Arabella Salaverry, Escritora, actriz y gestora cultural.

Intento

Un país que no es el mío. Un país que no reconozco. Ni en sus calles amplias, ni sus olores nuevos, ni en sus edificios desmesurados. Lo que me inquieta, sí, lo que más me inquieta es la multitud aglutinada en la plaza que tengo frente a mí. Desconozco el porqué de semejante concentración. Pero lo que me queda claro es que cada vez se congregan más y más personas. Casi todas de negro. Unas pocas de gris, confundiéndose con la neblina que campea y se arrastra por calles y avenidas. Algunas con sombrero, otras de boina, pero sus caras se diluyen en la pesada niebla. Entre ellas y desde su muerte aparece él.

Intenta ubicarme entre todas esas personas. No lo veo, pero siento su mirada que explora la multitud, que hurga, que se desplaza de rostro en rostro, de cuerpo en cuerpo, de olor en olor. Porque siempre me había reconocido por mi olor. Cuando logra su objetivo, cuando me encuentra entre el tumulto no se contiene, me persigue, mientras yo trato de esconderme, de perderme entre las personas, ¡tantas! De cambiar el ritmo de mi paso, de mover el cabello para parecerme a la que no soy, de camuflarme. Luego invertimos el juego. ¿Es un juego? Realmente no lo sé. Podría ser un juego pero me angustia. Ahora es él quien se emboza y yo, acuciosa, intento encontrarlo. Aparto espaldas, examino rostros, manos. Porque siempre pude reconocerlo por sus manos. Estoy casi desesperándome. La multitud es densa, las posibilidades de hallarlo mínimas. Separo cuerpos, oteo, palpo, examino. Pareciera que no tendré éxito. Además ya casi no recuerdo su fisonomía.

¿Y si todo fue un engaño de la memoria? ¿Y si el recuerdo me está poniendo trampas? La memoria puede proponernos juegos tortuosos. Hablar de amores que no fueron, de pasiones extintas como si siguieran latiendo, de presencias, dolores y ausencias que nunca existieron. La memoria propone juegos macabros y tengo la costumbre y la enorme facilidad de enredarme en ellos. Comienzo a desesperarme. Tal vez porque no sé qué pasará si te encuentro. Tal vez porque nada de lo que recuerdo existió. Tal vez no fuiste quien me llevó hasta soledades en una inmensidad desocupada, hasta sitios vedados a miradas extrañas, tal vez no fuiste quien me condujo entre matorrales para que mirásemos al unísono el cielo in- ventando identidades a las nubes, tal vez no fuiste quien llevó su mano buscando mis humedades para acariciarme profundamente, anegando mis espacios ocultos de placer, sin pedir nada a cambio, solo la fiesta de dos cuerpos y los brazos, y las piernas y el deseo, todos enredados como si fueran uno, uno solo que termino siendo yo, en mi egoísmo total, dada a mi placer como si el mundo terminara allí mismo, en lo que siento, en lo que me sacude, en lo que busco cada día y sigo buscando en el estremecimiento total del tiempo. Finalmente tengo éxito. Nos enfrentamos. Nos miramos. Sí. Somos los mismos pero somos distintos. Nos miramos con la intensidad de los tantos años transcurridos. Ya nos habíamos reconocido desde antes. Solo que no queríamos reconocerlo, ignorando lo obvio. Evitamos hablar de la pasión antigua, más bien nos medimos esperando encontrar algún indicio de lo que nos sucede, cautelosos, con la tensión de la espera, dos contricantes a punto de disparar sus armas. Dos duelistas apuntando al centro. Plexo solar. Y recuerdo, hace mucho fuimos dardos disparados al unísono. En algún momento de nuestras vidas fuimos uno siendo dos. Ahora no sabemos al estar enfrentándonos quiénes somos.

Y allí estamos. Seguimos mirándonos. En silencio. Nada se resuelve. Somos una intensidad detenida en el tiempo. Ya no puedo soportarlo. Es un dolor de millones de agujas atravesándome. Solo me queda la huida. Parto presurosa hacia la casa, subo la escalera –peldaños fatigosos–, hasta el balcón. Cuando llego me recibe la luminosidad del mar. Me quedo embebida por largo rato mirando, mirando, tragándome el mar, para alimentarme con él. Para olvidar lo que no existió.

Debo regresar. Aún no sé hacia dónde pero es urgente que lo haga. Corro sin detenerme el corazón se acelera cada vez más. Tropiezo con personas, cuerpos anónimos que me impiden el paso. Pareciera que una fuerza ciega me guía pues finalmente llego a esa otra casa que desconozco pero que me reconoce. Entro corriendo por una puerta de vidrio monumental, atravieso una sala con ventanales inmensos a los lados de techos desmedidos y alfombras para atemperar los pasos. Subo en un instante unas escaleras ilimitadas y aquí estoy. De vuelta a la habitación. Abro la puerta. Pareciera que la puerta me espera. Se abre con absoluta docilidad. Sobre la cama ropas desparramadas y la maleta de par en par mostrando el caos de su interior. Pero lo que me desconcierta y me llama la atención es el abrigo que usé para calentarme en el viaje. No es mío. Y muestra una enorme mancha en medio de la espalda y otra un poco más a la derecha. La suave lana roja interrumpe su extensión con las dos manchas oscuras. Realmente me acongoja. Estoy segura de que yo no manché el abrigo. Las manchas tienen ese color parduzco de la sangre antigua. ¿Dos disparos en la espalda? Podría ser. ¿Pero quién? ¿Y por qué? ¿Quién recibió el disparo, perdón, los disparos? ¿Yo? ¿O fue otra persona? Estoy cada vez más inquieta, casi asustada. ¿Estoy, estás, estamos vivos?

Me dirijo al balcón y observo la extensión entre el mar y la balaustrada que se resuelve en una inmensidad de flores silvestres. Sus colores indescriptibles. Observo a la distancia a una mujer y a una niña las recogen y van formando racimos espléndidos. ¿Quiénes son esa niña y esa mujer que se deleitan con ese momento tan sencillo pero tan intenso? ¿Alguna vez de niña recogí flores junto a mi madre? Las flores se multiplican, crecen sin pausa y sus co- lores ahora son fosforescentes. Se inunda el campo de lilas, rojos, fucsias, morados, azules. Es tan tentador el paisaje que intento bajar, acercarme para ser parte de él. Yo también quiero recoger flores, perderme en ese otro mar de tonalidades distintas.

Voy hacia la escalera de la terraza en donde me encuen tro. Trato de descender pero es demasiado empinada. Una geometría vertical y sin apoyo. Parece que flotara en el aire. Mi anfitriona me observa. Me percato de que me ha seguido desde que entré a la casa. Lee mis pensamientos. Me mira con detenimiento y me dice: tu madre sí pudo bajarla.

Entonces yo sigo intentando. Ahora sola. Porque tu búsqueda fue inútil. Y el encuentro también. Ya no soy la que fui. Y no sos ya a quien amé. Porque no existió la amistad. Solo el deseo. Y eso no es amor. Es un amor inválido. Nuestro destino es un precipicio. Y ya no hay nadie que ayude en el descenso.


Infidelicias, relatos que nos conducen al universo paralelo de los sueños, ese que Freud llamara “la otra escena”, para encontrar erotismo, soledad, inseguridad, desamparo, amistad, miedo, amor, esperanza; y un sinnúmero de sentimientos y deseos para trazar en claroscuros el panorama oculto de nuestra existencia. Infidelicias porque no hay nada más infiel a la aparente realidad que el mundo de los sueños. Desde el surrealismo del paisaje onírico, Infidelicias nos enfrenta con facetas muchas veces “prohibidas” de la condición humana. Y porque bucear en lo recóndito puede ser una delicia ortográfica fuera de serie, ahora convertida en emblemática para el mundo.

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Por Arabella Salaverry

Arabella Salaverry es una escritora, actriz y gestora cultural costarricense. En el año 2019 lanzó su publicación «Infidelicias». Estudió Filología, Artes Dramáticas, Lengua y Literatura Inglesa, Lengua y Literatura Hispanoamericana en universidades y escuelas de México, Venezuela, Costa Rica y Guatemala. Premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría Premio Nacional de Cultura Magón por parte del Ministerio de Cultura y Juventud.