba aprendida

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