Alvaro Salas ChavesMédico.

La Oficina de Campos de Trabajo de la Escuela de Medicina de la Universidad de Costa Rica, organizó un programa de visitas a los colonos que adquirían parcelas para el cultivo de granos, plátanos, yuca, ñampí, tiquizque, etc. Eran los años setenta de la Reforma Agraria Costarricense para los campesinos sin tierra. Nos correspondía, esta vez Cariari, una finca enorme allá por Guápiles, en coordinación con el Instituto de Tierras y Colonización (ITCO). La gente de allá pronunciaba “Isco” (hoy rebautizado como Instituto de Desarrollo Agropecuario, IDA). El ITCO corría con los gastos del transporte y la alimentación y nosotros atendíamos a los colonos y sus familias.

En los setentas había un gran compromiso de los estudiantes universitarios con los campesinos costarricenses que, con mucho esfuerzo, hacían posible la educación superior para los estudiantes de todos los sectores económicos y clases sociales de Costa Rica. Por otra parte, había solo una universidad pública para todos. La Oficina de Campos de Trabajo era la expresión concreta de ese compromiso. Los estudiantes de medicina, farmacia, trabajo social, microbiología, odontología y, posteriormente, enfermería y agronomía, organizábamos salidas con los equipos de la Universidad de Costa Rica. Las muestras médicas nos las regalaban en los consultorios médicos privados para visitar las comunidades más remotas del país, dado que el Ministerio de Salubridad Pública (MSP) no tenía infraestructura ni personal en esos lugares.

Eran años muy difíciles para todos en Costa Rica. La mortalidad infantil era de 48 por mil nacidos vivos (hoy cerca de 9 /1000 n.v.) La desnutrición en niños y en adultos campeaba por todas partes. La mortalidad materna era altísima: 20 / 10.000 partos (hoy cerca de 1.3 /10.000). Generalmente se producía por la infección o por hemorragias post parto ocurridas por atenciones en la casa en lugares remotos, sin personal preparado para ese fin.

El asunto es que los estudiantes de último año de la carrera de medicina eran los coordinadores, junto con los otros y las otras que cursaban carreras afines y conformaban un grupo de trabajo para la atención de los pacientes, que llegarían en gran número a los lugares donde previamente se anunciaban por la radio.

Salimos al mediodía de la estación de la Northern Railway, en San José, rumbo a Siquirres y de allí, en otro tren, a Guápiles. Finalmente, en los jeeps del ITCO, nos fuimos por un camino infernal lleno de  piedras de río hasta la finca Cariari. Íbamos cargados de cajas con medicinas, termos con vacunas, microscopios y el equipo mínimo de laboratorio, instrumental de odontología y material de enfermería. Pero sobre todo con mucho entusiasmo y alegría. Llegamos de noche, ya tarde, sin saber con claridad adónde habíamos aterrizado.

Al siguiente día, empezamos a reconocer el lugar. Cariari era un asentamiento campesino. Constaba de la casa del capataz de la finca y bodegas con equipo y materiales agrícolas medio guardados; un centro comunal que en realidad era un galerón para reuniones y turnos, ubicado frente a la plaza de deportes, apenas tractoreada, sin zacate; una pulpería y cantina al otro lado de la plaza y tres o cuatro casitas a un costado de esta. Eso nada más era Cariari. Lo restante eran parcelas donde construían primero un ranchito y después una media casita.

Ordenamos las cajas de acuerdo con los lugares donde se prestarían “los servicios”. Así organizamos lo que llamaríamos, eufemísticamente, la consulta externa, el laboratorio clínico, odontología, la farmacia, enfermería, más las bancas restantes para que el público se sentara. La gente empezó a aglomerarse en gran cantidad. Las primeras en llegar eran las señoras embarazadas, agotadas y sudando copiosamente por el largo camino recorrido a pie, desde sus parcelas a kilómetros de allí y cargando la marimbita de chiquitos. Pocos hombres y muchos curiosos que venían a averiguar en qué consistía aquel asunto, posiblemente para ver si se animaban a llegar allí otro día. Estaríamos una semana completa.

Las señoras venían con sus mejores vestiditos, hechos por ellas mismas, posiblemente; algunos de colores encendidos, con vuelitos por aquí y por allá, pero todas con pañitos para espantar los moscos y mosquitos que en grandes cantidades existían por esos rumbos de la Patria. ¡Qué pobreza, Dios santo! ¡Qué sacrificio tan grande! Se trataba de gentes traídas generalmente de la meseta central, de Atenas, Palmares, Puriscal, Ciudad Colón, que no conocían las inclemencias del Atlántico, los intensos calores y la humedad asfixiante, la malaria, el papalomoyo, el manejo de botes para cruzar los inmensos ríos como el Pacuare, que se agiganta para desembocar en la costa atlántica. Este río ha sido siempre responsable de la muerte de cientos de lugareños, por las cabezas de agua tremendas que bajan desde las montañas del volcán Turrialba.

Poco a poco fue organizándose la consulta y empezaron a llegar las primeras recetas para despachar en nuestra precaria farmacia (exactamente sobre las tablas donde los lugareños jugaban lotería cuando hacían turnos). Llegaron también las primeras solicitudes para el laboratorio que no terminaba de organizarse por la gran cantidad de equipo y materiales que requiere. Se inició la revisión dental de los niños y de las mujeres embarazadas

Así transcurrieron los primeros días, cada vez con más gente y más trabajo en la totalidad de las disciplinas del área de la salud presentes.

Una tarde caliente y abochornada, pero con una puesta de sol preciosa, llegó a consultar a odontología un niño con la típica pinta de los colonos de su edad. Descalzo, a panza pelada con un solo botón y un pantaloncillo corto rojo (evidentemente, sin calzoncillo) y con aspecto de haber pertenecido a todos sus hermanos mayores. Había llegado a caballo, “en pelo” (sin silla de montar) y se tiró desde las grupas del caballo con la tradicional agilidad de los que practican todos los días tal aterrizaje.

Se dirigió a Odontología, donde planteó su queja. Se trataba de una muela que le venía doliendo hacía tiempo y había decidido sacársela de una vez. Cuando se le preguntó por su madre o su padre, sencillamente dijo que ellos estaban muy ocupados y que por eso él había venido solo.

Allan Varela, nuestro odontólogo estrella, valoró la salud bucal de nuestro amigo, comprobó que tenía una pieza muy cariada, le puso la anestesia y alistó las tenazas para la extracción. Nos llamó mucho la atención que no se quejó de ningún dolor ni molestia, cosa extraña en odontología y especialmente en un niño. Se sentó en una banca por ahí y esperó a que le hiciera efecto. Al llamarlo, se comprobó que la pieza ya no podía ser reparada, por su mal estado. En un solo brinco cayó sentado en nuestra silla dental portátil cedida por el Ministerio de Salud.

Allan empezó a tratar de mover la pieza de un lado para el otro y, luego, hizo la tracción hacia fuera. El niño no se quejó por nada y solo colaboraba abriendo bien la boca.

Cuando extrajo la pieza, el odontólogo notó que tenía una de sus raíces en forma de gancho. Al ver de nuevo al niño, se dio cuenta de que sangraba mucho. Le puso una gasa y le pidió que mordiera duro. Al rato de hacer presión, se la retiró, pero el pequeño seguía sangrando intensamente. Parecía que la arteria alveolar (la que va por la mandíbula) había sufrido algún desgarre o que algo muy  grave había pasado. Le colocó otra gasa con gelfón, un medicamento que favorece la coagulación. El niño mordió duro y se mantuvo así un buen reto.

Para entonces, ya la luz del día se había ido y estábamos en total oscuridad. En Cariari no había luz eléctrica y nos alumbrábamos con focos y lámparas de canfín. Pero en Odontología, necesitábamos una tremenda lámpara como la de los consultorios en San José para poder valorar correctamente la situación.

Ese día, el ITCO nos había invitado a comer a Guápiles. Les dijimos que se fueran adelante y que nosotros llegaríamos después, una vez que comprobáramos que la situación del sangrado del niño estuviera controlada. La única luz que teníamos era la de un otoscopio (pequeña lámpara para examinar los oídos), la que resultaba, “a todas luces”, insuficiente.

En medio de la tremenda angustia que se fue generando, se retiró nuevamente la gasa, empapada en sangre, pero el niño seguía sangrando activamente. Nuestro pequeño amigo ni se inmutaba. Abría la boca cada vez que se le pedía y mordía otras tantas.

Discutimos el caso y llegamos a la conclusión de que había que “empacar” la encía con gelfón y una gasa, colocar una sutura de cuatro puntos para “amarrar” el empaque y dejar así un día para ver cómo evolucionaba. Sin luz, solo con la escasa que salía del otoscopio, sudando la muerte por la angustia, Allan preparó el empaque y yo la sutura. Con la boca del niño bien abierta y después de que escupió más sangre, colocamos el empaque sobre la encía abierta y yo puse el primer punto atrás. Recé todo lo que sabía y puse el segundo punto, casi a tientas, soqué el hilo y anudé. Me vine adelante y puse otro punto. Me temblaba todo el cuerpo, sentía el sudor que me corría por la espalda y agregué el último punto. Anudé con fuerza y continué  rezando para que el empaque no se hubiera movido.

Nos sentamos con “el hombre”. Sudando copiosamente entre los guantes, le explicamos que no tenía que comer cosas duras, que si sangraba mucho se viniera de inmediato y lo llevaríamos a Guápiles o a Limón. Le recomendamos que explicara a los padres lo sucedido. En fin, mil recomendaciones más, y la más importante: que volviera al día siguiente temprano, para que no se asoleara. Le advertimos que tenía que venir o lo iríamos a buscar a la casa. Verificamos nuevamente que no estuviera sangrando y lo despedimos.

Sin decir una palabra, en tres brincos cayó sobre su caballo y salió a toda velocidad para su casa, por un camino que ya no se veía, por la oscuridad de la noche. Sin notarlo, habían pasado horas y había llegado la total oscuridad. Decidimos irnos aunque fuera tarde a Guápiles, cruzando los dedos para que las cosas mejoraran. Así pasaríamos al Hospital del Seguro Social, recién inaugurado, por más suturas y más gelfón, puesto que todo se nos había acabado con nuestro paciente estrella.

Guápiles aparecía ante nuestros ojos como Nueva York: tantas luces, música, carros y gente en la calle. Nos comimos un chop suey y regresamos otras dos horas hasta Cariari, pensando que mejor estaríamos cerca, en caso en que  el niño continuara mal.

Nadie durmió tranquilo. Al amanecer, nos levantamos temprano para esperarlo, pero no llegó. Cuando eran cerca de las diez de la mañana, entró por uno de los caminos como el llanero solitario, a toda velocidad, como lo había hecho el día anterior. Se tiró del caballo y llegó hasta nuestro consultorio odontológico. ¡Bendito Dios!: se había detenido el sangrado. Se le realizó una curación y se le ordenó venir al otro día para darlo de alta.  Se le hicieron otra vez mil advertencias.

De nuevo, como era su estilo, en un solo brinco montó en su caballo y salió a toda velocidad. Nunca más volvió.

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Por Alvaro Salas Chaves

Médico de profesión y Administrador Público, docente universitario, Consultor, fue Presidente Ejecutivo de la CCSS y posteriormente miembro de su Junta Directiva. Educación: estudió medicina en la Universidad de Costa Rica, posteriormente hizo estudios de Health Services Administration and Planning en la University of Leeds y también obtuvo su Master’s degree en la Harvard University, John F. Kennedy School of Government. Contacto: alvarosalas158@gmail.com