Arabella Salaverry: Las Catalinas

Me pregunté si ese supuesto “desarrollo” es lo que este país necesita. Entregar nuestra belleza por unos pesos, -que siempre terminarán siendo pocos- para  pagar lo que no tiene precio, lo que estamos perdiendo.

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Arabella Salaverry, Escritora, actriz y gestora cultural.

Hace unos días, porque la vida siempre es generosa, visité, después de muchísimos años, Guanacaste. Me imagino que para quienes van con frecuencia, no hay asombro. Pero para quienes como yo teníamos casi quince años de no transitar por pampa y colina, de  no ver el esplendor del Pacífico, la experiencia fue muy fuerte. Estuve primero, -luego de recorrer una carretera secundaria, aún poblada de sombra- en un maravilloso ghetto de turismo, con pulsera dorada como identificación y todo lo que esto significa. Bueno, para los adultos mayores, luego de una vida de trabajo, la experiencia sentimos que era merecida y gratificante.

Pero la vida te da golpes de corriente para ubicarte. El primero fue la ida a la playa. El encantamiento de la perfección se rompió abruptamente, ante una considerable presencia de lugareños, o bien vecinos inmediatos frontera de por medio, como un enjambre frenético a la puerta del enclave ofreciendo cachivaches, telas y souvenirs además de las piñas coladas y ceviches de dudosa procedencia, con sus críos acomodados debajo de las mesas para aprovechar algo de sombra, la que a duras penas alcanzaban a dar los plásticos que hacían de improvisadas carpas. La necesidad, la tremenda necesidad de una parte importante de la población, presente en la ansiedad de esas personas por colocar sus mercancías, fue el primer golpe de corriente.

Luego, era importante hacer un recorrido por la zona, para apreciar “los cambios”. Más al norte llegamos a un sitio maravilloso. Maravilloso por lo que la naturaleza ofrece. A lo largo del camino, desde lo alto, los islotes y pequeñas colinas brillaban por el reflejo de un mar espléndido, pequeñas ensenadas se iban desgranando conforme avanzábamos, hasta que finalmente llegamos a un pueblo, villa o como quiera llamársele, en proceso de construcción. Se trata de un lugar llamado Las Catalinas. De golpe recordé algunos asentamientos similares que vi en California, al sur de Los Ángeles. Esos pueblos inventados, al gusto, o mal gusto (como se le quiera ver) de sus constructores. Las Catalinas entorpecen la vista del paisaje. Sus construcciones se cierran sobre sí mismas, e impiden que desde el camino se pueda disfrutar de la belleza que está a sus pies. Una metáfora viva de lo que está sucediendo en la amada Guanacaste: playas vedadas, la espléndida naturaleza en exclusiva para quienes puedan comprarla en dólares.

Había una agitación febril de camiones que llevaban materiales, de obreros calcinados  por ese sol desatado del mediodía acarreando bloques, sacos de cemento, bajando varillas de enormes camiones que iban y venían levantando nubes de polvo, y esos hombres de pieles tostadas tragándose el polvo, como otra metáfora más de lo que está aconteciendo, mientras algunos hombres de otro estrato, de anteojos oscuros, camisa de alguna famosa marca además de sus respectivos  sombreros, dirigían desde lejos el trajín.

Me pregunté si ese supuesto “desarrollo” es lo que este país necesita. Entregar nuestra belleza por unos pesos, -que siempre terminarán siendo pocos- para  pagar lo que no tiene precio, lo que estamos perdiendo. Estamos hipotecando nuestro futuro, por un presente de medio peso, en donde terminamos en la última posición de la escala. Condenados a aspirar, como la mejor opción, a servir en un hotel o bien a dejar nuestra energía y nuestra salud construyendo “Catalinas” para que vengan los nativos de otros lugares o los pocos costarricenses que tendrán acceso, a formar enclaves en nuestro país y nosotros cada día más arrinconados, más superfluos, más sin identidad.

Me pregunto también si no es hora de mirar esa realidad con los ojos bien abiertos, porque ya casi es demasiado tarde, y proponer otro modelo de desarrollo que no nos condene a la servidumbre como única manera de subsistir, y que podamos crecer como país y como personas de una manera más humana.

 

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