Angie Rojas.

En un acuerdo demasiado prudente entre renuncia y razón, poco a poco almacenamos nuestros sentimientos en cajones con llave y madera pesada. Abrir uno solo de estos cajones, requiere sacudir con pequeños movimientos de un lado para otro, izquierda a derecha, izquierda a derecha, izquierda a derecha. Cuándo finalmente la desventaja que llevan los ejecutantes que han resuelto abrir el anaquel atorado de sus sueños, son bruscamente lanzados por un efecto que ha surgido desde el oscuro furioso cajón que nunca ha sido abierto por ninguna de nuestras adiestradas alegrías. Este es el comienzo de la aventura del soñador. ¿Qué hay de las hazañas sin un inicio gravoso?  Y ¿qué seríamos sin la pena que se cultiva con la corrección de un buena amonestación?.

Los atascados e intactos apresados actos, se escapan bruscamente cuando un corazón y una mente controlada retienen sus sueños, deseos y anhelos. Somos ahorrativamente excesivos de recuerdos, emociones y fantasías que cerramos con llaves de oro que muy convencidos titulamos razón, prudencia, cordura y paciencia. Mientras que en este estrecho rincón de espacios que se están llenando de un irónico vacío, sin darnos cuenta como, nosotros mismos desbaratamos los sueños que mañosamente acaban en adormecerse en nuestro propio poder, hasta que los ruidos de las alarmas de la nostalgia del tiempo nos van despertando en medio de pesadillas demasiado idénticas a la frustración. Los ejecutantes nos hemos levantado del suelo sabiendo que hemos utilizado la llave dorada que perfora realidades, el cajón nos ha mostrado que su contenido es solo nuestro. Y en algunos casos, la luz enfoca tesoros que no creíamos todavía conservados ni mucho menos con su agradable aroma memorial.