Alvaro Salas: Un recuerdo de Los Hicsos para refrescar la memoria

La música realmente es la mediadora entre la vida de los sentidos y el espíritu. Ludwig Van Beethoven (1827-1870), laureado compositor musical alemán.

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Alvaro Salas ChavesMédico.

Durante el año del servicio médico-social, con el Ministerio de Salud en Nicoya; tenía a cargo la unidad móvil que recorría los puestos de salud de los tres cantones peninsulares: además de Nicoya, Hojancha y Santa Cruz. Salíamos todas las mañanas del Centro de Salud, -antigua Unidad Sanitaria por muchos años y nada menos que la vieja Alcaldía de Nicoya-, donde se reunió el cabildo que se decidió por la anexión a Costa Rica.

Tenía un viejo Scout International, 4X2, automático, de gasolina, con un motor de ocho cilindros en V, como se dice técnicamente. Lo único que significaba, en realidad, era que consumía demasiada gasolina. Eran generalmente donaciones de ciertos países, donde este último factor no era importante, al menos en esa época, anterior a la crisis del petróleo, allá por los años setenta, del siglo pasado.

Aparte de Juan Esquivel, el chofer, viajaban dos enfermeras auxiliares, con gran experiencia en el trabajo comunitario. Ellas fueron las que me enseñaron todo acerca de “la medicina rural”. Trabajábamos sin ninguna comodidad. No teníamos ni siquiera el equipamiento básico: todo se hacía con las uñas, pero con muchas ganas. Llevábamos, además, los medicamentos que necesitábamos en una presentación de galón, de las típicas del Ministerio de Salud de aquel entonces. Los pacientes llevaban frasquitos de vidrio bien lavados. Ahí les entregábamos los medicamentos, bien etiquetados, con la prescripción correcta, para evitar una intoxicación. Llevábamos, también, todos los “anti”: antitusivo, antiácido, antidiarreico, antialérgico, antiasmático; equipos de curación, de sutura, de cateterización vesical (para sondear pacientes) y, sobre todo, de citología vaginal para el control del cáncer cérvico-uterino.

Debíamos completar, además, toda la papelería necesaria para reportar administrativamente las acciones sanitarias que realizábamos. Las estadísticas nos permitirían confeccionar el informe mensual de labores que debíamos entregar a la Dirección Regional del Ministerio en Puntarenas.

Era un día lunes y teníamos que visitar la comunidad de Villarreal de Santa Cruz, a solo dos kilómetros de Playa Tamarindo. Era un viaje largo y fatigoso, porque la carretera entre Santa Cruz y Villarreal era un terrible polvazal en verano y un solo barrial en invierno. Así eran casi todos los caminos en Guanacaste por esos días. Se formaba una gradilla en la carretera, que nos mantenía bien batiditos durante todo el viaje. Algo raro pasaba con el lastre que le echaban. Con la lluvia intensa del invierno, se lavaba la calle como en segmentos, con una regularización tal, que casi se podía medir la distancia exacta entre gradilla y gradilla. En algunas partes, se había lavado del todo y se formaban extensas lagunas de barro: hay que recordar que la zona era tan llana, que la llamábamos “la bajura”.

En verano, con aquel intenso sol, se secaba todo y al paso de los carros, se levantaban nubes de polvo que se metían por todas partes. Llegábamos a Nicoya de regreso, bañados en un polvo amarillento-rojizo que se pegaba al cuerpo, por la intensa sudoración producida por el intenso calor guanacasteco.

Llegamos al puesto de salud. Era una pequeña casa de interés social que el IMAS (Instituto Mixto de Ayuda Social) le donaba al Ministerio. El objetivo era completar la extensión de cobertura de los servicios de salud del primer nivel de atención. Como se comprenderá, la incomodidad y el hacinamiento hacían que las condiciones de trabajo fueran muy difíciles. La gente se aglomeraba en todas las pequeñas habitaciones: unos venían para curaciones de enfermería; otros, para retirar medicamentos; algunos, para anotarse en la consulta de medicina general. Y los hombres tenían que salir, simplemente porque no cabían.

Por cierto que estábamos muy contentos con la donación. Antes de ese importante acuerdo con el IMAS, la consulta médica se daba en las aulas de la escuela, donde no había ninguna privacidad y hasta tenían que suspenderse las clases.

Llegábamos temprano para aprovechar “la fresca”. El asunto era que después de las diez antemeridiano., el calor era realmente sofocante, dado que la casita no tenía cielorraso, solo el candente zinc del techo, ubicado directamente sobre nuestras cabezas. Era tanta la gente que sentíamos que nos faltaba el aire. Imaginemos, por un instante, un cuartito de esos pequeñisimos, con la puerta y la ventana cerradas, para mantener la privacidad de los pacientes.
Si bien la situación era realmente difícil, uno terminaba acostumbrándose a todo. Y la misión era tan importante, que ¡al diablo con las incomodidades!

El primer grupo de pacientes que atendíamos eran las embarazadas y los niños, para que pudieran irse temprano. Muchas de ellas -las más pobres- tenían que caminar varias horas para llegar a sus casas; otras venían a caballo, lo que les facilitaba el regreso.

Se tenía establecida una programación de las actividades, para que las enfermeras me asistieran en la primera parte y también ellas pudieran hacer su propio trabajo.

Ese día, como siempre, pasé a las “gorditas” primero y, luego, a las que iniciaban el control prenatal por primera vez. Aproximadamente a las once antemeridiano., entró una muchacha en sus veintes, muy arregladilla y muy bien pintadita. Inicié el interrogatorio con la información propia del control prenatal. Los datos generales ya los había tomado la enfermera en el otro “consultorio”. Después de saludarla, le dije:

-Señora, ¿podría decirme la fecha de su última regla, por favor?

Este es un dato obligado para calcular la edad de gestación y, de esa manera, deducir la fecha probable de parto. Noté que al hacerle la pregunta, la muchacha se quedó muy seria. Ella repitió la pregunta, como haciéndosela nuevamente a sí misma: -¿La fecha de la última regla? Y de inmediato agregó:

-Usted sabe doctor, no sé cuándo fue la fecha de mi última regla. No me acuerdo ¿Cuándo sería? No, no: no me puedo acordar, pero permítame hacerle la pregunta a una amiga que me acompaña.
Me quedé algo sorprendido, porque usualmente las mujeres guardan esa información como asunto muy personal.
Cuál no sería mi asombro, cuando la mujer se puso de pie y entreabrió la puerta del consultorio. La salita de espera estaba llena de gente apretujada, y desde la puerta le gritó a su amiga, que estaría ubicada en algún lugar:
– Leila, ¿cuando fue que vinieron los Hicsos?
Los Hicsos era un conjunto musical de moda, muy popular en esos días. Habían venido a amenizar un baile a Villarreal. Este fue un acontecimiento en toda la región, desde Liberia hasta Nicoya, pasando por Filadelfia y Santa Cruz. Aún más: según los entendidos, había sido el acontecimiento musical del año.

La otra muchacha, sin tener la menor idea de lo que realmente le preguntaban, le contestó de la misma manera:
-¡El 24 de julio, fue para las fiestas de la Anexión!

La muchacha se volvió hacia mí y desde la puerta me dijo, con absoluta seriedad:
-El 24 de julio, doctor.

Ahí fui yo el que no pudo contener la risa y tuve que salir a carcajearme afuera. Me imaginaba el tremendo bailongo, las correrías por las afueras del salón, los romances fugaces que surgieron, los afectos y desafectos que brotaron. En fin, quién se iba a estar acordando de la fecha de la última regla, en aquel ambientazo.

La gente no entendía lo que pasaba, y los hombres que estaban esperando afuera, se reían, viendo cómo tenía que sostenerme la panza, para reír sin control. Todo un homenaje para Los Hicsos, sin duda.

Estas son algunas de las características de nuestro querido pueblo guanacasteco: gentes que dicen todo con absoluta claridad.

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