Aquellos pelicanos

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Elliot Coen Riba.

Volaba sobre la ola como un pelicano en busca de su caza.

Cuando era más niño mis padres tenían una pequeña casa en la playa. Era color amarillo huevo. El primer piso era de cemento y el segundo de madera. Tenía dos amplios cuartos, uno para hombres y otra para mujeres y como si se tratara de una fragata de guerra, solo camarotes tenía. Por su color huevo sobresalía de entre las palmeras y la gris arena que rodeaba la propiedad. Las vacaciones las pasábamos ahí.

En ese entonces la casa no tenía luz y poco importaba, porque  tampoco existían las compus ni los juegos de video que conectar. Los niños nos entreteníamos con lo que teníamos a nuestro alrededor. En el día nos bastaban los palos secos y las conchas de la playa para construir hermosos castillos de arena y por las noches jugábamos, entre las velas, a los naipes o monopoly, todos, padres e hijos al unísono.

Al ser las 5 de la tarde ya nos habíamos salido del agua. El horario de mar era muy estricto: en las mañanas de 9 a 11 y en las tardes de 2 a 4 cuando mucho. A las 4 todos a quitarnos el agua salada, pantaloneta limpia y a esperar la cena. Desde que salía del baño hasta las 6:00 o 6:30 que cenábamos cada uno buscaba su entretenimiento. Mi hermano practicaba nudos marinos, mis hermanas ayudaban en la cocina y yo, me sentaba en un palo seco en la playa a esperar el atardecer.

Como a las 5, si la marea está en creciente como ese día, los pescadores locales tiraban su red. Se les veía venir del sur de la playa hasta el frente de nuestra casa. Tiraban la red y mientras uno se bajaba a la playa, el otro pescador remaba dibujando una enorme U con su cayuco y al mismo tiempo iba soltando la red.  Cuando encallaba en la arena, descendía de su desteñida embarcación y empezaba a jalar la red junto con su compañeros. A veces ayudábamos. Ese día yo solo me quede mirando, pero mi hermanillo sí se unió a ellos.

Aquellos dos pescadores jalaban y jalaban. No se volvían a ver pero se entendían perfectamente. Estiraban la mano izquierda y jalaban, luego la derecha y jalaban. Sincronizados con la perfección de quienes han ensayado la misma escena toda la vida. Así recogían la red, una, dos, tres,  ene brazadas. Conforme la red se acercaba se empezaban a ver las sardinas plateadas que saltaban sobre la misma. Ellas lograban escaparse. Eran muy pequeñas y lograban pasar entre la cuerda perfectamente tejida por Don Ramón, el hacedor de redes y trasmayos del pueblo. Pero los peces grandes se quedaban atrapados, vencidos.

Los pelicanos se alimentaban a unos 20 metros de altura. Yo me imaginaba que eran aviones caza que, a la orden de algún general, entraban en barrena controlada. Su pico se hundía en el agua y cuando volvían a subir generalmente traían una sardina en su pico. Si los seguías con la vista podías ver como la acomodaban en su buche y segundos después se les veían inflar su garganta cuando tragaban el desafortunado pescado.

Repetían esto una y otra vez. Supongo que hasta saciarse. Yo les ponía ruido, así me entretenía. Es que a esa edad jugar a lo que fuera era mi deber.

“Uoooooommmmmmmm” decía cuando venían en picada. Como una ametralladora hacía cuando ya se acercaban al sitio donde las sardinas saltaban: tatatatata. Repetía el uooooooommmm cuando se elevaban ya con su presa ganada. En esas me las pasaba mientras mi mamá hacia la cena.

Lo que más me gustaba era cuando los pelicanos se dejaban caer y empezaban un recorrido a escasos centímetros del agua. Veloces volaban rasantes sobre el mar apenas picado, siguiendo las formas que el viento dibujaba, subían y bajaban apenas un poco, lo suficiente para mantenerse siempre  a la misma escasa distancia del  agua. Yo cogía mi imaginación y con ella me subía al pájaro. Así me sorprendía a centímetros del agua, piloteando el ¨avión caza¨, veloz, concentrado. Las manos puestas en el timón. Pequeños movimientos hacia mi y hacia el frente, a la izquierda y a la derecha, movía suavemente el timón para poder mantener mi avión siempre paralelo al agua.

De pronto uno entraba en un momentun. En ese preciso instante en que te sientes uno con todo el universo. El agua pasaba veloz y tu mente solo estaba ahí, en el presente. No había tiempo para ver hacia adelante y mucho menos hacia atrás, en un descuido podías perder la nave por andar filosofando, por disperso. Solo el ahora importaba.

No te conectabas con nada más que con lo que tenías a tu alrededor. El mar ya no era inmenso, era tan solo el agua que te rodeaba, no había más allá. La brisa se hacía cada vez mas fria conforme aumentabas tu velocidad. El agua te salpicaba cuando cortabas el escaso oleaje.  En ese preciso instante no habían preocupaciones, miedos, congojas. Era un momentun en que sabías que todo estaba resuelto.

Me pregunté si los pelicanos sentían lo mismo cuando iban planeando en busca de su alimento. Me acordé del sermón que escuché en una de las tantas misas a las que teníamos obligatoriamente que asistir.  El padre dijo algo de ver a las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros su alimento y sin embargo, Dios siempre les alimenta. ¿No valemos más nosotros que las aves? Terminó diciendo.

Mientras pilotaba sobre mi pelicano entendí que de eso se trata la vida, de vivir el presente, concentrado en el ahora.

En verdad que había sentido eso, no una sino muchas veces. Siempre me encantó navegar. Mi padre nos contagió de su amor al mar y a la navegación. Aveces tomaba el velero de 8 pies en un club cercano a nuestra casa y me adentraba unos quinientos metros mar adentro en busca de vientos fuertes. Alineaba la popa en la misma dirección del viento y aflojaba la vela para que quedara perpendicular a la dirección del viento. Así el viento chocaba contra la vela y la veías como se embolsaba. El velero empezaba su carrera, despacio primero, después cada vez mas rápido, mas rápido, mas rápido. En unos segundos el viento era tal que empezaba a volcar el velero, entonces, yo afirmaba mis pies de la correa que se extendía a lo largo del casco y con el timón en mi izquierda y la cuerda de izar la vela en la derecha, estiraba mi cuerpo para atrás, fuera de la borda, para balancear el velero.  Empezaba una lucha entre el viento y yo, como si se tratara de un pulso para ver quién era el mas fuerte. Yo solo sentía como la eslora se separaba cada vez más del agua. Para compensar yo arqueaba aun más mi cuerpo hasta doblar mi espalda lo suficiente para que mi cabeza quedara a unos centímetros del agua, entonces, solo entonces podía entender lo que los pelicanos sentían cuando volaban a escasos centímetros del agua. Tu vista esta fija en el agua y no hay mar sino solo el agua que te rodea pero vos sabes, que sos parte de algo mas grande y maravilloso. En ese instante solo hay presente, no hay miedos, preocupaciones ni congojas. Solo vives. Yo respiraba profundo como queriendo tragar tanta belleza, tanta vida. Era un momento sublime. Era tu momentum.

Ahora de viejo me asaltan muchos pensamientos sobre aquellos momentums. Debí haber vivido mis años como los navegaba cada vez que cogía el velero, con mi cuerpo arqueado sobre el viento, echo uno con el mundo entero, convencido que cada segundo tenía su recompensa, que tenía un Padre allá en el cielo que siempre se ocupaba por mi sustento.

Pero no, era tan soberbio que creía que era yo quien llenaba mis graneros y me acostumbré a preocuparme por ellos.

Confía de todo corazón en el Señor y no en tu propia inteligencia. Ten presente al Señor en todo lo que hagas, y él te llevará por el camino recto. Proverbios 3.5-6

 

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