Arabella Salaverry: Astrid (o de las amistades imposibles), de «Impúdicas»

De: Impúdicas (o de cuentos que se callan)

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Arabella Salaverry, Escritora, actriz y gestora cultural.

Astrid (o de las amistades imposibles)

La calle, asfalto derretido. Vos caminás, caminás ajeno, transfigurado por el delgado y amable purito de mari- guana. Adelantando, ni un paso atrás ni uno adelante. ¡Adelantando! Cuando el arrebato es producto de muchos cigarrillos, permanecés en las calles adelantando sin moverte de tu sitio.

Astrid, no es posible. Usted es una mujer sola. Mijita. ¿Cómo se le ocurre? ¡Y tan joven! ¿Cómo va a contratar a esa persona? Pero debo decir que no me importaron los comentarios. Debo decir ¡qué dicha haberte conocido! Todo en vos, vital. Vida hasta en los agujeros de tu camiseta, en los racimos de banano que cargaste tanto tiempo, con solo el saco de gangoche para proteger tus espaldas, “come mister taliman talin mi banana, ya me voy porque ya amaneció”. Contratarte fue mi mejor decisión.

“Ya me voy porque ya amaneció”. Pero no te ibas, Jerónimo, amigo mío, sino hasta el mar, envuelto en el tufo de la carnada podrida. Mes de octubre. El mar, metal fundido, y el sol mirando tu sonrisa de dientes cariados. Levantás las nasas para pescar construidas con ingenio y robo pequeño, las colocás en el bote que el tiempo ha ido esculpiendo, más bien labrando, pintando, con algas y líquenes. Te vas mar adentro cada vez más mar adentro en busca del nacimiento del sol y las langostas. ¡Ah, Jerónimo amigo mío, qué alegría haberte conocido, tu cuerpo sudo- roso, del color de una astilla de canela, con algo de dora- do como el árbol al que nombran indio desnudo! Tu cuerpo relampagueante bajo el sol; uno más entre los tantos que llenan el puerto. Tu cuerpo flor, corola, androceo, movimiento más allá del movimiento, tu cuerpo, Jerónimo, tu hermoso cuerpo negro misterio, alivianado por tus risotadas, voz tambor para no olvidar tu origen. Astrid, las muchachas decentes no tienen esas amistades. Además, ¿qué van a pensar? ¿Cómo va a meter a un hombre en su casa? Y a ese… Nadie va a pensar que es su ayu- dante. Además…

El aserradero. Y tu compañía en el aserradero. Tu trabajo y mis ahorros. Dejaste el mar para ayudarme con el aserradero. El olor de la madera atravesada por la sierra gigante. Y tu temor callado y al fin confesado. Tu pesadilla de las noches profundas de noviembre: ¡Qué fácil para esa máquina viva partir un hombre a lo largo! Dejarlo como un cacao cuando se abre en dos, sus semillas babosas, blanquecinas, acostadas en esa masa rojiza, sus tendones expuestos. En fin, qué fácil para la sierra partir un hombre en dos, qué fácil y qué parecido al momento en que golpea el cuchillo y parte en dos el cacao. Aunque el asunto de la sierra es más lento, como para ir saboreando cada instante, Jerónimo asustado y tu cuerpo negro abriéndose en dos, un gran convite, los pocomías presentes con sus ceremonias paganas rindiendo culto a alguna deidad africana, sus cuencos listos para recoger la sangre y después bebérsela, gota a gota hasta la última gota. Bailar dos o tres días, sin parar, siempre girando, recuperándose en tu sangre y la sierra taciturna, instrumento fundamental de este altar. Pero no, Jerónimo, es solo tu fantasía que se desata, que te juega esas bromas oscuras, –los pocomías no hacen eso, solo invocan a sus dioses, y tal vez y cuanto más una gallina degollada, pero no más, te prometo, nada más–, y eso cuando el viento corre por las callejuelas dormidas del cementerio.

Nadie me dijo cuando compré el aserradero entre pagarés, facturas, sellos y recibos, que detrás estaba el cementerio. Y yo tampoco investigué. Detrás de las altas palmeras, en medio de suaves y verdes colinas, de afelpadas colinas, detrás de las cercas de hibiscos de pétalos intensos, salpicado de rutas que no conducen a ninguna parte como no sea a la penúltima tumba de la última hilera, el cementerio. Pero yo me acostumbré y para vos el problema se presenta únicamente durante unas cuantas noches cuando sopla el viento alzado de algunos noviembres.

Jerónimo amigo, Jerónimo hermano, tu trabajo y tu miedo. Mis ahorros y mi futuro. Una mujer sola. Con un aserradero. Astrid, si su mamá estuviera viva… ¡Qué ocurrencias, muchacha! Ya sabemos, usted no oye. Pero piense en su familia… ¿qué va a decir la gente? ¡Ni se le ocurra acercarse al club! No la recibirán. Es un escándalo. Todo el mundo en Limón habla de eso. Y cuando quieren hablar, ¡de verdad que hablan! Suficiente con que se le metiera lo del aserradero, ¡Y ahora esto! Usted y ese mariguano, pero mijita, ¿cómo se le ocurre? Y además… Pero nosotros, en el aserradero, hermanos siempre y para siempre.

Hermanos siempre, como en esa mañana de la pesca de langosta. Me invitaste a conocer el mar de adentro. El mar de verdad, me dijiste. La boca del Matina crecida, las olas como casas viniéndosenos encima, tus gritos para acallar el alarido del mar, tus gritos insubordinados y el miedo licuándome la cordura. Tranquila, pañita, yo puedo. Solo mar, el olor acucioso de la carnada y vos solo, Jerónimo, remando, remando, remando hasta sacarnos del remolino que coronaba de espuma la densidad del aire. Tus manos pegadas a los remos, rotas, despedazadas, dos ampollas enormes remando enloquecidas. Y las olas como casas después y antes de nosotros, devorándonos el mar. Y vos con las manos pegadas a los remos, sangrantes, hasta llegar final- mente donde el mar volvía a su mansedumbre de plata. Pero la espuma ahora de sangre, la sal en tus manos rotas, llagadas. Mi vida en tus manos. Tus manos rojas. Rojas de sangre. Tu sangre roja. Roja tu sangre y la mía. Hermanos para siempre.

La soledad de las noches sin fin en el muelle. Sentados, la noche larga, inmóviles, sin dejar al aire ni un bostezo, toda la noche, verde botella el mar, entintecido, mientras veíamos bailotear a lo lejos una pareja de delfines y las aletas de los tiburones que nos rondan, incómodos por nuestra presencia de piedra antigua. Las noches hablando, sí Jerónimo, casi no puedo con las deudas, y el puto pagaré, ya está firmado y debo responder. Allí están mis ahorros y mi futuro, hablando de desesperación por las malas ventas. Noches largas, con Agustín Lara “tu cuerpo del mar juguete venía al garete” muy a lo lejos, y el guiño constante del faro en la isla del frente con su luz roja, el puerto enorme burdel para los barcos de Holanda, de Alemania, de países lejanos; las risotadas eléctricas de los marineros borrachos astillando el silencio. Y los paseos por el tajamar de roca y caracolillos vivos y el placer de desprenderlos y tirarlos de nuevo al agua.

Astrid, ¿En qué está pensando? Usted es una muchacha decente, de buena familia. ¿En qué cabeza cabe? Y nuestros paseos entre palmeras, Jerónimo, acompañame, en la noche me da miedo andar sola, el parque con esa arquitectura exacta de palmeras reales, esperando por los pasajeros perdidos en las rutas del trópico. Caminos de arena trazados en la geografía de palmeras. Los caminos que transitamos vos y yo, hermanándonos para siempre. Astrid, Astrid, ¡Usted está loca! Si fuera mi hija. ¿Cómo se le ocurre? Y además…, además, ¡un negro!

Y tu miedo, revuelto con el mío, vos y yo iguales, Jerónimo, cuando el tipo del machete llegó dispuesto a matar- te. “Por favor, patrona, mí no va para peleas, now you must tell him, mí no va para peleas”. Y tus canciones en las noches de lluvia, there is no sun up in de sky, con el aire del mar haciéndonos perder la conciencia, tu voz recordándonos que éramos humanos y no algas. Vos y yo, Jerónimo amigos para siempre.

Y aquel buen día cuando te llegó el momento del amor, Jerónimo. Todo el amor se te salía del cuerpo a golpe de carcajadas. Estabas emocionado. Samantha era de carnes apretadas como no me podía imaginar que existieran. Su luminoso color café con leche con un toque de pimienta de cayena, el pelo rojo ensortijado, denso, textura de algodón de azúcar. Los ojos de un verde transparente se le perdían entre los guiños y luces con los que terminaba sus frases. La vida misma parada al frente nuestro. Y tanto el amor que un día decidiste que ya era tiempo de matrimonio y de ausencia. Me anunciaste al mismo tiempo boda y despedida. Me pediste cien pesos prestados para iniciar tu nueva vida.

Me quedé sin saber nada de vos por largo rato, Jerónimo, hermano mío. Feliz por tu nuevo destino y triste por el mío.

El tiempo pasó sin verte y de pronto este encuentro inesperado en Portete, un tanto desarrapado, de nuevo con la espalda al sol, de nuevo con los pies descalzos, de nuevo con los ojos brillantes y el movimiento lánguido… de nuevo “adelantando”… te pregunto por tu boda y por tu vida, y me explicaste con múltiples razones por más de media hora, –todas válidas–, que preferiste, porque era mucho más útil, comprar una bicicleta antes que casarte.

¡Cómo olvidarte alguna vez, hermano

 


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