Arabella Salaverry, Escritora, actriz y gestora cultural.
La cuesta al Monte de la Cruz cada vez más pesada. La bi- cicleta apenas responde con la marcha más fuerte. Pero me siento potente, porque tu compañía me ayuda. El ca- mino transido de olores a pino, a bosque, a hoja húmeda y una vaga neblina le da un aire como de fin de mundo al paisaje. Estoy feliz porque vas conmigo. Los músculos de las piernas se estiran, se retraen, y a cada vuelta de los pe- dales el aire se rebela y no quiere entrar a mis pulmones. La malla de ciclista moldea mi cuerpo con precisión, lo cubre de rojo eléctrico, mientras vos, más sobrio, vas de negro convencional. Aunque no eludís totalmente el co- lor, lo llevás en la camiseta, en sus adornos amarillo cana- rio que destellan con la luz de la tarde. El casco me cubre la cabeza, y se empapa con el esfuerzo. Guantes de cuero, rodilleras, los codos también cubiertos, como me ense- ñaste que debe ir cualquier ciclista que se respete. Me gus- ta ir de rojo. Me compré dos uniformes rojos. Me gusta esa sensación de segunda piel que te da el uniforme de ci- clista. Me gusta la sensación cuando despacito te vas sa- cando el traje. Es como si te arrancaras la epidermis de a poco, como si dejaras expuesta una piel más sensible que la anterior, capaz de estremecerse hasta con el aire. Me gusta la bicicleta montañera y sus engranajes, sus mar- chas, su manillar plateado, brillante, su marco verde. Ese enredo de colores me va bien, para huir aunque sea por una tarde de la rutina gris de una oficina en donde todo es igual, siempre, siempre igual, y las cosas, y las personas, reiterada, igualmente grises.
¿Paramos un momento? Quiero tomarte una foto. ¿Dónde? Allí, al lado de la piedra. Te complazco y me acer- co a la piedra enorme, terrosa. No me gusta posar. Me pone nerviosa. Se congela la sonrisa y después se me dificulta mucho sacármela de encima. Algunas veces me quedo con la sonrisa detenida hasta por dos horas y no logro deshacer- me de ella. Acepto posar porque sé que para vos el paseo no estaría completo sin la foto. Sin la sonrisa congelada de la foto. Te gusta tomarme fotos. Espontáneas, posadas, en la bicicleta, al lado del camino, arriba de los árboles, al lado de las cercas. Mientras intento arrancarme la sonrisa te cuento, una vez más, sobre mi vida. En cada salida te doy un poco más, y un poco más profundo. Me pregunto si no te aburrís. Pero pareciera que realmente te interesa, dis- puesto a oír, siempre, y cada vez más adentro. Pero eso sí, vos, en silencio.
Aún tengo vivo el momento en que nos encontramos en esa convención de ciclistas. Yo, en el lugar por casualidad. Venía con ausencia de mar. Nunca antes me habían interesado las bicicletas. Fui con una prima que quería cambiar la suya y andaba buscando un amigo dueño de un ciclo. Fui para distraerme. Para olvidar. Por un rato ol- vidar que tampoco me gustaba el frío de la meseta, ni la se- riedad de las personas. En el lugar, de todo y para todos los gustos. Exhibición de pasadores, sillines, manubrios, empuñaduras, arcos, llantas, llantas delgadas, llantas más gruesas, llantas casi lisas, corrugadas, aros, frenos, cadenas, bicicletas sencillas, con guardafangos de arabes- cos coloridos, con guardafangos sobrios. Un derroche de ciclismo por todas partes. En medio de esa paraferna- lia estabas vos, no parabas de hablar, de dar órdenes al muchacho que te ayudaba, de acomodar cajas, exponer partes, ajustar el proyector y manchar una pantalla con más bicicletas en idiomas extranjeros.
Me llamó la atención tu vehemencia, cómo te movías en ese entorno de dos ruedas, la fuerza con la que habla- bas. No parecías meseteño. Más bien del Caribe. Hasta el tono, el volumen. Opté por quedarme observando, no te perdí ni un movimiento, ni una palabra, y poco a poco me contagiaste de la pasión. De la pasión por las bicis. Decidí que yo quería vivir lo mismo. Yo también sería ciclista. Buenas… ¿La ayudo? Sí, esta marca es excelente. Y está de moda. Lo mejor es que hay repuestos disponibles. Sí, ade- más de vendedor soy instructor. Pero tu vehemencia se fue apagando cuando intenté hablar de cualquier otro tema… hasta que después de un gran esfuerzo, casi bal- buceante, te animaste… si le parece, cuando tenga su bici, podemos hacer excursiones… así le voy enseñando todos los secretos del ciclismo. Buenísimo… muchas gra- cias, estaré encantada. Y ese mismo día la compré. Hubo bicicleta inmediata y cita concertada.
Pasé la semana muy inquieta. Practiqué los siete días, cada tarde, hasta equilibrarme sobre las dos ruedas con cierta elegancia. Pero de eso a ciclista faltaba mucho.
Llegó el sábado y con él, el mayor esfuerzo que he realizado. Me llevó en su carro hasta después del túnel del Zurquí. Allí nos subimos a las bicicletas y seguimos un trecho entre subidas y bajadas, musgos y “sombrillas de pobre”, cataratas y cascadas. El corazón me bombea- ba con fuerza, y la bicicleta que se hace a un lado, luego al otro, y tu voz animándome, ya casi, estamos cerca, ahorita paramos, dele, dele, va bien. Y al fin, bueno, ya, en este ria chue lo po de mos des can sar. Nos sent amos yo agotada por el esfuerzo vos como si nada, mirándome en si- lencio hasta que logré recuperar el aire y otra vez soy yo la que hablo sin parar, la que cuento de mi única hija, del amor contrariado, de la soledad, del abandono, de la magia de la infancia al lado del mar, de caracoles y peces, de tortu- ga y langosta, de mi llegada a San José, de la biblioteca don- de trabajo, de los días siempre iguales y vos mudo, escu- chando, con grandes ojos de asombro como si nunca hubieras oído historias como la mía, solo tus ojos hablán- dome, alentándome con la mirada, seguí, aquí estoy para oirte, conmigo podés hablar, te escucho y te entiendo.
No importa si es día de sol o de aguacero. Cada sába- do, nuestra excursión. Caminos repletos de verde, prade- ras suaves, picos escarpados, potreros sedosos o ariscas montañas. Por todos andamos. Solo nos falta el mar. Si la llu via en to rren tes nos detie ne bus ca mos res guardo en al – gún alero amable y allí, pegados, uniforme contra unifor- me, sudor contra sudor, lycra contra lycra, hemos estado al borde del beso. Casi tan cerca del beso que duele. Otras veces si se traba la marcha de la bicicleta tu mano se aco- moda al lado de la mía para ayudarme y siento a través del guante el latido de tu sangre atropellada tratando de sal- tar hasta mi mano. Pero no pasa nada. Se suspende el momento y no pasa nada. Otras veces cuando debemos cam- biar una rueda acuclillados a la orilla del camino casi nos atrapa el abrazo. Pero no pasa nada. Nos reponemos del momento en un silencio espeso, y luego soy yo la que sigue hablando. Podría afirmar que te gusto, y mucho, que disfrutás oyéndome, porque la cita se repite cada sábado. Y cada sábado. Y cada sábado.
El viaje de hoy será de celebración: mi cumpleaños. Y el aniversario de nuestro primer viaje en bicicleta. Iremos hasta Moín. Donde el río desemboca en el mar. Nos empaparemos de mar. Será el último viaje. Me parece que suspenderé las excursiones. Así que no queda más reme- dio. Me parece que seré yo quien tome la iniciativa. Si mal no cuento, cincuenta y dos citas cada año. Porque cin- cuenta y dos semanas tiene el año. No, no creo que esté tan mal. No creo que esté para nada mal. Porque ya cum- plo sesenta. Y en treinta años de viajar todos los sábados, ajustamos mil quinientas sesenta citas. No creo que esté tan mal. Tomaré la iniciativa.
Tal vez todavía podamos florecer, –aunque sea mon- tados en una bicicleta–, a la orilla del mar.
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