Ana Victoria Badilla, Licenciada en Derecho por la Universidad de Costa Rica, Máster en Derecho Público

En los últimos días, los noticiarios presentaron la imagen de una madre angustiada, llorando amargamente al lamentar la muerte de su joven hijo. La imagen era tan dolorosa que cada vez que la vi, fue imposible evitar mis propias lágrimas; narraba la señora que su hijo no fue atendido por no estar asegurado, y describía la ausencia de empatía del personal médico y administrativo de una clínica del Seguro Social ante sus súplicas, cuando su hijo se puso muy mal de regreso a su casa sin haber recibido atención, el ruego de la señora era: “Jacob no se me muera”

Cabe señalar que son muchas las denuncias que se han presentado en relación con ese nosocomio-. Sin embargo, la verdad real en el caso concreto del joven Alonso Jacob Chavarría será la que se dilucide después de que se realice la investigación correspondiente, se cumpla con el procedimiento de rigor y se determine la responsabilidad del o los funcionarios involucrados.

La crudeza de la denuncia me hizo pensar que, si bien en muchos casos el personal administrativo carece de la capacidad necesaria para tratar a los pacientes, el médico debe tener una sensibilidad particular, sin olvidar que hizo un juramento que debería regir todas sus acciones: proteger el bien más preciado del ser humano: la vida. Así lo acepta y declara el profesional al juramentarse ante el colegio: “Practicaré mi profesión con conciencia y dignidad. La salud de mis pacientes será el objetivo prioritario de mi trabajo.”  (juramento Hipocrático)

Tanto los funcionarios administrativos como el personal médico deben tener claro que el objeto de su trabajo es el ser humano, es decir, la obra cumbre de la creación divina, y que por tanto merece respeto y consideración, lo que hace que como lo señalaba el médico Mosé Ben Maimón (Maimonides), la medicina sea una misión totalmente personal.

He presenciado la rudeza y arrogancia con que algunos funcionarios: secretarias, enfermeras, auxiliares y aún médicos, tratan a los pacientes; olvidan esas personas que el dolor y la angustia del paciente, se proyecta en los familiares que lo acompañan. Sería muy conveniente que al escoger a las personas que brindarán servicios en los hospitales, se les advierta la obligatoriedad de tratar a los pacientes como seres humanos dolientes: nadie visita un hospital por distracción sino porque- como paciente o como pariente- enfrenta dolor y sufrimiento y por tanto se requiere comprensión y empatía del personal hospitalario, el cual debe trabajar por amor al prójimo y no solo al salario.

Por su parte el médico es la clave para que tanto pacientes como allegados puedan enfrentar el sufrimiento y comprender la dimensión de la enfermedad, sus características y su posible evolución. El médico es un servidor de los demás y lo es por vocación, porque él lo escogió así desde que inició sus estudios, y con esa mística y ética debe desarrollar su labor profesional.

Para el paciente la comprensión y apoyo del médico le ayuda a sentir que hay un ser humano profesional que, junto a su familia, lucha por su bienestar. Esta situación es descrita con claridad por el escritor Maxence Van Der Meersch en su obra Cuerpos y Almas al narrar la sensación de la enferma ante el apoyo de los médicos que la atendían: ”Evelyne les esperaba. Al reunirse con ella, Domberlé le dio una palmadita en el hombro y pronunció algunas palabras de aliento y de confianza, unas palabras sencillas, buenas, casi paternales. Evelyne al marcharse, se sintió confortada.”

Para los familiares, un buen médico puede hacer que el dolor de la partida de un familiar sea asimilado de la mejor manera. Particularmente, he podido vivir esta experiencia al recibir el apoyo del Dr. Randall Pérez, Neurólogo, quien con su gran capacidad profesional y humana me hizo recordar al autor supracitado quien señaló: “No existe otra profesión en que a uno le ofrezcan de ese modo el corazón del hombre”. Quiera Dios que sigamos contando con profesionales como el citado galeno.

En el caso de Jacob, de ser cierto que hubo médicos que se negaron a atenderlo, éstos deberán responder ante sus creencias más sagradas y la muerte de este joven estará siempre en sus conciencias, pues como lo dice la oración de Maimonides, (oración de los médicos), en su eterna providencia, Dios los eligió para velar sobre la vida y la salud de sus criaturas.

Se requiere que las universidades inculquen en sus estudiantes (y desde luego la Caja Costarricense de Seguro Social con sus funcionarios), el valor del ser humano y la obligatoriedad de ser buenas personas considerando el dolor del enfermo y el derecho inmanente a toda persona a ser respetado en cualquier circunstancia; aunque fundamental, no basta la sabiduría académica sino se es una persona empática y comprensiva. Al respecto el Dr. Pablo Arango Restrepo, profesor de bioética en la Facultad de Medicina de la Universidad de la Sabana, Bogotá, en su artículo La Relación Médico-Paciente. Un ideal para el Siglo XXI, hace un llamado a los médicos señalando que “Es necesario recuperar el respeto por el paciente, por la persona humana doliente. El médico es un servidor de los demás. Volvamos a ser médicos, volvamos al Juramento Hipocrático: en pureza y santidad mantendré mi vida y mi arte. Ser médico es mucho más que tener conocimientos científicos, un científico sin humanidad puede ser fácilmente un bárbaro ilustrado. Es posible un ejercicio científico y humanístico de la medicina, debemos buscarlo y ayudar a establecerlo. Hay que ser un buen médico y un médico bueno.”

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