Apoteosis del «mae»

Nosotros le hemos dado al pachuco tarima, altoparlantes y tiempo de palabra irrestricto en los medios de comunicación, le aplaudimos sus gracejadas, celebramos sus ocurrencias, patentamos y divulgamos sus chabacanerías como si se tratasen de un nuevo evangelio del sentir popular

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Jacques Sagot, Pianista y escritor.

Cada cultura tiene su repertorio de términos más o menos espurios, de palabras -o palabrotas- donde el espíritu de la época encuentra nido y se hace conciencia. Son lo que Mallarmé «las contraseñas de la tribu”. Costa Rica, esa enorme tribu donde todos bailamos al son de los mismos tambores ideológicos, ha oficializado ya su contraseña. Una palabra que es mucho más que mera palabra: insignia, himno, canto guerrero de un pueblo postrado en la anemia del intelecto. “Mae” (corrupción del original ”maje”) es uno de esos vocablos que queriendo significarlo todo terminan por no significar nada. A semejanza de las palabras inglesas cool, awesome y radical, estamos aquí ante un vocablo hueco, vacío semántico, comodín lingüístico hecho depuro viento (estrictamente hablando, no hay palabras que no signifiquen nada, pero uso aquí la expresión de la misma manera en que decimos «esta comida no sabe a nada»: está claro que todo sabor sabe, y que todo significante significa, pero el «nada» debe ser entendido en este contexto como sinónimo de ambigüedad e imprecisión extremas en el caso lingüístico, y como insipidez superlativa en la instancia gastronómica aludida).

El término es hoy objeto de serias disquisiciones etimológicas, lingüísticas y sociológicas. Algunos estudiosos creen que «mae» es una deformación de la palabra castiza ”majo”. Otros sostienen que es más bien un apócope de “majestad” (eso fue por lo menos lo que le dijeron al Rey Juan Carlos Borbón durante su visita a Costa Rica en 1976). Yo, como músico que soy prefiero creer que cuando alguien en la calle me espeta el inevitable ”mae», hace con ello alusión respetuosa a mi condicion de «maestro». ¡Tres simples letras: m-a-e, convertidas en mot de passe de una generación que ha hecho del pachuquismo su gran estandarte espiritual! Bien conocida es la reflexión que alguna vez hizo Estrellita Cartín con respecto a esta obra maestra del habla popular tica, sorprendida al desgaire en medio de una conversación callejera: –”Mae: ¡qué mae más mae ese mae, mae!» Sin el auxilio providencial de la puntuación y la entonación, tal engendro idiomático sería estrictamente ininteligible.

El «mae» opera en nosotros como un nivelador automático, uno de los muchos mecanismos de emparejamiento que los ticos hemos creado en nuestro miedo endémico por la excelencia y la distinción. “Mae” es el Papa como podrían serlo la Madre Teresa de Calcuta, Beethoven, Cervantes o el más ínfimo pachuquillo de barriada. Claro que este último podrá no haber compuesto la Novena Sinfonía ni escrito El Quijote, pero ello en nada le hace inferior a tan distinguidos señores: ¡todos por igual somos ”maes»! Los ticos nos hermanamos fraternalmente por medio del «mae». Nuestro mal entendido concepto de democracia quiere que todos seamos hermaniticos, igualiticos, parejiticos… No nos damos cuenta de que, como decía Ortega y Gasset, es tan injusto tratar con desigualdad a quienes son iguales, como tratar igualitariamente a quienes no son iguales. ¡Pero qué le vamos a hacer! ¡Vivimos bajo la égida de su ”maestad» el ”mae»!

El «mae» es como el Ser de Parménides, como las mónadas de Leibniz, como Dios mismo: el concepto más laxo jamás creado, la palabra que engloba la totalidad del Lmiverso. Es plurifuncional puesto que puede fungir como sustantivo y adjetivo (”¡qué mae más mae!»), y además neutra (hombres y mujeres son por igual susceptibles de ”maeficación»). La posición contigua de las vocales “a” y «e», asociadas al género femenino y masculino respectivamente, le confieren a la palabreja cierta ambigüedad unisex que contribuye sin duda a su actual popularidad. Lo crean ustedes o no, hay gente que también usa el término «mae» para designar animales, plantas y aim aparatos electrodomésticos.

Ya lo dijo Confucio: «la corrupción de una nación comienza con la corrupción de su lenguaje”. Entre la y el pensamiento existe una relación circular y recíprocamente fecundante. La palabra es la novia del pensamiento. Pensar correctamente es conditio sine qua non del buen decir, pero también -y esto es lo que solemos ignorar- el uso lúcido y preciso de la palabra tiene un efecto modelador sobre el pensamiento. A la larga, todo pueblo que que se expresa mal termina por pensar mal.

Nosotros le hemos dado al pachuco tarima, altoparlantes y tiempo de palabra irrestricto en los medios de comunicación, le aplaudimos sus gracejadas, celebramos sus ocurrencias, patentamos y divulgamos sus chabacanerías como si se tratasen de un nuevo evangelio del sentir popular. El siguiente paso consistirá en erigirle un monumento en la Plaza de la Democracia, o de incluirlo en la letra del Himno Nacional. A fin de cuentas, el propósito de todo himno no es otro que el de exaltar la esencia espiritual de una nación en un momento histórico dado, ¿cierto? Nosotros hemos glorificado al pachuco, hemos hecho de él un héroe cultural, nos hemos, en suma, convertido en un país de ”maes super pura vida a los que les cuadra la vara y les gusta llevarla suave”. ¿No son esos valores los que por consiguiente deberían reflejar nuestras canciones patrióticas? Mi propuesta final es que se acuñe la palabra ”MAES” a manera de sigla, y que de conformidad con su noble significado fundemos un “Ministerio de Adocenamiento y Estupidización Sistematizados». No me cabe duda de que el proyecto contaría con el apoyo incondicional de nuestros gobernantes, y sería secundado por los medios de comunicación. Después de todo, ellos representan la voz del «mae», y como en toda forma de totalitarismo cultural, el rebuzno es decreto, dogma y sagrado deber cívico.

La Nación, «Tinta Fresca «, julio de 2000.

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