Arabella Salaverry, Escritora, actriz y gestora cultural.

El masajista

La casa verde repleta de humedades. El piso que se alza al menos sesenta centímetros de la calle. La calle estrecha colmada de adoquines. La casa cemento puertas amplias y un jardín rectangular en el centro desbordado de helechos de un verde palpitante, veraneras estalladas en naranaja, geranios que revientan de tan rojos.

Llamo a la puerta. Mejor, golpeo el dintel pues la puerta está de par en par. Transcurre un lapso que se me hace eterno y nadie aparece. ¿Será que me equivoqué de destino? El tiempo me permite examinar el jardín. Casi quisiera quedarme mirando extasiada con la cantidad de flores, con los olores que emanan. Hay crisantemos, lirios, margaritas, rosas. Interminable la lista. Cada una con su color y su aroma. Algunas violetas rastreras, escondidas y gladiolos que se levantan insolentes. Estoy embebida en las flores. Hasta que finalmente aparece. Una joven extremadamente delgada, pálida, que me guía, me hace recorrer el largo del estrecho pasillo hasta arribar a la habitación en cuyo centro campea una camilla con una sábana blanca. La joven no habla. Pero no es necesario. Conozco el ritual. Me desnudo, me acuesto, una frugal sábana para cubrir lo poco que hay que cubrir y entonces sí lista para que el masajista chino proceda con su primer masaje. Me han dicho que es fantástico que te libera de cargas y dolores.

Minucioso empieza por mi espalda. La frota con movimientos largos. Luego hace círculos que son más bien espirales, pues no terminan, se enlazan unos con otros. Baja hasta las nalgas y las pellizca con intensidad. Prosigue con mis piernas. Sus dedos se incrustan en la piel mientras desplazan músculos y tendones. Presionan puntos que me producen un dolor insoportable. Inicia una conversación deshilachada. Sobre cualquier cosa. Creo que habla del tiempo. Yo estoy asustada. Temo la fuerza de sus manos. La vehemencia de su tacto. Me cuenta que él es parte de una familia de masajistas. Que han aprendido la técnica de sus ancestros y que él aún viaja cada tanto hasta Saigón, a veces a Tailandia para actualizarse. Me dice que ellos ven con las manos.

Porque en su familia todos ciegos. Una familia de masajistas ciegos. Aún no entiendo por qué me lo explica.

 


Infidelicias, relatos que nos conducen al universo paralelo de los sueños, ese que Freud llamara “la otra escena”, para encontrar erotismo, soledad, inseguridad, desamparo, amistad, miedo, amor, esperanza; y un sinnúmero de sentimientos y deseos para trazar en claroscuros el panorama oculto de nuestra existencia. Infidelicias porque no hay nada más infiel a la aparente realidad que el mundo de los sueños. Desde el surrealismo del paisaje onírico, Infidelicias nos enfrenta con facetas muchas veces “prohibidas” de la condición humana. Y porque bucear en lo recóndito puede ser una delicia ortográfica fuera de serie, ahora convertida en emblemática para el mundo.

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