Mía Gallegos.

Paso rápidamente las páginas del libro Pequeña Ola de un Mar Extranjero, cuya autora es la periodista y también escritora, Anabeatriz Fernández González.

Paso las hojas y repaso, miro, respiro hondo y suspiro. Entonces me pregunto cómo le podría hacer una entrevista a una mujer que es diez años menor que yo. Una mujer que tiene dos hijas igual que yo. Una mujer que querría haber sido filósofa igual que yo. Entonces concluyo: es casi como mirarse en un espejo.  Y gracias al espejo y a los reflejos que miro, sé que podríamos hablar horas enteras de su familia, de la mía, de nuestras hijas y del sabor que nos deja la lectura.

Lo primero que le preguntaría mirándola a los ojos fijamente es por qué se demoró tanto en publicar… Además, el título tan sugerente de dónde sale… Iría más allá para decirle que en la palabra ola está encerrado todo el mar y que este, de acuerdo con los arquetipos del inconsciente es la madre, la placenta y lo que guardamos muy adentro de nosotros mismos.

Pero, para hacer una buena entrevista, además de leer, es necesario saber preguntar. Y aquí, ciertamente las interrogantes serían interminables.

Por ejemplo, me llamó muchísimo la atención hacia dónde dirige la mirada Ana Beatriz. Sé que hablar o escribir desde la mirada nos acerca a una filósofa que es mi maestra: María Zambrano, la española que escribió toda su obra en América debido al exilio de España en la época de Franco.

Saber mirar. Anabeatriz sabe mirar. Pero ¿qué es lo que en realidad capta su atención? Me parece que se detiene en la esfera de lo cotidiano. No busca tópicos sorprendentes, es su intimidad la que está poetizada o mejor dicho hechizada. Y ella me afirma que es muy observadora.

Al parecer cuanto mira posee una irradiación, eso puede verse en la prosa que lleva el nombre de Camelia y dice así: “El domingo me robé una camelia. Otra vez. De vuelta a casa, mi hermana y yo solemos arrancarlas de unos arbustos que subsisten en la acera. Abro la puerta, dejo en el perchero el sombrero con la bandera nicaragüense cosida…”

Ahí, en ese detalle, en ese encuentro cotidiano radica la esencia poética de Anabeatriz. Pero no puedo concluir aquí. Necesito seguir la ruta de su mirada.  Es una mirada reflexiva que tendrá que contarnos muchas cosas. Por ejemplo, se manifiesta una gran admiración y apego por su padre, periodista y político, por quien ella expresa un amor devoto. Por otra parte, está la figura materna: muy amada y también vista desde la compasión debido a que la madre estaba muy enferma al final de su vida.

Hace mucho aprendí, al leer a María Zambrano, que el sentimiento de la compasión es una conmoción que surgió en la humanidad antes que el amor.  Hablar de esa emoción en nuestros tiempos, frívolos, huidizos y de tantas carencias, me parece muy elocuente. Hay personas que nunca han sentido eso tan hermoso: la compasión.

Ahora, Anabeatriz y yo nos sentamos frente a frente en un restaurante que ofrece deliciosa repostería en el barrio Los Yoses.

Decido no preguntar, pienso que es mejor dejar la conversación en libertad, con toda la libertad que sea posible. Le expreso al inicio que la característica que más me llama la atención de su libro es la sutileza. Le digo que esta es un don, una gratuidad. Ella se ríe suavemente y me explica por qué se tardó tanto tiempo en publicar. Me dice que asistió a algunos talleres de poesía, pero en estos no encontró lo que buscaba. “Mi trabajo no era apreciado, no había una apertura hacia lo que yo presentaba. Tal vez no era bueno mi trabajo.”

“Luego, me marcó mucho la enfermedad y la muerte de mi padre, con quien tuve una relación entrañable, de mucha complicidad, muy amorosa, pese a que él vivía muy ocupado. Nos daba mucho seguimiento a los hijos. En esa época, yo leí un libro de Simone de Beauvoir: “Una muerte muy dulce”, en la que la escritora francesa habla de la muerte de su madre…  Además, leí “Paula” de Isabel Allende, que trata de la muerte de su hija. Con la lectura de esas dos obras entré en el misterio que es la muerte. Entré en una especie de ensimismamiento.  La muerte de mi padre fue como un salto de la conciencia como ser humana, como persona. Siempre había sido hija, pese a que ya en ese momento estaba casada y tenía dos hijas. Ya era una adulta, pero al enfrentar la muerte de papi, me sentí desprotegida.  Mientras él vivió siempre sentí su protección. De manera que tuve que dar ese salto tras su muerte. Yo sabía que mientras estuviera vivo, podría recurrir a él en todo sentido. Luego pasé por una depresión profunda. En mi caso la maternidad me hizo ser una persona muy vulnerable. Mi hija mayor recuerda esa época como caótica. Probablemente lo fue. Además, cobré verdadera conciencia de que no soy una persona creyente. Para quienes profesan algún tipo de fe esto les permite asirse a una tabla de salvación. Pero no fue este mi caso. Yo no tenía esa certidumbre. Mientras vivía el duelo, empecé a escribir. Eran unos relatos, no pretendía publicarlos. Se constituyeron en una especie de bitácora esporádica… No escribía todos los días, lo hacía en forma ocasional. Yo sentí el impulso de sacar todo lo que sentía por papi y por mi familia. Sabía que provenía de un hogar privilegiado, en el cual no faltó amor y nunca tuve dificultades económicas. En realidad, fue la pérdida de un amor muy tangible, muy matérico. En ese salto cuántico y cualitativo tomé conciencia de una comprensión distinta del mundo, comprendí que era huérfana.”

Un tiempo después, según entiendo, su madre enfermó, perdió la memoria.” Sí, la relación con ella fue diferente, pero nunca me faltó su amor y su cuidado. A veces había tensiones propias entre madre e hija”. Aquí la interrumpo y le digo que es la relación más difícil de construir y la más hermosa. Entonces ella me cuenta que fue un proceso muy fuerte. “Yo siempre decía: ella sigue siendo mi mamá, aunque haya perdido la memoria”.

“Fue en ese contexto del duelo por mis padres, en el cual fui escribiendo estos textos a lo largo de diez años. Si los observas, es notorio que están agrupados, narrados, pensando en lo que vive, con quién lo vive. En realidad, son relatos de plena autoconciencia”.

“Mi relato primero del libro Sobre la lengua materna en plural  “De las tareas más fascinantes de ser madre (hablo en primerísima persona singularísima,  y por lo tanto no incluyo a los papás ni al padre de mis hijas), es asumir del aprendizaje/enseñanza de la lengua materna”. Y luego añade: “El aprendizaje de dar a luz, de acompañarlas, me ha permitido entender qué es la vida. Busco que la comunicación fluya. Siento verdadero amor cuando ellas se acercan y me cuentan sus secretos”.

Le pregunto si tiene algunos escritos guardados y me sorprende. “En el libro hay un relato que se llama Evangelina, que era mi bisabuela. Ya tengo la idea de escribir una novela inspirada en ella. Sería una escritura fragmentada porque ese es mi estilo. Mi bisabuela era una mujer autónoma, originaria de Nicoya, una muy libre, que tuvo que hacer su vida. No aceptó llevar el apellido de su padre. Además, vivió en Nueva York. También me encanta el género epistolar, a lo mejor en esa novela puedo incluir una carta de Evangelina”.

Y llegamos al fin, luego de hablar durante una hora o más y luego de beber un delicioso té de Jamaica color rosa, tampoco faltaron unos deliciosos croissants con almendras. Hay días que una siente la vibración de lo bello. Feliz tarde y auguro muchos lectores para este primerísimo libro de Anabeatriz.

 

Por Mia Gallegos

Poeta y narradora, tiene una larga y galardonada trayectoria profesional. Su obra ha sido traducida al inglés y al francés. Forma parte de la Academia Costarricense de la Lengua Ha sido distinguida con el Premio Joven Creación (1976), el Premio Alfonsina Storni (1977), el Premio Rubén Darío del Verso Ilustrado (1983), el Premio Nacional Joaquín García Monge (1984) y el Premio Nacional Aquileo Echeverría (1985). Entre sus publicaciones, destacan Golpe de albas (1977), Los reductos del sol (1985), El claustro elegido (1989), Los días y los sueños (1995), El umbral de las horas (2006) y Deslumbrada (2013).