
Antonio de la Cruz
Director ejecutivo de Inter American Trends
La polarización no comienza cuando una democracia deja de votar. Comienza cuando sus ciudadanos dejan de compartir una realidad común y el adversario deja de ser un rival para convertirse en enemigo.
Hay cifras que describen una coyuntura y otras que, sin proponérselo, revelan una época. Las 832.944 menciones públicas analizadas por el Observatorio de Comunicación Digital sobre los principales actores políticos de Costa Rica pertenecen probablemente a la segunda categoría. No porque las redes sociales sean un sustituto de las urnas —no lo son—, sino porque permiten observar el lugar donde hoy comienza buena parte de la lucha por el poder: la batalla por definir qué significa la realidad.
Los datos publicados por La Nación son elocuentes. Durante los primeros cien días del gobierno de Laura Fernández, las menciones negativas sobre la presidenta pasaron del 23,5% en mayo al 42,8% en agosto. Las positivas, que inicialmente dominaban la conversación, terminaron prácticamente empatadas con las negativas. La luna de miel había terminado. Pero detenerse en esos porcentajes sería perder de vista el fenómeno verdaderamente importante.
Costa Rica está entrando en una batalla por el relato. Y las democracias pueden sobrevivir a gobiernos impopulares, huelgas, escándalos y crisis económicas. Lo que les resulta mucho más difícil sobrevivir es a la desaparición de un lenguaje político compartido.
El poder de nombrar
Antonio Gramsci comprendió que gobernar nunca consiste únicamente en administrar ministerios, controlar presupuestos o ganar elecciones. El poder duradero necesita algo más sofisticado: convertir determinada interpretación del mundo en sentido común.
Eso es hegemonía.
El gobierno costarricense conserva una formidable capacidad para colocar asuntos en la conversación. Sus conferencias de prensa, transmisiones digitales y mensajes directos permiten a la Presidencia saltarse intermediarios y hablar con sus seguidores sin someterse necesariamente al filtro del periodismo tradicional.
Pero existe una diferencia fundamental entre conseguir que una sociedad hable de un tema y conseguir que lo interprete como uno desea.
El informe permite observar esa paradoja. Seguridad produjo algunos de los mayores picos de conversación. La Operación Némesis superó las 40.000 menciones diarias. Otros episodios relacionados con criminalidad y seguridad volvieron a disparar la atención.
El Ejecutivo puede, por tanto, ocupar el escenario. Lo que ya no parece controlar con la misma facilidad es la reacción del público. Esa distinción podría definir la próxima etapa de la política costarricense.
La política convertida en relato
Toda historia necesita un sujeto, un objeto deseado, ayudantes y adversarios.
El sujeto gubernamental persigue legitimidad. El objeto es la confianza. El destinatario es el ciudadano. Seguridad, comunicación directa y liderazgo pueden convertirse en ayudantes. Prensa crítica, oposición y contrapesos institucionales pueden aparecer como obstáculos.
Pero existe otro relato simultáneo.
Ocho expresidentes —Óscar Arias, Rafael Ángel Calderón, José María Figueres, Miguel Ángel Rodríguez, Abel Pacheco, Laura Chinchilla, Luis Guillermo Solís y Carlos Alvarado— suscribieron una advertencia sobre el deterioro de la libertad de prensa después de reunirse con representantes de la Sociedad Interamericana de Prensa y del Comité para la Protección de los Periodistas. Rodrigo Chaves no firmó.
En ese segundo relato, el objeto ya no es gobernabilidad sino libertad de expresión; el protagonista es la institucionalidad democrática y el peligro es el deterioro de los límites que protegen al periodismo del poder.
Dos historias comienzan entonces a competir por explicar un mismo país.
El poder puede emitir mensajes, pero jamás posee completamente su significado. El receptor interpreta. Modifica. Rechaza. Parodia. Redistribuye.
En las democracias digitales, esta vieja verdad semiótica se ha convertido en un problema político gigantesco.
El nuevo campo de batalla
Facebook concentra el 31% del contenido estudiado; TikTok, 24%; sitios de noticias, 20%; X, 17%; YouTube, 7%, e Instagram, 1%. Más de la mitad de aquella conversación circuló, por tanto, entre Facebook y TikTok.
El antiguo modelo de comunicación política —gobierno, periódico, ciudadano— ha desaparecido.
Ahora tenemos un ecosistema.
Gobierno, periodistas, jueces, diputados, expresidentes, influencers, algoritmos, plataformas y ciudadanos se afectan recíprocamente. Una declaración presidencial provoca titulares; los titulares producen videos; los videos provocan comentarios; los comentarios modifican el clima político; ese clima condiciona la siguiente declaración presidencial.
Hay que desconfiar de la ingenua idea de que la información circula independientemente de las estructuras de poder. Hoy habría que añadir que los filtros ya no pertenecen exclusivamente a grandes medios. También pertenecen a algoritmos que recompensan atención, indignación y conflicto.
La mercancía política más escasa ya no es información.
Es atención.
Del adversario al enemigo
Aquí aparece el peligro.
El populismo necesita simplificar. Una democracia constitucional es interdependiente: tribunales, periodistas, parlamentos, procedimientos, organismos autónomos, minorías y reglas que limitan incluso a quien ganó las elecciones.
El relato populista ofrece una arquitectura mucho más seductora: pueblo contra élite.
Cuando esa frontera se consolida, el periodista deja de ser periodista y se convierte en adversario; el juez deja de interpretar la ley y pasa a obstaculizar al pueblo; el expresidente deja de expresar una preocupación y pasa a representar al viejo sistema.
La oposición puede cometer exactamente el mismo pecado en dirección contraria: convertir cualquier decisión del Ejecutivo en prueba definitiva de autoritarismo.
La política termina así colonizada por la teoría del enemigo.
Carl Jung habría reconocido detrás de este mecanismo la fuerza de la sombra: proyectamos sobre el otro aquello que amenaza nuestra identidad. El adversario deja entonces de estar equivocado. Se vuelve moralmente sospechoso.
Y cuando una democracia alcanza ese punto, negociar comienza a parecer traición.
Un gigantesco tablero de sitiar al oponente
Conviene imaginar la política costarricense menos como ajedrez y más como el arte de sitiar al oponente.
En el arte de sitiar al oponente no es indispensable destruir las piezas del adversario. Lo importante es ocupar territorio, rodearlo y reducir progresivamente su espacio.
Presidencia, Congreso, Poder Judicial, prensa, redes sociales y sociedad civil son territorios de ese tablero.
Quien domine uno solo no dominará Costa Rica.
La verdadera ventaja aparecerá cuando un actor consiga conectar varios espacios: atención, narrativa, identidad, movilización y legitimidad.
El Monopoly ofrece otra metáfora. Cada activo adquirido produce rentas que permiten adquirir el siguiente. En política puede funcionar igual:
atención genera narrativa; narrativa genera identidad; identidad genera movilización; movilización produce poder; poder compra todavía más atención.
Ese circuito explica por qué la disputa comunicacional importa tanto.
El espejismo de las redes
Existe, sin embargo, una advertencia indispensable.
832.944 menciones no significan 832.944 personas. El propio estudio señala que una misma cuenta puede producir múltiples contenidos. Por ello sería irresponsable convertir estos datos en una encuesta electoral.
La conversación no es todavía movimiento.
Para convertirse en poder político necesita atravesar otra frontera: pasar del comentario a la identidad compartida, de la identidad a la organización y de la organización a la movilización.
Y aquí el modelo de previsión o predicción política introduce una pregunta incómoda. Un gobierno no necesita satisfacer simultáneamente a toda la sociedad. Necesita preservar la coalición indispensable para gobernar.
Por eso popularidad digital y poder institucional son cosas diferentes.
Laura Fernández podría perder conversación y conservar poder. También podría conservar capacidad para imponer agenda mientras pierde progresivamente legitimidad. Ambos escenarios son posibles.
La verdadera advertencia
Quizás por eso el comunicado de los ocho expresidentes merece atención más allá de sus protagonistas. Recuerda que Costa Rica pasó del puesto 8 en 2022 al 36 en 2026 en la clasificación mundial de libertad de prensa de Reporteros Sin Fronteras.
Las democracias rara vez desaparecen en una ceremonia solemne. Se erosionan mediante pequeñas modificaciones del lenguaje.
El crítico se convierte en enemigo. El periodista, en conspirador. El juez, en obstáculo. El adversario, en traidor. La institución, en estorbo.
Hasta que un día la sociedad descubre que continúa celebrando elecciones, pero ha perdido algo que hacía posible la democracia: la legitimidad del otro para existir, disentir y fiscalizar.
Ese es el verdadero desafío que sugieren estos datos.
Costa Rica todavía posee instituciones, pluralismo, prensa y contrapesos capaces de disputar el significado del poder. Precisamente por eso la batalla actual importa. Porque el gobierno que domina la agenda no necesariamente domina el país.
En democracia, la victoria decisiva no consiste en lograr que todos hablen de uno. Consiste en impedir que, para escucharnos, tengamos primero que dejar de escuchar al otro.

