Anabelle Aguilar Brealey: El que no tiene minga tiene mandinga

Desde el gélido norte, en Canadá, y mientras rallo una triste zanahoria, como si deshojara una margarita, pienso con nostalgia en el futuro de mi patria.

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Anabelle Aguilar Brealey.

A la espera de la segunda vuelta electoral en Costa Rica se ha desatado una pelea infernal entre los partidarios de Rodrigo Chaves y de José María Figueres. Hay quienes dicen que parece una novela televisiva de las malas. Creo que va más allá de un asunto de ficción, esto es una tragedia griega, sin precedentes en el país. Nos “la estamos jugando”, tal cual.

Si es que yo tuviera a estos dos como candidatos para casarme, me quedaría soltera, sin lugar a dudas. El caso es que Costa Rica se va a tener que casar con uno de los dos.

Rodrigo Chaves demuestra que es más bomba que chicle. Muchos títulos y muchos cargos altos, pocos resultados, nada deslumbrante. Hay experiencias a nivel internacional que demuestran que individuos preparadísimos no lo han hecho nada bien en su desempeño como funcionarios públicos, como ejemplo el ecuatoriano Rafael Correa. No concluyo que la formación académica no es importante en estos casos. El mandatario puede rodearse de buenos ejecutivos, saber escuchar y seguir consejos, pero pareciera que la arrogancia de Chaves no se lo permitiría.

Dicen algunos que la vida privada de los candidatos no es problema de los electores, creo que el comportamiento que ha tenido a través de su existencia un hombre que aspira a la presidencia es determinante en el futuro de su desempeño. Veo en Chaves que algunas de sus actitudes pueden demostrar engaño, doblez, poca claridad. Esto no nos da seguridad para poner en sus manos el futuro del país. Si una analiza sus actitudes y declaraciones actuales, se da cuenta de que se lanza contra los medios de comunicación con agresión, disparando desde la cintura. No le da importancia al ámbito cultural, centro importantísimo de nuestra democracia. Arremete contra la Caja del Seguro Social y los médicos que han sido ejemplo siempre, más en estos tiempos de pandemia. Utiliza el sarcasmo, que es la ironía sin inteligencia. Da la impresión de tener un conejo o algo más escurridizo oculto en el sombrero. Recordemos que por la víspera se saca el día. En resumen. No da confianza.

Leo entrelíneas los programas de gobierno, no los encuentro para nada interesantes, tomando en cuenta que rara vez se cumplen. Es preferible ver el programa en el rostro y el comportamiento de los candidatos, en su historia. La situación en Costa Rica está tan grave y la desesperación es tal, que me recuerda a la Venezuela de 1998. En esta ocasión la gente votó por un desconocido, golpista, sin preparación alguna, un militar de segunda, Hugo Chávez.

Votaron por él incluso empresarios, intelectuales, y muchos aperados. A los quince días pude presenciar el arrepentimiento sin redención de muchos. En esa elección hubo un abstencionismo muy alto. Esperaban todos a un mesías, alguien que arreglara aquello que no había hecho bien la democracia. Veamos ahora la situación en que se encuentra este país.

Noto que casi nadie comenta por quién va a votar. Se van por las ramas “Que si no estoy seguro, que votaré en blanco, que ya veré”. Probablemente da hasta vergüenza manifestarse abiertamente por cualquiera de los dos.
Algunos llaman al abstencionismo al no verse representados. Otros lo hacen pensando desde ya en movimientos de resistencia con protestas u otras actividades desestabilizadoras, después de las elecciones. No se puede invocar a este tipo de acciones buscando un apocalipsis. Esto sería gravísimo. Sería el fin de nuestra democracia. Es jugar a la ruleta rusa ¿Qué esperan con esto? ¿Provocar el desorden? ¿Atraer la anarquía?

No pertenezco a ningún partido político ni voy a pertenecer. Soy un ser libre, no me ato a ninguna creencia ni ideología. Detesto los extremos, el fanatismo. Fui criada en democracia, fui a una escuela pública, donde todas éramos iguales. Después fui a un colegio privado, donde tuve una educación privilegiada. Fui mariachi de nacimiento. Viví muy pequeña la revolución del 48. Preparé sándwiches en mi casa para los testigos de mesa en todas las elecciones. Desfilé con banderas del Republicano por las calles de San José. Mi padre fue activista político. Luego me fui al exterior.

Don José María, pondré la X en su casilla, me temblará la mano. Mi voto es valioso y es público, es un voto protesta. Porque habiendo en Costa Rica tanta gente brillante y honesta que puede hacer lo mejor por el país, tenemos que conformarnos. Y más le vale a usted hacerlo bien, si es que gana, porque tiene una gran responsabilidad. No podemos dejar todo al garete, pero no podemos agarrar a la gente por el pescuezo para que voten. Si no votamos por el que ya sabemos más o menos por dónde va a saltar, sería como dejar el portillo abierto para que entre un toro guaco sin control al corral y haga un estropicio sin precedentes. Esto está como escoger con hambre entre un pan con moho y un pan duro. Pero no hay remedio.

Desde el gélido norte, en Canadá, y mientras rallo una triste zanahoria, como si deshojara una margarita, pienso con nostalgia en el futuro de mi patria.

 

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