Arabella Salaverry: Alona (o sobre reacciones adversas)

De: Impúdicas (o de cuentos que se callan)

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Arabella Salaverry, Escritora, actriz y gestora cultural.

Sus caras se asomaban entre el marasmo de sábanas, edre- dones y colchas con el que aliviaban el frío de navaja. Sus caras de papel de china arrugado, marco para ojos vivos y profundos, –sobre todo los de la mujer, Alona–, emergían mostrando su asombro por la extraña irrupción.

Visitas, nunca. Sabían que el tiempo no perdona, y que ya les correspondía vivir en el desván. No porque no fueran aptos, no porque no fueran hábiles, o inteligentes, o capaces. No. Sencillamente porque ya las arrugas del rostro, el paso lento, el dolor en las caderas no ayudaban, y los condenaban a la vida en el rincón. Ella se contentaba con resolver sudokus día y noche. Él, con mirarla.

De usarla tan poco, la memoria se les había desteñido. Recordaban poco. Tal vez los niños que fueron, los besos adolescentes, o las pasiones de la edad temprana. Tal vez los hijos que tuvieron, los trabajos que realizaron, los amores que sufrieron. Pero todo envuelto en una tenue tela de plata, que hacía de su pasado algo parecido a las sombras del crepúsculo.

Esa noche, Alona tomó el borde del edredón y se cubrió aún más, si eso fuera posible. Solo sus ojos asombrados quedaron fuera. El hombre emergió como una tortuga de su caparazón, me parece una estupidez, estamos bien así, no necesitamos nada. Los ojos de ella hablaban distinto. Sí, estoy interesada, me gusta, me gusta.

El muchacho, desde que tuvo la idea, entendió que no sería fácil. Requeriría de un delicado trabajo de convencimiento. Tendrían primero que aceptarla, luego aprender a usarla, y después encontrarle destino. La madrugada de ese invierno de 2 grados no era el mejor momento para la visita, y menos para plantearlo. Pero no resistió la tentación. Tomó su sobretodo café, la bufanda, una boina paciente que aguardaba por él, salió de su apartamento, bajó la escalera casi corriendo, caminó las diez cuadras que los separaban y llegó a la casa. El jardín, imposible. No podía caminar sin llenarse de hojas secas, sin esquivar malezas y piedras mal alineadas. Aún tenía la llave y pudo abrir la puerta de bisagras teñidas con el herrumbre del desuso. El pasillo discurría entre sombras heladas y solamente la escasa lamparita de la mesa de noche dejaba un remedo de luz insomne en el ambiente. No tendría más remedio: despertarlos. ¡Hola! Allí estaban. Expuestos, con sus pieles de papel de china, el pelo enredado en el sueño, y los ojos, especialmente los de Alona, emergiendo –en un alegre asombro– de la noche.

El muchacho se sentó al borde de la cama. Su voz pintada de entusiasmo comentaba la propuesta. Tendrán el mundo a la mano. Ya verán, es como abrir el horizonte de par en par. Podrán visitar países, entrar en museos, conocer personajes, leer historias… Ella decía sí, sin palabras. Un sí vibrante y alegre. En cambio él, cada vez más turbio, se oponía. Se sentía amenazado. No quiero saber nada. Eso es mierda, mierda y tontería. Una irrupción en la paz. Y a estas hora, muchacho necio. ¿A quién se le ocurre? Venir con semejante propuesta y a estas horas… Ella, acostumbrada al silencio, no opinaba. Pero sus ojos decían sí, por supuesto, me encanta la idea, yo puedo, yo quiero.

El hombre cada vez más molesto. Nada que alterara su paz. No quería nada de afuera. En cambio ella… Alona seguía diciendo que sí con la mirada. El hombre, cada vez más incómodo, para qué, estamos bien, y a estas horas, a quién se le ocurre, venir a despertarnos en la madrugada, ahora ya francamente enojado, y el frío, nos enfermaremos, a quién se le ocurre, muchacho imbécil, conforme hablaba su furia crecía alimentándose de sus propias pala- bras; sacó los brazos que alguna vez abrazaron, que tal vez abrazaron al muchacho cuando niño, manoteó con furia cerca de la cara del joven con movimientos espásticos hasta que una de las uñas viejas y afiladas como navajas atravesó la córnea del ojo izquierdo del muchacho.

Alona, asustada, cada vez más asustada, se escondió temblorosa en el remolino de colchas, edredones y sábanas. Se escondió para no mirar el dolor del joven, para no mirar la crueldad del hombre, para olvidar que el futuro no sería para ella.


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