Arabella Salaverry: Confusión, de “Infidelicias”

Arabella Salaverry, Escritora, actriz y gestora cultural.

Confusión

¿Puerto Príncipe o Puerto Limón? Ella no lo tenía muy claro. Pero allí la reunión de exalumnos. En un lugar de mar. De su colegio o de otro, tampoco precisaba. La invitación que había llegado con un enorme ramo de flores silvestres todas amarillas no aclaraba mucho las cosas.

¿La dirección? La mujer no sabía cómo llegar. Tomó un taxi de un rojo furioso al que le dio alguna dirección ambigua y que la condujo por calles amplias, cuestas empinadas que subían y bajaban en vocación de montaña rusa, un camino que no identificaba; luego ascendieron, ascendieron hasta desembocar en un garaje –con mar ancho al frente–, que parecía más bien un depósito de pinturas por la cantidad de latas con etiquetas de casi todos los colores posibles. El lugar era francamente extraño. Pero decidí no hacer comentario alguno. Hasta aquí, dijo el chofer, y no quiso seguir más. Sin explicación y de manera rotunda. Nada que argumentar. Hasta allí sería.

¿Cómo proseguir? En adelante el único medio de transporte un burrito negro, retinto, amarrado a una cuerda, que parecía esperar por la mujer. Pero ella lo miró, lo sintió tan frágil, le dio pesar cabalgarlo. El chofer que no había partido y observaba la escena, le indicó: no, no hay problema. Se ve delicado pero es fuerte y acostumbrado a esos trotes, además, usted perdone, pero usted está bastante, quiero decir, con perdón, es muy flaca. No quiso recibir el comentario. No sabía si era un piropo o un insulto.

¿Cómo montarlo? ¿a horcajadas o de medio lado? No parecía muy importante la pregunta pero la mujer sí tenía un problema al respecto. Y pese a que usaba falda no tuvo más remedio que arremangársela y seguir las instrucciones del chofer: a horcajadas.

El burrito inició su trote a gran velocidad desplazándose por entre autos y personas mientras la mujer, provista de una cuerda larguísima, lo guiaba con destreza. Y el chofer detrás.

¿Y el destino? Primero la cabalgata, hasta que al fin. El destino un hermoso edificio neoclásico con techos insolentemente altos. La mujer comenzó a preocuparse. El asunto complicado. Le parecía que la ruta era correcta pero ¿Cómo? ¿Cómo subir hasta allí? Porque no se notaba ninguna escalera tampoco rastros de ascensor. La mujer ahora más preocupada si fuese posible. No tenía idea de cómo sortear el obstáculo que representaba el edificio plantado en mitad de la calle. Cómo vencer su altura. Terminó preguntándole al chofer que la había seguido por todos los vericuetos del viaje. Él, muy tranquilo: no, no se preocupe, no hay problema. Subiremos. Lo atravesaremos. Así lo hicieron. El burrito se elevó, mejor, voló hasta el entretecho. Sin más se metió por la precinta. Un guía la esperaba al otro lado: por aquí, señora, dama, venga por aquí, al fondo encontrará la reunión de exalumnos.

¿Transporte? La mujer se dirigió hacia donde indicaba el muchacho. Ahora cargaba al burrito en sus brazos mientras se iba achicando cada vez más pequeño. Siguió encogiéndose hasta quedar reducido a un hocico que ella acercó, cariñosa, a su boca. ¿Por qué no un burrito de mascota? ¿O un hocico cariñoso? Afecto es afecto, no importa de dónde venga. Y ella siempre lo estaba necesitando.

¿Fiesta? Los profesores recibían a los invitados, exuberantes, adelante, qué gusto verlos, tanto tiempo, adelante, en medio de actos que su ponían entretenidos. Uno de ellos vestido de amarillo chillón. Pelo –o peluca– desbordando ricitos amarillos, la cara pintada de amarillo, pretendiendo hacer fonomímica con una canción que nadie oía, solo él, mientras se desplazaba de un lado al otro del escenario que cerraba el salón a un extremo en compañía de otros dos profesores. Saltimbanquis vestidos con el arcoiris, lanzafuegos en plateados, enanos con las caras rubicundas de tantos afeites y jirafas con cintas en sus patas corrían por detrás del hombre que se empeñaba en el canto sin sonido.

¿Qué hago yo aquí? Se preguntó la mujer. Una pregunta sin respuesta. No reconozco a nadie. ¿Los compañeros? No, no había un alma que pudiese orientarla. La mujer cada vez más inquieta. Se quedó en un extremo del salón mirando a su alrededor, buscando alguna explicación. Mientras los personajes giraban alrededor suyo en algo que más bien semejaba un caos.

¿Qué era todo aquello? Confusión. Comenzó a palpitar el cuerpo entero a cada momento más acelerado. Se ahogaba en la confusión, se cegaba entre los colores, movimientos, sonidos, personas y no sabía muy bien hacia qué conducían. Tal vez a ninguna parte. Tal vez era solo un sueño. O su profunda necesidad de compañía.

 


Infidelicias, relatos que nos conducen al universo paralelo de los sueños, ese que Freud llamara “la otra escena”, para encontrar erotismo, soledad, inseguridad, desamparo, amistad, miedo, amor, esperanza; y un sinnúmero de sentimientos y deseos para trazar en claroscuros el panorama oculto de nuestra existencia. Infidelicias porque no hay nada más infiel a la aparente realidad que el mundo de los sueños. Desde el surrealismo del paisaje onírico, Infidelicias nos enfrenta con facetas muchas veces “prohibidas” de la condición humana. Y porque bucear en lo recóndito puede ser una delicia ortográfica fuera de serie, ahora convertida en emblemática para el mundo.

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