Arabella Salaverry, Escritora, actriz y gestora cultural.

Amanda

(o sobre un final abrupto)

Desde el fondo del sueño ¿o dormitaba? Amanda quería decirle que aquella casa era exacta a la otra, la de Limón, aunque no podría jurarlo, pero el salón era el mismo, con las ventanas cuadriculadas por el sol, y él estaba allí, las paredes verdes amarillas y azules, él allí y su perro allí, las mismas escaleras, y ella quería decirle que le prestara atención, una escalera para subir y otra para bajar, para bajar al infinito, nada más que un poco de atención bajo esos techos de zinc sonoros de aguaceros, pero todo se iba por aquel patio en otros patios sucesivo, mientras ella desde la mano sentía la piel de él en la piel, la ventana al blues, sí, exacta, el mismo salón “Victoria” por donde él y los olores del trópico andaban como por su casa, y ella entonces y ahora quería decirle eso pero él cerraba las ventanas y era allí y no era completamente allí, ella navegaba en la almohada, él sujetándola, llevándola por las paredes, Amanda flotando, su cuerpo frío restregándose en su espanto frío, en tanto que en la calle se palpaba el sol, sí, quería decirle, el sol intentando atropelladamente meterse en el cuerpo de ella, él también atropellando para meterse en el cuerpo de ella, decirle que el frío o el calor quemaba la espalda y él allí, tacto para palpar oquedades, fisuras, pero con puertas y ventanas clausuradas y la lengua recorriendo la piel de Amanda mientras las bicicletas paseaban alegremente por las calles y él concentrado en el frío oficio de tocar, dejándola fuera, su lengua recorriéndola, recorriéndola, manos transgrediendo repliegues, bordes, manos palpando, manos concentradas en el frío oficio de palpar, y Amanda en su inmóvil espanto y las calles allí, eternamente pedaleadas, el calor forcejeando y él que seguía en el juego del espanto, y su boca, sí, deshaciéndola, mientras el corredor oscuro se borraba, y ella prohibida entre la casa y la boca que la desfiguraba, y de pronto el perro mirándola, solo el perro y la mano de él que no está más, y él se alejaba, se hundía, ella tratando de despertar, de regresar para decirle a él que la casa prohibida y ella prohibida, pero no, él no estaba más, cornisas, cielorrasos de alturas desconsideradas; se veía, sí, el perro arrastrando esa encadenante cadena y él, uno y ningu no, y ella buscando, inventando para no desaparecer, mientras el perro, pero él ya no estaba, y el perro mirándola, y ella in ten tan do despertar, solo el perro; en ton ces Amanda trata de asir la cadena, y él ausente, Amanda da vueltas, un último intento por decirle al ausente, ella prohibida y la casa prohibida, y el calor, o el frío, y tanta soledad; Amanda sujeta la cadena, mejor olvidar o quedarse en la casa subiendo y bajando para siempre, la misma escalera en otras escaleras sucesiva…

A la mañana siguiente las ventanas de madera están abiertas. Golpean, incesantes, batidas por el viento. Allí, en el centro del salón, Amanda, con la cadena del perro al cuello, cuelga de una viga.

 


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