Anauim Valerín. De Oscar Arias: Donald Trump y el ‘efecto espejo’

El ex Presidente nos recuerda la necesidad de la autocrítica como ejercicio diario y cotidiano para no caer en las garras de la intolerancia.

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Anauim Valerín PérezPeriodista.

En el artículo: “Donald Trump y el ‘efecto espejo” publicado en La Nación el 22/03/2020, el ex Presidente Oscar Arias se pregunta si nuestro rechazo a Trump no encontrará su explicación a que en el fondo de nuestra consciencia compartimos como pueblo aquellos antivalores relacionados con la xenofobia, la misoginia y el racismo. Interrogante que es a la vez una crítica directa a actitudes comunes y frecuentes, que hacen escarnio del inmigrante, de la mujer, del que es distinto, del diferente, de aquel o aquella que no calza de una u otra manera con la visión distorsionada por el lente del prejuicio.

“Nuestra xenofobia y nuestro racismo no están en ninguna de nuestras leyes. Mucho peor que eso: habitan y colonizan nuestras mentes y nuestros espíritus. Es fácil modificar una ley, pero erradicar un prejuicio enquistado en la mente de una colectividad es sumamente difícil. Es una tarea que llevaría siglos de desprogramación de estereotipos, de apertura de espíritus, de revisión de nuestros cánones éticos y humanos.”

El ex Presidente nos recuerda la necesidad de la autocrítica como ejercicio diario y cotidiano para no caer en las garras de la intolerancia, pero a la vez para recordar que siempre hemos sido un pueblo generoso con el que llega de fuera, con el extranjero que ha tenido que abandonar su patria obligado por las circunstancias y que carga como único equipaje su dolor, pero también su fe y la esperanza para encontrar en este pequeño país, un nuevo tiempo y una nueva historia.

Hoy que enfrentamos a nivel global una pandemia cuyo monstruoso impacto ni siquiera podemos imaginar en el plano humano y económico, vemos como el gobierno norteamericano a falta -al parecer- de políticas claras de salud pública, se ve disminuido para atender a los miles de pacientes demostrando que precisamente las líneas republicanas anti «ObamaCare», son  en buena medida responsables de lo que sucede en ese país.

Pero lo más asombroso es que a pesar de todo, Trump consigue mantener sus índices de popularidad, aún con sus planteamientos y defensa de lo que serían los antivalores -que ya señalé-. Este es buen tema para análisis más profundo.

Volviendo a lo nuestro, y para quienes no tuvieron la posibilidad de leer el artículo en mención, lo incorporo en este texto, sin antes de añadir que comparto y aplaudo que Oscar Arias de vez en cuando nos haga pensar y recapacitar sobre los valores y retos de la sociedad en términos de convivencia, respeto y paz.

 

Donald Trump y el ‘efecto espejo’
Óscar Arias Sánchez
La Nación

 

Dejemos de lado los patrioterismos y seamos realmente patriotas: el patrioterismo es ciego, fanático y etnocentrista; el patriotismo se revela en la capacidad de autocrítica: es riguroso y objetivo. Ahora bien, visto desde la perspectiva del patriotismo, podríamos concluir que nuestro repudio hacia Trump obedece, en alguna medida, al “efecto espejo”. Muchos de nosotros repudiamos en él las cosas que repudiamos también en nosotros mismos porque la verdad es que Costa Rica también es xenófoba, racista, misógina y etnocentrista, no de la manera como lo es Trump, sino de un modo más implícito, más velado, pero igualmente insidioso.
Nuestra xenofobia y nuestro racismo no están en ninguna de nuestras leyes. Mucho peor que eso: habitan y colonizan nuestras mentes y nuestros espíritus. Es fácil modificar una ley, pero erradicar un prejuicio enquistado en la mente de una colectividad es sumamente difícil. Es una tarea que llevaría siglos de desprogramación de estereotipos, de apertura de espíritus, de revisión de nuestros cánones éticos y humanos.
Es en el subconsciente colectivo de una nación donde hacen nido los prejuicios: nacen con una palabra, con un chiste de doble sentido, con una caricatura, con un meme, con un tuit, con una murmuración, con una mirada burlona u hostil, o cuando no
El presidente de EE. UU. representa los peores antivalores, pero ¿qué tal si vemos cómo anda nuestra propia sociedad?
aceptamos que todos los seres humanos somos diferentes y no logramos integrar esas diferencias a nuestras culturas.
Que Donald Trump nos sirva como un propiciador de la autocrítica: he ahí lo que debemos procurar. La historia de nuestro país se ha caracterizado por su hospitalidad, por acoger con brazos abiertos a los migrantes que han llegado de diversas latitudes, los que vienen de Nicaragua, de Colombia, de República Dominicana, de Venezuela y de países menos afortunados que el nuestro, y que requerían de la mano salvadora que se extiende para socorrer al náufrago que implora ayuda.
Como lo he dicho muchas veces, la pobreza no necesita pasaporte para viajar. Nadie abandona su país, deja todo aquello que ama, se embarca en la amarga aventura de ir a buscar otra tierra, otra patria, si no es porque en su propio país es profundamente infeliz.
Ya ese solo hecho debería bastarnos para abrir nuestros brazos y recibirlos con amor y compasión. Y lo hemos hecho. Pero allá, en el fondo de nuestras conciencias, habitan aún algunas larvas de racismo y xenofobia. Lo dice un rasgo entre mil, uno que nunca miente: nuestro sentido del humor y la frecuencia con que nuestros migrantes son objetos del chiste degradante.
Debemos aprender que todos somos diferentes y que esas diferencias deben inspirarnos respeto. Que toda diferencia es irreductible y debemos celebrarla porque es parte de la infinita y hermosa diversidad humana. Diversidad de lenguas, de credos religiosos, de preferencias sexuales, de manifestaciones culturales, de cánones estéticos, de gastronomía. Diversidad en la manera de afrontar la vida.
Por más que queramos creerlo, no somos un país modelo, un país ideal, la utopía de Tomás Moro o la república de Platón. No encarnamos la quimera de la nación perfecta por la simple razón de que somos humanos, y lo propio del ser humano es errar y ser imperfecto. Pero avanzamos hacia esa arcadia, ese litoral entrevisto en lontananza, y eso es lo importante: ir en la dirección correcta. ¿Para nunca llegar? Puede ser, pero llegar no es aquí lo crucial. Lo crucial es cómo viajaremos hacia ese El Dorado, es la travesía y no el puerto de llegada. Hacer que ese viaje de la humanidad hacia lo mejor de sí misma sea efectuado en paz, en armonía, con solidaridad y mutua comprensión, y que celebremos el valor más preciado que tiene la especie humana: su diferencia, su alteridad.

 

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