Arabella Salaverry, Escritora, actriz y gestora cultural.

 

La obra

La platea repleta con un rumor expectante. El teatro grande, más bien enorme, algo maltratado por los años, recorrido por olores antiguos. Tal vez comida pasada más el olor acre del orín que se escapa de los dos baños –uno a cada lado de la sala–, el de las flores de ilán ilán del árbol cercano más el penetrante olor que despiden los cuerpos cuando se aglomeran. Butacas de madera que al abrirse o cerrarse lo hacen con un clap fortísimo, niños inquietos que corretean por los pasillos, vendedores ambulantes de comida, patty, patty, plantintá, papitas, papitaaaass, pululan teñidos por la tonalidad verde claro de la pintura secular ya desvaída de la gran sala y sobre todo esto la vibración de la espera. Un público impaciente. Una cuerda a punto de estallar.

La situación en tre bambalinas no es diferente. Los actores corren de un lado al otro, revolotean como polillas buscando luminiscencias. Frente a mí una actriz repasa sus líneas ajena al barullo mientras su vestido victoriano color granate limpia el polvo del proscenio que se eleva y se suspende envolviéndola en una bruma dorada cuando lo atrapa la luz del cenital. Más allá dos bailarinas se atan con dedicación sus zapatillas de punta, rosa desteñido, cintas ajadas por el tiempo; prueban luego su eficacia haciendo pliés desde la altura desmedida que otorgan las zapatillas. Cinco niños idénticos, camisas blancas, pantalones a media pierna cafés, medias altas y zapatos negros de charol corren de un lado al otro del enorme tablado persiguiéndose. Los músicos afinan sus instrumentos. Lo hacen también los diez integrantes del coro con sus voces. Un cello, cinco violines, un corno, una trompeta y un tambor suenan simultáneamente para así colaborar con el caos. Imposible pretender concentración.

El director de la orquesta aparece, majestuoso, pide silencio y saca el desconcierto del escenario como si de Cristo espantando a los mercaderes del templo se tratara. Levita negra, zapatos también de charol, melena de león en celo. Organiza con un par de gestos a los músicos, pide la tercera llamada y el telón se abre lenta y gravemente. Las luces han transformado el mundo sombrío anterior en un palacio. La música suena llenando de armonía el aire. Observo con cuidado el entorno. Una vez más creo en la magia. De eso se trata el teatro. De magia. Disfruto mi posición, más allá de la intensa demanda que significa en frentar al público.

Pero de pronto se quiebra el delicado equilibrio. El director abandona la batuta. Se acerca presuroso, agitado, indicándome que en breve debo entrar. ¿Yo? ¿A escena? ¡Por favor! Esta no es mi Compañía, la invitación simple- mente una visita al espectáculo, una simple espectadora, una actriz invitada a ver la obra. No soy parte del elenco. Perdón, señor, me parece que se equivocó, debe ser otra la que debe entrar. El director no escucha razones, insiste categórico, a ver, a ver, vaya detrás de esa bambalina, ya casi es el momento de su ingreso, vamos, vamos; me ignora, no me escucha, vamos, vamos mijita apresúrese, ya casi debe estar en escena.

¿Cuál es la obra? ¿Y el vestuario?, ¿quién está a cargo del maquillaje?, ¿la utilería? No tengo un texto, ni siquiera puedo imaginarme cuáles son mis parlamentos y en ese momento la angustia tiñe por completo el entorno. Debo responder, estar a la altura; corro al camerino, pregunto al vestuarista, alto y delgado hace un mohín, levanta los hombros y se desentiende; rebusco en los baúles que campean en el minúsculo cuarto, encuentro una falda verde, trato de ponérmela pero mi cuerpo flaco nada dentro de ella, me apresuro con el maquillaje, la base no se extiende, no armoniza con el color de mi piel, los lápices para delinear los ojos no tienen punta, rasposos se incrustan en los párpados, el de labios se parte en la urgencia, la brocha ha perdido las cerdas; encuentro pedazos de un libreto abandonado, los recojo pero no entiendo lo que está escrito, no sé leer, no comprendo lo que dice; tomo objetos del entorno: pájaros disecados, espadas con falsa pedrería en la empuñadura, abanicos quebrados, zapatos de terciopelo con tacón desgajado ahora otro libreto pero tampoco y el director que me apresura, rápido, rápido mija, es su turno; debo entrar, las tablas me esperan, el público también y sé que por más que lo intente, no saldré airosa.

La náusea me atenaza. Tiemblo. Me empapo en sudor helado. No sé qué hacer. Miro desesperada alrededor buscando hacia dónde huir. Detrás de bambalinas paredes inamovibles, el telón de fondo no se puede traspasar. El escenario es mi cárcel y mi cementerio. En vano, no hay salida. Estoy en la obra equivocada.


Infidelicias, relatos que nos conducen al universo paralelo de los sueños, ese que Freud llamara “la otra escena”, para encontrar erotismo, soledad, inseguridad, desamparo, amistad, miedo, amor, esperanza; y un sinnúmero de sentimientos y deseos para trazar en claroscuros el panorama oculto de nuestra existencia. Infidelicias porque no hay nada más infiel a la aparente realidad que el mundo de los sueños. Desde el surrealismo del paisaje onírico, Infidelicias nos enfrenta con facetas muchas veces “prohibidas” de la condición humana. Y porque bucear en lo recóndito puede ser una delicia ortográfica fuera de serie, ahora convertida en emblemática para el mundo.

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